De la iclonocastia
Por: José Antonio Gómez
En el comentario del pasado viernes 18 de septiembre, llamé la atención sobre el elegido que ha querido tomar la intolerancia política e histórica y aún religiosa a la que nos pretende llevar algunos agitadores oportunistas que, aprovechándose indebidamente en la problemática indígena de algunas zonas del país, como el hermano departamento del Cauca, quieren establecer la iclonocastia como política a seguir.
Algunos magistrados de la Corte Constitucional recién aprobada del 1991, quisieron hacer obligatoria el retiro de las oficinas públicas y las imágenes del Cristo Crucificado que como en las cortes, presidía en la Sala de discusión y adopción de decisiones judiciales. Igual, en la mayoría de los despachos públicos en el país.
Eso pasó casi desapercibido y hoy a raíz del derribo de la estatua del fundador de Popayán y de Cali, Sebastián de Belalcázar, se quiere seguir la misma ola, a fin de recuperar para las comunidades indígenas “los territorios nacionales”.
Para no referirme nuevamente, a la absurda tutela del Tribunal de Cali que emitió contra la fe religiosa del presidente Iván Duque, igualmente tumbada por la propia Corte Constitucional.
La audaz periodista, María Isabel Rueda, nos entrega una interesante entrevista con el filósofo, escritor e historiador y comunicador Enrique Serrano, quien analiza con amplitud dichos procedimientos violentos, con los cuales nada distinto aún negacionismo histórico politizado centrado, como lo sucedido en Popayán.
Afirma Serrano, que nada justifica ni la decapitación ni la humillación pública de una figura histórica a la cual es completamente indiferente de lo que entendamos hoy de ella. Sostiene Serrano, como una especie de explicación compensatoria que se podría saltar otros personajes como los principales caciques indígenas que defendieron sus territorios, ya que el 98% de la población colombiana es criolla.
Somos agrega, “más parecidos a los que vinieron, que a los que estaban aquí, nos identificamos más con el caballo, el perro, con los porcinos, con la espada, que con que las plumas y el bastón”.
Recuerdo ahora como en el Huila, un gesto de reconocimiento histórico de generosidad cultural al concluir el mandato el presidente, Misael Pastrana Borrero, entregó entre otras muchas obras a Neiva, la Avenida Circunvalar y la engalanó con el ya famoso monumento a La Gaitana, obra extraordinaria, el escultor Rodrigo Arenas Betancourt, varias veces premio nacional de escultura.
Igualmente, nuestra amiga siempre bien recordada Olga de Ospina llevó a Timaná en 1985, con motivo a los 450 años de su fundación, otra hermosa escultura de La Gaitana. Y con el heroico gesto guerrero entregaba la cabeza de Pedro Dañasco como presea de su dominio y venganza por el asesinato de su hijo Timanco. Obra del escultor, el maestro Valencia, victoria igualmente, muy cercano al Huila y particularmente a la ciudad de Pitalito, donde pasó largas temporadas acompañando al exgobernador Héctor Polania. Que hermosos y bellos referentes que contrastan con lo que hoy sucede en algunos sitios del país.
