El Espíritu Santo, vinculo de unidad
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Cincuenta días después de la Resurrección del Señor y eso significa Pentecostés conmemoramos en nuestra Iglesia la venida solemne del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. San Juan en su Evangelio hace alusión al mismo día de la resurrección con los dones de la paz, la reconciliación y el envío solemne a predicar.
Ya en el Antiguo Testamento el pueblo judío celebraba la Fiesta de la cosecha con una doble finalidad: dar gracias a Dios por la cosecha y como promoción comercial de la misma en intercambio con comerciantes de otras naciones. Por eso el libro de los Hechos enumera ciudadanos de 16 naciones con idiomas diferentes que sintonizan a los apóstoles en la misma lengua de Jesús.
Después de la Pascua, se cierra este tiempo alegre con la presencia del Espíritu Santo, que completará y explicará ampliamente la verdad de Jesús, como Él mismo lo había anunciado.
Sin duda el envío de Pentecostés es uno de los acontecimientos cumbres en la historia de la iglesia y de la humanidad.
Más que el relato de un episodio, esta fiesta nos interroga a cerca de nuestros compromisos en la Iglesia. Sería triste pensar que todavía demos la impresión de unas “puertas trancadas por miedo a los judíos” y que no hayamos recorrido el camino de la evangelización y de nuestro cambio espiritual.
El lenguaje del amor es el idioma del espíritu, herencia de los cristianos; porque cada uno habla su lengua propia y nadie entiende por el orgullo y la soberbia, no logramos la sintonía de Pentecostés. No es que todos pensemos lo mismo, pues se cortaría la libertad, pero las palabras aún las predicadas no concuerdan con la realidad en que vivimos. La renovación verdadera no está ni en las manos alzadas, ni el cuerpo encorvado, ni en el ruido de cánticos, sino en el cambio interior. La renovación va por dentro, con humildad, sin protagonismos, sin imposiciones, sin ghetos cerrados, sino a puertas abiertas porque se nos regaló el Espíritu “que lo penetra todo, lo trasciende todo y lo invade todo”.
Si formamos un solo cuerpo y se nos ha dado a beber del mismo Espíritu, tenemos la obligación de ser mensajeros de unidad, de apertura y de acogida de todos.
“Toda la tierra hablaba la misma lengua y usaba las mismas palabras, hasta que los hombres desde el oriente dijeron: vamos a hacer ladrillos para edificar una ciudad y una torre que llegue hasta el cielo… y así nos haremos famosos” (Gén.11) y Dios los confundió y nadie entendía a nadie y desde entonces Babel es el símbolo del orgullo y de la vanidad humana.
O hablamos la misma lengua del Espíritu que es unidad y amor o nos confundimos creyendo que las palabras de los hombres son la base del edificio hacia Dios.
Desde la cátedra sagrada del púlpito hasta la del hogar, todos debemos entendernos en la simplicidad de la palabra divina seguida con los frutos del Espíritu, que son consecuencia del ejercicio de los dones de ese mismo Espíritu.
Soplo fuerte, lenguas de fuego, envío alegre a anunciar la Buena Noticia y coherencia de vida es lo que espera el mundo de hoy de todos los bautizados en el Espíritu.
