El rasero y la igualdad
El rasero era una herramienta muy utilizada en la antigüedad para nivelar, igualar o equilibrar especialmente los cultivos. El ideario o el precepto sería que los seres humanos juzguemos menos y comprendamos y actuemos más. Pero como con frecuencia nos vemos obligados, necesitados o tentados a juzgar al prójimo, hagámoslo con el mismo rasero a todos, incluso con el mismo con que juzgamos nuestros propios actos, reconociendo que todos somos iguales en oportunidades y derechos, ante la ley divina y terrenal.
En las justas Olímpicas existe una competencia que genera igualdad y es la carrera atlética de relevos 4x100, en la que los corredores se turnan para completar el recorrido los más rápido y en el menor tiempo posible 100 metros. Es una prueba de máxima velocidad que se disputa en equipos de cuatro atletas, a cada uno de los cuales le corresponde recorrer 100 metros con un testimonio que entrega al compañero que lo releva, hasta completar los 400 metros de longitud de la pista, que es oval. Se trata de un deporte que exige años de preparación individual para una prueba que se cumple en segundos.
En el ejemplo anterior el rasero consiste en ubicar a los aletas a la distancia precisa, de manera que ninguno quede en ventaja y todos recorran exactamente los 100 metros que les corresponden, ni más ni menos. La paridad, es justamente contemplar sin prevenciones a los demás, tratando al otro bajo un mismo parámetro.
En esta sociedad donde reina el egoísmo, el justo mantiene una perspectiva honesta y ecuánime de modo que la igualdad es una lucha diaria y persistente en lograr que para cada cual los derechos sean respetados y garantizados, del mismo modo que los deberes sean asumidos y exigidos, según el rol.
En la antigüedad el código o la norma que imperaba para regular las relaciones sociales y para administrar justicia era la ley de talión, o el conocido "ojo por ojo, diente por diente". Hoy esa norma ya no es válida, pero desde esa época y hasta nuestros días nos convertimos en jueces y observamos a los demás en el banquillo de los acusados. Actualmente, incluso existen poderes, sean institucionales o personales, político o económicos, civiles y militares, reales o simbólicos, con la capacidad, la habilidad y el rasero ya no para garantizar igualdad de derechos y oportunidades sino para alinearnos a su forma de pensar y de actuar.
Los medios masivos juegan un papel predominante en la manipulación como arma letal para medir a las personas con el parámetro comercial y publicitario de la uniformidad más que de la igualdad.
Somos ilusos al pensar que la igualdad entre las personas siempre ha existido la supremacía de unos pocos contra la dependencia de las mayorías, y el doble rasero de quienes tiene el poder: uno para juzgar y beneficiar a los suyos y otro para el resto.
En la famosa y reciente película Abraham Lincoln dirigida por Steven Spielberg, nos recrea el estado igualitario de los Estados Unidos al abolir la esclavitud humana en contra de unos pocos que pedían mantenerla. La moraleja de esta taquillera película épica es que la desigualdad empieza cuando una persona domina a su semejante.
Ante tantas injusticias, el valor de la igualdad parece estar en construcción y por eso con frecuencia recitamos una frase muy popular que sintetiza todo un concepto del principio de igualdad: No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Por eso el trato desigual que asumimos desde nuestra conversación debe iniciar con el respeto por la dignidad que tiene cada quien por el solo hecho de ser humano. Los dos debemos comenzar a construir puentes que nos unan cada día más basado en los principios de igualdad en el trato a todas las personas.
Todas las personas requerimos de un trato digno e igualitario pues todos tenemos derechos como por ejemplo a recibir un mismo propósito de oportunidades. La educación por ejemplo no es igualitaria para todos pues solo quien tiene recursos económicos puede acceder a una de alta calidad.
