Disquisiciones entre la vida y la muerte
Este proceso de racionalización de la muerte, como una etapa de transición entre la vida y la eternidad, es un tema que no deja de forzarnos a reconocer los miedos, los temores y sobre todo, el pánico que se nos viene encima, cuando recibimos noticias de un momento a otro, sobre tal suceso en personas allegadas o que han sido significativas en nuestras vidas.
Este ciclo de la existencia de todo ser, que nace, se reproduce y muere, ha servido de fundamento para muchas disquisiciones e incluso, es el soporte fundamental para todas las religiones, ya que si no creamos una esperanza en el más allá o una recompensa en la otra vida, ninguna religión saldría adelante. Lo peor de todo, es que la proliferación de religiones hoy en día, es sinónimo de ausencia total de espiritualidad o de una espiritualidad distorsionada no por sentimientos de afecto y de solidaridad como debería ser, sino de aprovechamiento de los sueños e ilusiones que todos llevan dentro y que a la postre, no dejan de ser más que eso… meros sueños, meras esperanzas.
Se ha convertido en una constante esa premonición que nos anticipa a lo definitivo, a lo funesto, a lo que no tiene retorno, como cuando apostrofamos a los demás o lo hacemos con nosotros mismos, al pretender advertir que nos estamos volviendo viejos, que estamos cerca del momento final y muchas veces dejamos en el aire un eterno interrogante: ¿por qué seguimos vivos?
Muchas familias se anticipan a la despedida de sus seres queridos, cuando el paso de los años y la senectud se van uniendo y se van resistiendo a la muerte, hasta el punto de querer conseguir un hogar de ancianos, un hospicio o un lugar a donde llevar a esas personas que han sido el motor de su vida, para renunciar a su compañía, a su auxilio y a reconocer los valores y la trascendencia que ellos significaron en la construcción de la sociedad. Hasta se incorporan leyes para darles tratamiento especial a los que se denominan de la tercera edad y se crean espacios y lugares donde a su vez, se les convoca para que se reencuentren con personas de su generación o complementarias a su existencia.
Entonces la muerte que no tiene distinción de sexo, profesión u oficio, como dice el otro, ha perdido identidad incluso para seleccionar a su sus miembros, de tal forma que se presentan sucesos que tienen que ver con la pérdida de ciertas personas, que nunca deberían morirse, porque en medio de todo, hicieron de su vida un campo de batalla para luchar contra las desigualdades sociales, para reivindicar los derechos de los demás, para denunciar los hechos generadores de violencia y de criminalidad que tanto nos alarman día a día, pero con los que hemos aprendido a convivir en sociedad. Son los momentos en los que creo no entender como en vida, muchos de aquellos son dejados solos en su lucha y cuando mueren, se quieren entronizar como símbolos pasajeros de algo que impotentemente no fuimos capaces de acompañar en su momento.
Muchas disquisiciones se pueden hilvanar poco a poco en este interregno de la existencia, entre el momento definitivo de esa pasión que nos acerca a la muerte, de ese deseo, que como poetas hemos edificado entre los versos, para aproximarnos con cierto deleite a la partida, pero que en el fondo, nos deja saborear un extraño elixir que no queremos generar o propiciar en el dolor de los seres queridos o de quienes están a nuestro lado. Qué dilema, qué extraña sensación de abandono y de lucha entre el ser y el no ser, entre la vida y la muerte, que hoy, en plena temporada sampedrina, me ha convocado para que rescatemos algo que tiene que ver con nosotros mismos, y que muchas veces pasamos inadvertidos. Hay seres que debemos llevar por siempre en nuestro corazón, por distantes o ausentes que estén en nuestras vidas.
