El café, entre lo dulce y amargo
Es indudable que el Huila tiene las mejores cifras en producción y en calidad de café frente al resto del país. Sin embargo, estos logros y avances no se compadecen con el precio en el mercado nacional que no cubren los costos de producción. Según las cifras divulgadas por la Federación Nacional de Cafeteros, el valor mínimo que debería recibir un caficultor por una carga de grano (125 kilogramos) ronda los $760.000, pero los campesinos están perdiendo plata cuando venden sus cosechas porque ni siquiera logran recuperar la inversión que han realizado. El precio interno divulgado por el gremio para este fin de semana, incluido el festivo, es de $678.750 por carga de café.
Esta coyuntura trae como consecuencia el desespero y la zozobra de los cafeteros por la presión del sector financiero cuando ni siquiera los valores recibidos cubren sus inversiones y menos para sostener a sus familias que en últimas es lo que buscan los que se dedican a las labores agrícolas.
Hace muchos años, la globalización dejó sin piso el pacto internacional de cuotas en la venta del café que garantizaba a los países productores la venta, pero sobre todo unos precios más estables a la hora de venderlo. Los gobiernos de una u otra forma tenían un mínimo de control en la demanda y la oferta, lo que suponía un cierto equilibrio en los precios de café a nivel internacional y nacional. Al desaparecer el llamado pacto los precios se han mantenido a la baja a nivel interno, lo que trae incertidumbre en el sector cafetero, principal renglón de la agricultura huilense y colombiana.
Las condiciones son cada vez más adversas para hacer de la caficultura un renglón promisorio, aun con las calidades, cantidades y avances que tiene el Huila al producir más del 18 % de la cosecha nacional. Se deben revisar todas las variables macroeconómicas y microeconómicas y el esfuerzo debe ser equilibrado de acuerdo al papel que juega cada actor en el entorno. En la larga cadena de valor el impacto negativo, en este caso el precio, siempre ha afectado de manera directa al productor o sea al campesino, quien sustenta y garantiza que la calidad cumpla con estándares óptimos. Los ganadores de este multimillonario negocio son los grandes tostadores, comercializadores y transformadores del producto, que le trasladan una mínima parte a quienes cultivan el grano.
Los gobiernos departamentales y el Comité Departamental han jalonado otra parte importante de trabajo con convenios para asistencia técnica y renovación de cultivos con variedades resistentes a enfermedades y a la variabilidad climática. Aquí se escucha cómo, a pesar de la crisis, la que debería hacer el mayor esfuerzo no lo hace, me refiero a la Federación Nacional de Cafeteros, que mantiene intacta toda su burocracia sin que se haya permeado de los cambios que se requieren incluso para liderar que los comercializadores y tostadores no se sigan enriqueciendo a costa de la pauperización de los campesinos quienes son los que sostienen todo el negocio.
La inyección de recursos por parte de la Federación y el Gobierno Nacional para aliviar las pérdidas de los caficultores, serán paños de agua tibia para la caficultura colombiana, que requiere grandes trasformaciones y no acciones coyunturales.
