De fraudes y corrupción
Somos un país fraudulento. Nuestras instituciones y nuestro Estado Social de Derecho, no han funcionado por cuanto, en todo momento, para toda actividad, y en todo proceso, se recurre al fraude, al engaño, a la mentira y lo que es peor, a la negación del fraude mismo, en una solapada forma de decantar las prácticas habituales de corrupción a las que nos hemos enseñado y que llevamos como una bandera de nuestra institucionalidad.
Que cada día se destapan situaciones para engañar al otro, es parte ya de nuestra forma de ser, y no hay confianza en las promesas que se nos hacen por parte de los entes encargados de los medios de control, porque esa forma perfeccionista de la corrupción logró invadir al Estado, logró llegar hasta las altas Cortes, luego de transitar sin Dios, ni Ley y ser irradiado desde cada uno de los entes gubernamentales, como el Congreso y el órgano Legislativo.
Y en medio de todo, si se anticipa y se vaticina hechos que la historia jurídica del país, en algunos casos, ha advertido, como lo es el eventual caso de fraude en las elecciones, todo el mundo se rasga las vestiduras y se ocupa de colocar una cortina de humo, para distraer la realidad, para ocultar todos los mecanismos y procedimientos que se esconden en lo que es una práctica
inveterada de los colombianos y de sus instituciones.
Que se nos ofrezcan garantías, es lo mínimo que podemos esperar, pero ello, no representa la solución a la forma de ser, de esa constante histórica que todos conocemos, pues la corrupción crece día a día, en un mundo mágico de indiferencia, de pérdida de valores y de falsa identidad con lo nuestro y con lo que ha de ser el mañana que nos espera.
Si a esto se le suma el hecho que se advierte respecto de que los colombianos no conocen las propuestas de gobierno de los diferentes candidatos y se encuentra en todos ellos un mismo discurso sobre unos mismos temas y se nos engaña con las mismas fórmulas que se repiten hoy y siempre y que no conducen a la solución de los problemas de éste país. Entonces el fraude termina siendo una opción de elegir y ser elegido ya que nadie ha de impedir la compra de votos, las dádivas, las mermeladas o las prácticas malsanas en el conteo y recuento de los votos, o en la forma de elaboración de las actas de escrutinio, en una tarea silenciosa que le da un inmenso poder al jurado de cada mesa de votación, como lo evidenció el Consejo de Estado en la pasada Sentencia sobre los votos no contabilizados a un grupo político en las elecciones de hace cuatro años.
Se hacen encuestas y se disparan los porcentajes de quienes aparecen como representantes de la voluntad popular, en un proceso que no es serio pese a los visos de transparencia con que se adornan, en un proceso que esconde la gran verdad, y
que como un distractor termina por ser presentado como un sondeo de la opinión, que en ningún momento representa la realidad que se vive dentro de las comunidades y se hacen alardes que sirven para encauzar el fraude, para amañar y crear una estela falsa de lo que pueden ser los resultados electorales.
Se ha pregonado la existencia de fraude en las elecciones en épocas pasadas y los contradictores piden las pruebas que todos conocen, para transformar tal situación en un sofisma que no es de recibo en estos momentos, porque es una real verdad que trasciende nuestra vida cotidiana, que el fraude es nuestra carta de presentación ante el mundo, para desfalcar nuestros recursos, para apropiarse de los recursos del Estado y para hacerse llegar a donde sea necesario en cualquier proceso electoral.
El Pueblo Colombiano sigue engañado con una falsa democracia, con un proceso que no es coherente realmente con la memoria histórica que nos ha tocado vivir y que parece condenada a perpetuar los momentos de angustia y de dolor que hemos vivido hace más de cincuenta años, como consecuencia de una violencia marcada en lo más profundo de nuestra propia identidad, sesgado por un sectarismo ideológico y nuestra forma de ser que se codea con la indiferencia y con el olvido.
