De verdades y versiones
Por: Alfredo Sabbagh
El 20 de abril de 1999 el mundo se sacudió con las noticias que llegaban desde Colorado, Estados Unidos. Dos adolescentes de 17 años irrumpieron armados en su escuela y asesinaron a 13 personas antes de dispararse ellos mismos. El terrible suceso se quiso explicar de muchas formas. Alguna de ellas se refería a que los jóvenes hacían parte de una determinada tribu urbana y que escuchaban música rock, particularmente la del artista Marylin Manson, muy de moda en ese momento por sus letras explícitas y sus posturas anticlericales y antisistema. A Manson lo entrevistó el laureado cineasta Michael Moore para el documental “Bowling for Columbine”, ganador del premio Oscar en el año 2003. En el filme las respuestas de Manson, calmadas, reflexivas y propositivas, se contraponen con las de un activista local que rechaza con beligerante agresividad su música. Al final de la entrevista Moore le pregunta al cantante sobre lo que diría a la comunidad afectada si tuviera la oportunidad, y Manson le contesta que no les diría nada, que los escucharía, ya que eso es lo que nadie hizo.
Por si hiciera falta, que quede claro que el documental, como cualquier otra obra, pasa por la visión e intención subjetiva de un director que escoge los hechos o aspectos de la realidad que considere necesarios para presentar su manera de entender determinado suceso. Ergo, lo que vemos de Manson es lo que Moore quiere que veamos; y la imagen lavada que del cantante nos deja su ecuánime discurso es, en buena medida, porque el director del documental así lo consideró.
Esta misma acotación de la realidad pasa en todo acto comunicativo, sea este una conversación distendida en una esquina, un chat, una red social o; por supuesto, el ejercicio profesional de contar historias de lo real. El “contar lo que pasa”, como definió alguna vez Germán Castro Caicedo el periodismo; o el “contar el cuento bien contado” del que habla Juan Gossaín. Ese contar implica una inefable subjetividad inherente a la naturaleza humana que deriva en la imposibilidad de que lo relatado sea “verdad” para todos; así el relato venga de lo “real”. No son lo mismo así creamos que se parecen.
En un mundo “infoxicado”, saturado de datos y hechos sin procesar, entendidos sin contexto y viralizados sin responsabilidad, le terminamos dando carácter de verdad a las versiones que se acercan a lo que queremos creer sin mayor esfuerzo. A lo que se parece a lo que no nos incomoda. Y allí, precisamente allí, encuentra su alimento el parásito de los “hechos alternativos”, nombrados así por Kellyanne Conway, entonces áulica de Trump, al intentar explicar las inexplicables versiones de su jefe. Versiones, al fin y al cabo.
Ya terminando, y volviendo a Manson, importante rescatar de sus palabras el valor de escuchar. A veces solamente escuchar en respetuoso silencio es ya dignificante para el que hablar ahora puede. A escuchar también tenemos que aprender.
