El coronavirus no es un castigo de Dios
La pandemia del coronavirus no es un castigo de Dios sobre los hombres. Es el resultado de la falta de ética en los procesos de investigación científica y el contraproducente comportamiento de los hombres en la madre tierra.
Es un llamado de atención para quienes, a través de la historia no han cuidado el planeta ni se preocupan por un manejo apropiado del entorno.
Algunas de las expresiones, de Monseñor Froilán Casas, obispo de la Diócesis Neiva, en el Canal virtual AKi Noticia, tras lamentar que por primera vez la iglesia católica, ojo en toda su historia, tendrá que celebrar todas sus ceremonias de la semana santa a puerta cerrada.
Una situación atípica que solo se había experimentado en los partidos de fútbol cuando las organizaciones deportivas castigan a los hinchas por las prácticas de malos comportamientos en algún evento anterior.
Esta sentencia según el prelado católico, no solo aplica para las investigaciones, sino para las relaciones de los hombres con el medio ambiente, en las que pese a todas las recomendaciones en muchas ocasiones han altamente nocivas.
Hizo un llamado en esta semana santa, para que prime el respeto, la convivencia, la tolerancia y la solidaridad, porque se evidencia un ambiente de violencia, inseguridad e individualismo que nos está llevando a un alejamiento que va en contra del desarrollo colectivo de la humanidad.
Con razón el divulgador e investigador científico Màrius Belles, señaló que “Los grandes asesinos de la historia son las bacterias y los virus, y en concreto los individuos que han provocado las grandes epidemias de la historia.
Monseñor Casas, se refirió a las epidemias de sarampión, que acabó con más de 200 millones de personas, o el virus del sida o VIH, que ha matado a más de 35 millones”, que siguen vivos pese a los esfuerzos por acabarlos.
Ante la delicada situación que estamos viviendo en el planeta tierra, las iglesias del mundo entero girarán en el sermón de las siete palabras sobre las relaciones de los hombres y las plagas que han azotado a la humanidad.
Especialmente, la ultima el Covid 19 o coronavirus, que puso en jaque a todas la potencias y las más fuertes economías del mundo
Podríamos recordar pasajes de la literatura clásica antigua, la de los grandes narradores quienes resaltaban las creencias de que los dioses infligían enfermedades cuando ciertos pueblos merecían un castigo.
Un dogma, entendido como la ira de los dioses y que sirvió, por ejemplo, para explicar desde la mitología griega, una epidemia mortífera en el año 430 antes de Cristo.
La diosa Hera, esposa de Zeus, exportó una plaga a la isla de Egina, cuyo nombre proviene de la ninfa con que su marido Zeus le fue infiel.
La explicación mitológica corresponde a un hecho real: la plaga de Atenas, en la que murieron 150.000 personas.
El historiador Tucídides en “La Historia de la guerra del Peloponeso” la describe como una enfermedad que se originó en Etiopía, traspasó Egipto y Libia, concluyó impactando Grecia y acabó con la vida de miles de atenienses y espartanos, entre ellos el gran líder militar Pericles.
Desde entonces y hasta el siglo XXI, la humanidad ha registrado una veintena de epidemias y pandemias que han puesto en jaque la supervivencia humana.
Cuatro de ellas se cuentan entre las más mortíferas: la peste negra, la viruela, la gripe española y el VIH/Sida y ahora el Covid 19, que de seguro cambiara la historia de la humanidad, antes y después.
Lo cierto es que tenemos que acostumbrarnos a convivir con el peligro, ahora guardados en la casa y, luego con cuidado, cuando se descubra la vacuna efectiva, pero los expertos aseguran que este virus perdurará durante tiempo.
Y no es por asustar a nadie, la viruela, que aún sigue entre nosotros, es tan vieja y data de las poblaciones humanas del año 10.000 antes de Cristo.
Los científicos atribuyen a la viruela el mayor número de muertos, superando los 300 millones de personas, y uno de sus brotes endémicos más insensibles ocurrió a partir de 1520 en suelo americano durante la conquista, en la que se estima que mató unos 56 millones de nativos.
