El ocaso de los partidos
Las democracias estables que adoptan formas de gobierno en donde la separación de poderes garantiza los pesos y contrapesos que permiten el equilibrio político, constituye el mejor sistema para que los partidos canalicen las energías creadoras de los ciudadanos en el propósito del bien común, el desarrollo económico y la equidad social.
La Constitución como norma de normas se encarga de articular y repartir las competencias y funciones que a cada una de las ramas del poder público les corresponde realizar, para que la estructura del Estado sea eficaz y eficiente en atender las necesidades básicas del ciudadano, sin exclusiones ni privilegios.
En el sistema presidencialista adoptado por Colombia, el indispensable equilibrio de pesos y contrapesos ha venido siendo sustituido por un sistema de sometimiento de las ramas legislativa y judicial a la preeminencia del ejecutivo, generando de esta manera una aberrante corrupción política, administrativa y judicial, de las dimensiones catastróficas que estamos observando en estos días.
La iniciativa en el gasto público que le asiste al ejecutivo, la cual le permite ofrecer y entregar a los congresistas los mal llamados cupos indicativos para promover el desarrollo regional; y la enorme burocracia de que dispone el Presidente; constituyen una muy amplia gama de intercambios, prebendas y asociaciones de intereses clientelistas que han desembocado en la aberrante corrupción que ahora padecemos.
Por su parte, en las relaciones del ejecutivo con la rama judicial, el clientelismo corruptor se afianzó con la postulación de candidatos para Fiscalía, Procuraduría, Contraloría, Defensor del Pueblo, Contador General de la Nación; mecanismo que engendró un permanente intercambio de favores e intereses personales en donde la transparencia ética, la vocación e idoneidad para el servicio público es lo que menos cuenta.
En donde se hace más evidente y destructor este perverso sistema de intercambio de favores es en las relaciones entre los congresistas con los integrantes de las altas cortes; dado que aquéllos son investigados y juzgados por la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia; pueden llegar a sufrir la pérdida de la investidura en el Consejo de Estado; y eligen Magistrados de la Corte Constitucional.
Por su parte, los Magistrados de las altas cortes además de ejercer la magistratura solamente sometidos al imperio de la constitución y la ley, en la práctica no tienen quien los ronde y se niegan a cualquier reforma en tal propósito.
Como se observa, el perverso entramado constitucional tiene un claro diseño dirigido a propiciar NO el sistema de pesos y contrapesos sino el sistema del yo te postulo, tú me eliges y yo te investigo y te juzgo; a través del cual se ha venido construyendo el horrible monstruo de la corrupción que indignados estamos conociendo en estos días.
Es comprensible que en éste triste y doloroso escenario, los partidos políticos estén soportando su más dura crisis, al punto que ya no son los vehículos apropiados para movilizar la opinión ciudadana ni para avalar los candidatos presidenciales, pues como lo estamos viendo, los aspirantes en su inmensa mayoría, ya son 27, han optado por el mecanismo de recolección de firmas, generando de contera un colapso en el organismo electoral.
Es ni más ni menos el ocaso de los partidos que se han marchitado por la sistemática práctica del clientelismo, la politiquería y la corrupción, auspiciada desde la rama ejecutiva presidencialista que soborna y estimula la codicia de sus representantes y voceros para facilitar la gobernabilidad.
Coletilla. A propósito, conocida la formal apertura de indagación preliminar contra el Senador Andrade, es imperativa e inevitable su renuncia a la Presidencia del Conservatismo, pues es lo mínimo que debe hacer para salvaguardar el decoro y la dignidad de la honrosa dignidad que ostenta y si además no desea convertirse en el sepulturero de su propia colectividad.
