miércoles, 01 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2020-08-18 12:58

El País que olvidó a sus hijos

Escrito por: Redacción Diario del Huila | agosto 18 de 2020

Por: Néstor Pérez Gasca

info@nestorperezabogados.com

Parece imposible opinar de manera positiva respecto de los acontecimientos que suceden en nuestro atormentado país, en algún momento quisiera referirme a algún suceso de manera optimista mas no trágica. Pero el problema es que los eventos aciagos superan a las noticias positivas, que al parecer olvidaron al país “más” feliz del mundo.

Es importante reconocer que existe una gran diferencia entre lo que está escrito en las normas y lo que se hace realmente en Colombia, ya que de manera miserable nuestro estado social de derecho viene sucumbiendo y desdibujándose, sobre todo en lo social. Mientras que la mayoría de colombianos esperaban la solidaridad de las instituciones públicas para que les ayudaran a garantizar la dignidad humana y el mínimo vital y móvil (así lo pregona el preámbulo de la Constitución, nuestra Constitución Política) en estos momentos de crisis insuperable; las políticas públicas de ayuda fueron dirigidas a continuar ayudando a las élites, lo más desconcertante es que un sin número de estos ciudadanos son los que siguen apoyando estas políticas de desigualdad y algunos sectores de la economía infectados por la desesperación, empiezan a perder la fe en cualquier ser terrenal.

Pero lo más reprochable es esa clase racista, clasista y sociópata quienes nutren y anhelan el recrudecimiento del conflicto, porque pueden verlo desde la comodidad de un televisor de una ciudad, pero no se dan cuenta del horror que es vivirlo en carne propia. Y me enardece el odio, “el moralismo”  colombiano que actúa de manera selectiva, pues mientras se ufanaban con banderas del patriotismo en apoyo Uribe, poco o nada nos ha importado que el país sigue hundido en la guerra, el hambre, la “justicia en cuarentena”, el desempleo en ascenso al igual que las masacres; sí, así sucedió esta semana con el cruel y aberrante crimen contra 18 menores de edad, 18 hijos que con sus muertes prematuras crean un gran vacío, dolor, impotencia y odio para sus deudos.

El mensaje es claro nos quieren quitar el derecho de los padres a ser felices con nuestros hijos (o sobrinos), al igual que le quieren cercenar el derecho de vivir, jugar, soñar e hilar la imaginación a los niños. Yo entiendo que a las élites no les importa la guerra fratricida porque sus hijos nunca los han sacrificado para una guerra estéril como la que nos acompaña hace siglos, pero nosotros los ciudadanos del común, los que ponemos los muertos, complacientemente aceptamos que el relevo generacional no sea un relevo, sino un genocidio generacional. Por lo tanto, cualquier ser humano que sienta empatía por la vida, jamás sacrificaría el amor por el odio, la vida por la muerte y mucho menos ofrendará la vida de sus hijos por una patria, una ideología o alguien que se haga llamar héroe o Mesías.