El ciclo del odio
Si las encuestas de los últimos días sobre favorabilidad para la presidencia de la república son ciertas, definitivamente quienes aspiramos a que en el país se inicie un periodo de convivencia pacífica, armoniosa y próspera, de la mano de la comunidad internacional, tendremos que esperar un tiempo más, que ojala no exceda de otro periodo presidencial, si es que por virtud de la modificación de un “articulito” de la constitución este no se amplía, de acuerdo con las pretensiones y los antecedentes de quienes consideran que llegando al poder, podrán hacer lo que les venga en gana, como cambiar la estructura de las altas cortes para su conveniencia personal y acabar con la Jurisdicción Especial para la Paz, porque no están interesados en que se conozca la verdad de tantas atrocidades, cometidas por los diferentes actores del conflicto armado que padeció el país durante los últimos cincuenta años.
Mientras no se agote el ciclo del odio que nos consume en la más profunda de las desesperanzas, desde tiempos inmemoriales, agudizado por la irracional oposición al gobierno del presidente Santos, producto de intereses egoístas y la voracidad por el poder para la retaliación, que ha obstaculizado la implementación de los acuerdos de paz y el afianzamiento del Estado Social de Derecho, el país continuará en la más extrema y penosa división. Unificar nuestra sociedad no solo implica poner fin a las luchas que la desgarran, sino, ante todo, suprimir los antagonismos que la dividen. Nuestra sociedad no estará realmente integrada si no reaccionamos y permanecemos aislados, si no encontramos verdaderos propósitos de reconciliación, que nos permitan consolidar nuestra irrenunciable vocación democrática.
El sueño de un país en el que sea posible el reencuentro fundado en el respeto de la dignidad humana, la prevalencia del interés general, la mutua comprensión y el altruismo, estará todavía muy lejano, si en esta oportunidad los adalides de la amenaza, la ofensa, la confrontación y el miedo, consiguen su propósito de “tomarse” el poder, para sumirnos, que no nos quepa la menor duda, en la más oscura y profunda incertidumbre, porque para ellos el ciclo de la violencia, de la retaliación y la vindicta, aún no ha terminado y ellos solo ellos, son los llamados a cerrarlo.
