El qué de la economía, la paz y la justicia
Alguien pregonaba en su oportunidad que Colombia muy pronto viviría una hecatombe social, y que gracias a ella, se le reconocería su condición de vocero salvador del país y todos correrían en su búsqueda para que regrese como gobernante ad infinitum, según se lo ha propuesto.
Estamos viviendo un momento muy difícil. El poder lo hemos convertido en una forma de dominación, de odios, de resentimientos, de violencia en la palabra, de ataques sistemáticos entre los sectores de opinión diversa y contra todo aquel que demanda o reclama un reconocimiento a su derecho. Estamos erigiendo la retaliación como el arma con la cual entronizamos formas de dominación, y no queremos reconocer que hemos vivido etapas de violencia institucional, donde todos los sectores en conflicto, han sido protagonistas y artífices de dichas violaciones a los derechos, de dichas afrentas y de dichas persecuciones.
Mientras todo esto sucede, mientras el poder institucionalizado se vuelve pedazos, todos se quedan callados y no hacen nada para contrarrestar el gran desastre económico por el cual estamos atravesando, por el cual, nuestro país se va menguando en forma sistemática y considerable hacia la miseria, la pobreza y el absolutismo del poder por el otro.
Es que solo en la medida y en la forma, en el que la miseria y la pérdida adquisitiva de la moneda, por el decrecimiento económico se vayan aparejando y vayan tomados de la mano, la fuerza y la opresión se sumarán en una gran dictadura para llevarnos a un disfraz constitucional que surja como fuerza salvadora de nuestra propia resignación, de nuestra propia renuncia a los valores y a nuestra propia nacionalidad.
Somos hijos de la imposición extranjera. Hemos terminado por ser dependientes de la voluntad política, económica, y lo que nos faltaba: de la voluntad del quehacer jurídico de otras naciones.
Hemos llegado a creer que la Justicia de los otros, es más sabia y más justa que la nuestra. Craso error. Quizá por eso nuestra propia institucionalidad se ha enfrascado en armar formas evasivas de responsabilidad funcional en la asunción de nuestras propias cargas en los procesos investigativos y es triste que desconociendo los acuerdos, avalados por la comunidad internacional, nuestra paz, se constituya en una fuente de tergiversaciones que se acomodan a los intereses de los gobernantes, es decir, al poder que con odios, con resentimientos y con el ánimo de destruirnos los unos a los otros, seguimos agitando como banderas de la reconciliación o de los acuerdos nacionales.
Y en medio de todo esto, el pueblo Colombiano, con cerca de cincuenta millones de habitantes, es el peor damnificado de éstas posiciones personalistas que se contraponen como actos de heroísmo, como premisas falsas de un patriotismo que se ha perdido cuando al detentar el poder, no hemos alcanzado la más mínima cuota de dignidad para defender lo nuestro, para hacer bien lo que nos corresponde y para que con transparencia alcancemos una identidad nacional
Con razón el pensamiento jurídico pos positivista de Ronald Dworkin, demanda, exige y pregona que la base de una verdadera dimensión histórica del Derecho, está en los dos puntos fundamentales que nos han faltado: 1. Principio Legislativo de Integridad, para que las normas que se lleguen a crear, sean las moralmente coherentes con la sociedad. 2. Principio judicial de integridad que “exige a los jueces que resuelvan los casos difíciles tratando de encontrar la mejor interpretación de la estructura política y de la doctrina jurídica de la comunidad a partir de algún conjunto coherente de principios que permita dar cuenta de los derechos y deberes que tienen los miembros de esa comunidad”.
