Duras lecciones de historia
Esta constante de los pueblos que se levantan y reclaman sus derechos, es parte de una sumatoria de experiencias que cada día nos enriquecen y nos permiten comprender la dimensión de los problemas sociales, cuando realmente se busca la convivencia y la paz, entre todos sus habitantes.
Nosotros hablamos de paz, y no la hemos conocido. Hablamos de reconciliación y no tenemos respeto por el otro. Hablamos de lo que conocemos y de lo que no conocemos, como si fuéramos doctos en la materia. Somos realmente pertenecientes a esas generaciones que hemos luchado por conseguir lo poco que tenemos y no sabemos ni reconocemos el valor y el sacrificio que hemos tenido que hacer para alcanzar lo que hemos alcanzado.
Pero hay más, queremos más, y siempre seremos y estaremos completamente insatisfechos. Por eso la riqueza no tiene proporciones en la consolidación de un imperio. Por eso la fama y la gloria, no se superan fácilmente y no se acepta en determinado momento, los ciclos históricos a los cuales hemos llegado y en los cuales, tenemos que aceptar que hemos cumplido y que de allí para adelante, no vamos a superar ese momento.
Y en medio de todo, somos unos aprendices diarios de las lecciones que las comunidades vienen poco a poco, entregándonos en pequeñas dosis de amargura, como diría el poeta. Somos pregoneros de infortunios y nada hacemos por superar o liderar ese movimiento hacia la satisfacción de la gloria en las metas que nos hemos propuesto.
Un movimiento social que reclama, que exige y que demanda, pero que desafortunadamente encuentra entre su conglomerado algunos sectores que destruyen, que acaban, que arrasan y que no miden las consecuencias del daño que se está generando, en la búsqueda de un punto de equilibrio de la sociedad para la satisfacción de sus necesidades primarias.
Que la salud ha sido permeada por la corrupción y que no se cuenta con las más mínima garantías para gozar de ella, la que se ha estratificado y se ofrece según los criterios personales y la forma como se patrocinan las inequidades en nuestro rol social. Que la educación realmente no cumple con la finalidad de ser la base para el inició de la formación del ciudadano en pleno siglo veintiuno cuando debemos prepararnos para el gran salto a la informática, a la cibernética y a los procesos evolutivos del conocimiento en la tecnología y el desarrollo de las redes.
Que el poder es para aprovechar el cuarto de hora y sacar los más jugosos dividendos por parte de quienes regentan el bastón de mando en cada ciclo, donde la sociedad, los ciudadanos y los pueblos en su conjunto, son utilizados para pregonar una democracia que no tiene fundamentos en los principios de convivencia ciudadana, de respeto al otro y mucho menos de igualdad de oportunidades en los campos sociales, económicos y educativos entre otros.
Un paro que se prolonga y que lleva necesariamente a pensar que hay dos extremos que hoy en día se enfrentan y que el Gobierno, en cierta forma, permite que se enfrenten: quienes patrocinan el paro, quienes cumplen con la labor de tal parálisis social y comercial por una parte, que son las grandes mayorías, enfrentados a otras minorías compuesta por ciudadanos dedicados al comercio, al trabajo informal, al rebusque y que hoy en día, claman y demandan la suspensión de las movilizaciones, la suspensión del reclamo para retomar el camino de su actividad por precaria y difícil que la estén pasando.
Y a quiénes hemos de apoyar. Con cuál de los bandos nos hemos de aliar. Las comunidades reclaman derechos justos, derechos constitucionales que permanentemente son mancillados y que hoy nos exigen pronta solución. O los comerciantes que terminan siendo las víctimas más visibles en el escenario de las poblaciones o ciudades donde se han presentado manifestaciones, marchas y enfrentamientos entre unos y otros, los guardianes de la heredad, representados en los cuerpos armados del gobierno. Y el Gobierno por su parte guarda silencio y no negocia y las cosas no avizoran nada bueno para el hombre del siglo veintiuno.
