El COVID -19- Dura prueba para la humanidad
Desde que se conoció oficialmente por la OMS que la humanidad se enfrentaba a un nuevo virus completamente desconocido para la ciencia médica, el paso siguiente fue declarar la evidencia de una pandemia que exige de cada ciudadano del mundo, las más exigentes medidas de protección personal y de responsabilidad social con sus semejantes.
Los acontecimientos dolorosos que se han conocido en diversos países donde la pandemia no fue advertida a tiempo ha llevado a tomar decisiones inéditas como la de privilegiar la vida de un adulto joven frente a la de un anciano.
La infraestructura de los sistemas de salud aún en los países más desarrollados ha resultado insuficiente, hecho que a medida que el poder expansivo del virus aumenta, sobrepasa con creces la oferta de atención oportuna y eficiente para salvaguardar la vida. En éste contexto, alivia un poco la tensión mundial, las noticias provenientes de la China, país foco del virus, en el sentido que han logrado controlar su expansión y se observa la mejoría de quienes fueron contagiados.
Mientras tanto, las diversas comunidades científicas trabajan intensamente en la investigación con el fin de obtener, lo más pronto posible una vacuna que inmunice sus efectos.
Es verdad que la humanidad ha tenido que padecer diversas epidemias y pandemias que han cobrado millones de víctimas. Sin embargo, la coyuntura actual se desarrolla en un mundo globalizado, con metrópolis urbanas, con interconexión permanente; pero sobretodo, con un ser humano soberbio y arrogante que ha desafiado la voluntad del Supremo Creador del universo, colocando al dinero y la concupiscencia del poder político y económico por encima de la dignidad humana.
Las redes sociales están deslegitimando a las autoridades de cada nación por el cansancio y la fatiga que produce la corrupción de la noble actividad política; la creciente desigualdad social; la xenofobia; la crisis económica y la falta de oportunidades para las nuevas generaciones; en fin, un conjunto de factores que se han visto agravados por la ausencia de valores éticos y morales que son consubstanciales al ser humano.
Es incuestionable la ausencia de liderazgos éticos y morales que iluminen el camino de la sana convivencia que afiance la paz; del desarrollo con equidad social; del respeto por la naturaleza; de la fraternidad a que estamos llamados por compartir las mismas condiciones; capacidades; angustias; fracasos y triunfos. Es allí precisamente donde surge con iluminada fuerza el liderazgo natural del Papa Francisco que pretende recuperar la dimensión del hombre como creatura destinada a amar y servir.
Sus propias características totalmente desconocidas y la dinámica evolución que ha tenido la pandemia, ocasionó la tardía respuesta en la gran mayoría de los países, imprevisión que ha originado con razón, una especie de histeria colectiva propagada de manera irresponsable por algunos medios de comunicación pero masivamente a través de las redes sociales.
En nuestro caso, es evidente que la sociedad y el estado no estábamos preparados para una emergencia de tal magnitud. Las reacciones que hemos observado permiten afirmar que cada ciudadano así como cada autoridad pública; ha pretendido reaccionar bajo su propia cuenta y riesgo, hecho que aumenta la falta de planeamiento y eficacia de la respuesta.
Lo más lamentable es que ciertos sectores políticos han querido sacar provecho de la confusión e incertidumbre, jugando de manera irresponsable al desgaste e ilegitimidad del presidente Duque, quien sin duda alguna tiene la principal autoridad y competencia para definir la articulación de la institucionalidad publica y su armonía con el sector productivo para diseñar y ejecutar las acciones más apropiadas para enfrentar con éxito la amenaza. Que el Señor nos tenga de su mano.