Doloroso aprendizaje
La pandemia del coronavirus es sin duda una oportunidad de doloroso aprendizaje para la humanidad que ha llegado a niveles de desarrollo científico, tecnológico, económico, social y cultural, nunca antes vistos; al punto que ya hoy nadie desconoce que vivimos en una aldea global, donde lo que ocurre en cualquier lugar del planeta tiene repercusiones inmediatas en todos los países.
En éste escenario los organismos internacionales como la ONU; la OMS; el FMI; el BM; y los demás organismos multilaterales; van a tener que replantear a fondo sus postulados y objetivos, dado que las consecuencias derivadas de tan dolorosa experiencia; desbordarán todos los esquemas hasta ahora conocidos en el ámbito de las relaciones internacionales. Ya no podrán depender solamente de la dinámica geopolítica protagonizada por las llamadas grandes potencias, dado que de persistir las desigualdades entre éstas y los demás países en desarrollo y del llamado tercer mundo, alteraría el equilibrio natural que debe existir para obtener una sana convivencia en la cual, el centro vuelva a ser la dignidad del ser humano.
Aquí conviene recordar la iluminada observación del Papa Francisco en su hermosa predicación de la semana anterior cuando nos recordó a creyentes y no creyentes que “todos estamos en la misma barca”.
A propósito, también es necesario recordar que quizá la mayor y más importante lección; dolorosa para algunos y no tanto para otros; consiste en aceptar la enorme fragilidad del ser humano que por ello mismo le hace volver su mirada suplicante al Dios Creador del universo.
Conceptos universalmente aceptados pero muy poco practicados como la solidaridad; la fraternidad, y la igualdad; volverán a ser indispensables para reordenar las prioridades y regresar así al destino natural del ser humano, que no es otro distinto al de usar y gozar los bienes materiales para su adecuado bienestar, en beneficio de todos y no de unos pocos.
Es verdad que hemos atravesado dificultades aún más dolorosas como las anteriores pandemias con resultados quizá aún mayores en términos de pérdida de vidas humanas como las dos guerras mundiales del siglo XX; los conflictos raciales y religiosos y algunas guerras de independencia; conflictos sociales armados internos, etc; pero el actual COVID-19 nos ha llegado en circunstancias muy especiales, principalmente cuando el ser humano se ha creído inmune por su extraordinario avance tecnológico y científico.
Para los colombianos las consecuencias están siendo evidentes. Debemos mejorar nuestra disciplina social; afianzar la solidaridad sin mezquindades; superar definitivamente la polarización ideológica y política; acrecentar nuestras fortalezas en la capacidad de resiliencia ante las adversidades; pero sobre todo, convertir en realidad el sentido de pertenencia con nuestra nacionalidad no solamente cuando juega la selección o cuando triunfa uno de nuestros ciclistas y demás deportistas en el exterior.
A propósito de la indudable y severa consecuencia en la economía mundial, de la que no vamos a sustraernos, también conviene no caer en el falso dilema demagógico que algunos han propuesto entre la vida y la economía, pues son conceptos inseparables que se entrelazan recíprocamente.
