jueves, 02 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2020-04-15 06:05

El hombre del post Covid 19

Escrito por: Froilán Casas
 | abril 15 de 2020

 

¡Qué terrible pandemia que estamos padeciendo! Todo se ha vuelto planetario. ¡Miren el efecto de las comunicaciones! Ya un virus no se queda en una región o país; en días se expande por todo el mundo.

¡La complejidad del progreso humano! La ciencia sin ética es la masacre del hombre. El coronavirus no fue gratuito, hay algo oscuro en todo eso. La historia nos lo dirá. El hombre sin Dios es la bestia más feroz de la jungla humana. Sí, viendo todo lo que estamos sufriendo, ¿cuándo nos íbamos a imaginar que viviéramos esta realidad? Debemos sacar muchas lecciones de este terrible flagelo.

Se pueden hacer muchas lecturas del hecho. Permítanme hacer la lectura de un creyente en Jesucristo. La experiencia nos muestra que la buena vida cansa y la mala amansa. Como que el hombre se malcría con tanto éxito, con tanta abundancia, hasta el punto de creerse Dios. ¡Qué pena! Dios es  UNO SOLO.

Fíjese usted en un hijo a quien lo han complacido en todo: es desagradecido, exigente, intolerante, despilfarrador, desconsiderado, indisciplinado, maleducado, grosero, etc. Se aplica aquello de: lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta. Por algo decía Paulo Coelho: cuando Dios quiere enloquecer a alguien, lo complace en todo.  

¿Cómo será el hombre del post? No sé, pero los hijos del sufrimiento son distintos: considerados, serviciales atentos, austeros en su vida, colaboradores, trabajadores; antes que pedir, ofrecen.

Tuve la oportunidad de conocer de primera mano al europeo de la postguerra. Con ocasión de mis estudios de maestría en Roma, tuve la fortuna, siendo joven presbítero, de celebrar la Eucaristía en parroquias de Italia, Suiza y Alemania. Los templos se llenaban.

Eran hijos del sufrimiento, generación abnegada y luchadora que en términos de dos décadas, gracias, entre otras cosas al Plan Marshall,  al empeño y empuje de los que habían sufrido la guerra, salieron adelante. ¡Qué honradez!; ¡qué espíritu de trabajo! El orden en todo aspecto, impecable.

Los lugares públicos, los cuidaban ejemplarmente. El respeto por los demás, increíble. ¡Qué sociedad tan austera! Nada de despilfarrar el agua, la luz, etc. ¡Ah, no había huelgas! Su ética: el trabajo. ¡Qué cuidado por la naturaleza! Las aguas de los arroyos, de las quebradas en pleno centro urbano, limpias y cristalinas. 

No se veía a la gente con el síndrome de las compras. Compraban lo necesario. El respeto por las normas de convivencia, increíbles. Nada de música estridente en los lugares públicos. ¡Qué silencio en los barrios! La cultura del europeo de la época era el respeto al otro. Explicación: habían sufrido la guerra, conocieron el hambre y la miseria. Había tanto sentido de honestidad y respeto que no se controlaba el ingreso a los buses, trenes o tranvías. Se respetaban las reglas de juego establecidas.

Se compraba una especie de carnet, válido por un mes o más y éste era la garantía de estar pagando el servicio; muy rara vez subía un controlador o supervisor a revisar los soportes. Si de pronto aparecía un “pato”, era extranjero: latinoamericanos (que había pocos), españoles, portugueses, turcos. Los alemanes, los suizos, aún los italianos: ¡Qué honradez!