miércoles, 08 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2018-10-01 01:11

De talas y de árboles urbanos

Escrito por: Carolina Salazar Rincón
 | octubre 01 de 2018

Cada vez son más frecuentes las protestas de la ciudadanía por la tala de árboles en las ciudades y por la deforestación de los bosques; y aunque ambas acciones aparentemente son iguales, su impacto es muy diferente por el lugar en el que suceden. Las talas en las zonas rurales son de gran escala y su fin es ampliar la frontera agrícola, pecuaria o desarrollar actividades extractivas (legales o ilegales) y afectan a cientos y miles de hectáreas de bosques y matorrales nativos. Las consecuencias en los ecosistemas y la biodiversidad son irreparables. Aquí no hay matices: no es admisible que suceda y punto.

En donde hay algunos matices es cuando ocurre en las zonas urbanizadas. En estas líneas trataré de exponer mi posición: parto del principio de que los ríos y quebradas deben atravesar las ciudades de manera natural, conservando su lecho, la vegetación de sus orillas y las zonas de protección o espacios de inundación para épocas de invierno. Es un error bloquear sus complejos y ricos procesos ecológicos con canalizaciones o estructuras similares.

Los árboles urbanos tienen un carácter diferente por su origen, significado y función. Muchos de ellos llegaron a nuestros pueblos y ciudades hace décadas, porque alguien los sembró en el frente de su lote el día que inició la construcción de su casa. Estoy segura de que a la sombra de muchos de los caracolíes, samanes, payandés o cujíes, posiblemente alguna vez hubo también una pasera o una mecedora, donde las familias huilenses se reunían con sus vecinos cuando el sol se escondía al final de la tarde.

Otros árboles llegaron después; sembrados en separadores y andenes, fueron escogidos de acuerdo con los criterios de funcionarios municipales porque “se comportaban bien” es decir, que crecían muy rectos y no “ensucian” la ciudad con sus hojas y frutos (es el caso del oití, originario de Brasil) o porque era lo que repartían los entes ambientales de la época. Algunos más fueron traídos de otras latitudes por “bonitos”. Sin importar su origen o si son nativos o introducidos, todos ellos forman parte de la cultura de la ciudad; su sombrío, colores, frutos y fauna que atraen (o no), hacen parte de la historia de barrios y familias enteras. Por esta razón si es necesario, las personas se amarran porque al cortarlos es como si talaran también una parte de ellos, de su vida.

¿En qué casos estoy de acuerdo con la tala? A parte de las razones obvias, como que algún árbol ponga en riesgo la vida de los ciudadanos, lo explicaré de esta manera: Hace unos meses en el desarrollo de un proyecto de arquitectura de paisaje en un club de golf cerca de Bogotá, los socios estaban orgullosos del “bosque” que tenían en su predio. Pero al realizar la visita, no vi un bosque. Lo que había era un monocultivo de árboles de acacia negra (Acacia melanoxilon) introducida de Australia, que se propaga rápidamente desplazando a las especies nativas con sus toxinas y no atrae a nuestra fauna. En estos casos recomiendo realizar una tala paulatina por sectores y sembrar parches de arbustos y árboles de especies nativas que con el tiempo se extiendan por el terreno y recuperen parte del ecosistema.

No condeno a los árboles introducidos existentes (excepto cuando son invasores), pero promuevo siempre la siembra de vegetación nativa porque las ciudades deben ser de alguna manera una continuidad de la naturaleza que las circunda, adquiriendo su carácter y estética. Así también construimos cultura e identidad.


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