Democracia social sin futuro
Un Estado asistencialista, un Estado de subsidios a todas las formas veladas de la protección social ya la corrupción y a quienes no son parte esencial de la productividad nacional, se constituyen en elementos determinantes para generar un elevado costo social que las políticas neoliberales no están dispuestas a soportar e imponen en este devenir, una serie de reformas estructurales en el manejo de las finanzas que ningún candidato a la presidencia de la república, se atreve a anunciar o desmontar.
Y el candidato que en determinado momento pueda estar planteando una forma de gobernabilidad diferente, que no hace parte del establecimiento y que se constituye en una franja de opinión importante, de alcanzar dicha dignidad electoral, no podrá hacer realidad sus proyectos, no podrá materializar sus promesas y terminará avasallado por un Legislativo que no estará dispuesto a entregar las banderas de la iniciativa estatal y que no procurará en momento alguno, formas de coadyuvancia a la administración de aquel.
Si a todo lo anterior le sumamos la forma grosera, baja y ruin como se viene manejado ésta campaña política, al igual que todos los años de los que tenemos memoria, tendremos que aceptar que el proceso de sugerencia electoral que se anticipa con las encuestas de las diversas empresas de consultoría nacional, no son más que distractores de una realidad que es completamente ajena a la que hemos de presenciar en las urnas. No son sus resultados coincidentes con la cultura electoral en Colombia, como no lo son tampoco, las manifestaciones que se observan en las fotografías que por las redes sociales o algunos medios de comunicación logran difundir o dar a conocer. Todo es una falacia, como los programas de los candidatos y el presunto respaldo que se anticipa.
El pueblo colombiano no está preparado para la democracia. El pueblo colombiano sigue las orientaciones de una mera probabilidad de sobrevivir en el entorno, hablando mal del otro, sin tolerancia y sin respeto, buscando siempre el camino más fácil para hacer de su realidad, ese espejo de un mundo invisible que nunca ha de alcanzar, por el que no lucha, y por el que se siente siempre relegado a una postración, hasta sentir callos en sus rodillas y deambular a la espera de esa oportunidad que le garantice el alimento del momento, para pasar y dejar pasar, como ha sido siempre nuestra constante social.
La ausencia de participación en la construcción de nuestra sociedad, la ausencia de procesos de racionalización del pensamiento y sobre todo de saber que tenemos que pensar en forma crítica los avatares de la realidad a la que nos enfrentamos, nos lleva en determinado momento a considerar que la sociedad colombiana ha reducido su capacidad valorativa de las instituciones, porque ellas mismas han representado el punto contradictorio de lo que simbolizan o de lo que deben hacer, pues el legislativo no legisla para el conglomerado social, la justicia no se administra en debida forma y el ejecutivo está encargado de diseñar las políticas y estrategias de hacer posible que solo sus prohijados alcancen las prebendas del Estado.
Somos una sociedad excluyente, somos una sociedad que no es para todos, y que en la medida en la que cada grupo social se acomode a una rosca o pertenezca a un núcleo de gobernabilidad, solo en ese momento podrá tener éxito y asegurada alguna oportunidad de extraer y succionar recursos del Estado, para su propio bienestar, antes que por el bienestar social y comunitario como debería ser la constante.
El país se prepara para la gran hecatombe. El país no sabe elegir. El país sigue construyendo su propia desintegración social y la suerte está echada. El pasado no es lección aprendida. Repetiremos los ciclos de violencia y la paz sólo será una posibilidad que no alcanzaremos a conocer por ahora.
