jueves, 02 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2020-03-31 02:54

El hombre de la postguerra

Escrito por: Froilán Casas
 | marzo 31 de 2020

Dios me concedió la gracia de ir a cursar becado, una maestría en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma,  1976 – 1979. Era un joven estudiante. Tuve la oportunidad de conocer a la generación que había sufrido la guerra. Vale la pena recordar que Europa tuvo cincuenta millones de muertos  entre 1939 y 1945; más los mutilados y las secuelas del hambre y la miseria. En los autobuses, trenes, tranvías, aparecían sillas con este letrero: “Asientos para los mutilados de la guerra”.

En tres veranos, tres tiempos de vacaciones, tuve la oportunidad de tener experiencia pastoral en parroquias del Ticino Suiza y una buena experiencia en Alemania, trabajando como obrero en la fábrica de la Mercedes – Benz en Sindelfingen; allí tuve la oportunidad de celebrar en parroquias de Böblingen y Sindelfingen. En esos lugares pude escuchar de primera mano, los horrores de la guerra. Lo que había leído y las películas que había visto sobre el tema, no decían totalmente las atrocidades cometidas por el hombre en esos contornos geográficos.

Cuando visité el campo de concentración Dachau, lo recorrí en silencio, no soportaba lo que veía: datos de los asfixiados en las cámaras de gas, el hacinamiento absolutamente inhumano y los alambrados en donde tenían a los prisioneros. En la colina construyeron ya en la postguerra una capilla y en su alrededor un buen número de nombres de los miles de ajusticiados. ¡Qué horror, hasta dónde puede llegar el hombre sin Dios! Permítanme decirles, los templos se llenaban.

En los lugares que mencioné arriba, celebré la Eucaristía y sentía gran alegría constatar la gran afluencia de cristianos a los oficios religiosos. En algunos terminales aéreos y ferroviarios, existía una oficina para el capellán, -en el caso de Alemania Federal en aquél entonces-, para escuchar a quienes pidieran su servicio. El Estado alemán era consciente que el componente espiritual es fundamental en esos contextos sociales. En los campos de batalla, ¿qué he visto en las películas? El hombre absolutamente indefenso, acude a Dios: en esos momentos de inanición e indefensión, el único refugio del hombre es Dios.

Allí sí ve el hombre la necesidad de Dios. He tenido la oportunidad de volver a los mismos lugares cuarenta años después: los templos están vacíos. Incluso hay templos en Holanda, concretamente en Maastricht, encontré un gran templo gótico convertido en un centro comercial. ¡Qué tristeza! Dios no tiene cabida en la ciudad secular. ¡Fuera Dios, el absoluto es el hombre! Hoy no hay tiempo para Dios. Hoy se llenan los nuevos templos, los nuevos ídolos de la ciudad sin Dios: estadios, explanadas y salas para los grandes conciertos, playas nudistas y espléndidos lugares para broncearse y relucir sus encantos físicos. Hay que ver el paroxismo  en las compras en los centros comerciales, hoy con la pandemia del Covid-19 dentro de la cuarentena nos limitamos a lo estrictamente necesario, ¡qué ironía!, ¿de qué  sirve el dinero?.

¡Pobre hombre, tan grande y tan pequeño! Hoy todo está cerrado, los aviones están parados, ¿dónde les queda a las aerolíneas los abusos en los precios y la arrogancia  en la atención a los pasajeros?