Don Antonio Nariño y Álvarez
Permítame decirle, amigo lector que solo admiro la calidad, la honestidad de una persona. A mí, gracias a Dios, no me deslumbran los pergaminos de “nobleza”, de academia o las grandezas del poder político, económico o religioso. Admiro y me doblego ante la persona auténtica, honesta y marcada por una conducta intachable. ¡Todo lo demás es vanidad de vanidades! Al acercarse la efemérides del bicentenario de la independencia de nuestra patria, ofrezco un pequeño paneo de nuestros llamados “héroes de la gesta libertadora”. No es fácil meter en los límites de una columna tanta grandeza y tanta bajeza. Muchos de nuestros llamados “héroes” fueron unos villanos. Llegaron al poder precedidos de intrigas, traiciones y engaños. No todo lo que brilla es oro, ¡qué sabiduría! No cabe duda que hubo mucho heroísmo, pero a la par, muchos intereses absolutamente mezquinos y asquerosos. Bajémosle el endiosamiento a tantos próceres, algunos de ellos fueron un pozo de intriga y mentira; bajo el noble ropaje de la causa libertadora se encubrieron intenciones y acciones perversas. La mayoría de ellos no pueden presentarse como los prohombres de la noble causa de la libertad. De pronto, en muchos casos, se expulsó al tirano e impusimos a otro más salvaje; con frecuencia no hay cuña que más apriete que la de mismo palo. Por ejemplo, el libertador de los esclavos, tuvo esclavos en sus haciendas; la guerra civil entre los partidos y facciones en que se dividió la república causó y sigue causando centenares y millares de muertos. No se trata de volver al pasado, -ni más faltaba-. Pero la democracia instaurada hace doscientos años, está lejos de dar resultados de madurez política y económica. ¿Por qué admiro a Don Antonio Nariño? Porque fue un hombre coherente, su vida fue un reflejo de la causa que esgrimía. Su esposa Magdalena Ortega y sus seis hijos tuvieron que sufrir hambre y miseria por estar encarcelado su esposo y padre. Siendo de familia adinerada, tomó la causa libertadora causándole muchas limitaciones a su bienestar familiar y social, -hasta sus propios “amigos” lo traicionaron destruyendo su hogar en esos largos cautiverios en las cárceles de Cartagena y Cádiz-. Hijo de padres con alta solvencia económica y con una vida asegurada siendo recaudador de impuestos en la ciudad de Santafé, se despojó de su comodidad tomando las banderas de la causa libertadora. Traduciendo el texto de la Declaración de los Derechos del Hombre, emanados de la Constituyente francesa, fue encarcelado y exportado por el tirano opresor. Podemos decir que Don Antonio, no llegó al poder con hambre atrasada pues en su haber había un excelente proyecto de vida, marcado por el bienestar económico y social. No buscó el poder político para enriquecerse, ya era rico. ¡Cuidado! No hay peor verdugo que aquél que ha sido esclavo. Estos especímenes son demócratas en las elecciones, pero en llegando al poder, se convierten en los más crueles tiranos, masacrando cualquier intento de oposición. ¡Cómo es la vida, así le paga el diablo a quien bien le sirve! Fue desconocido en el congreso de Cúcuta en 1821 por unos mozalbetes irreverentes e ignorantes.
+ Obispo de Neiva
