Cuaresma: Signo sacramental de conversión
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El término “cuaresma” tomado del latín significa cuarenta y es el espacio cronológico que nos prepara a la gran fiesta cristiana de la Pascua, o “paso del Señor”.
En la tradición bíblica, es la duración temporal de la penitencia que se le dio a Nínive para su conversión; es la experiencia intensa del pueblo de Dios y de cada creyente en la historia de salvación: cuarenta días y cuarenta noches del diluvio universal, cuarenta años de desierto de Israel, cuarenta días de la oración de Moisés en el Sinaí, y en especial los cuarenta días de Jesús en el desierto, como preparación para su sacrificio salvador.
Después de haber recibido, me imagino con mucha convicción de cambio, el signo de la ceniza el miércoles pasado, nuestra Iglesia comienza hoy un “tiempo fuerte” en su palabra y en su liturgia, para que tomemos una seria actitud de cambio inmediato y profundo. “Si hoy escucháis su voz, dice el Salmista, no endurezcáis el corazón” (Salmo 94 (95)).
“Conviértete y cree en el Evangelio” nos dijeron en el signo de la ceniza y son equivalentes a las palabras del Salmo 50 “Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado… crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro” este lenguaje bíblico busca la identidad con la persona de Jesús, cuya cercanía es indispensable para salvarnos.
La condición humana de Jesús asumida con tanto compromiso y dedicación no lo eximen de las pruebas, sufrimientos y tentaciones como cualquier hombre.
Jesús en el desierto es todo un mensaje de amor; lo lleva el Espíritu Santo, no para que entienda su misión que ya como Dios la sabía, sino para tener la oportunidad de encontrarse consigo mismo, con su Padre y con los seres de la creación: la naturaleza, los animales y los Ángeles.
Ahora hasta el desierto se ha convertido en un lugar de turismo, el Señor no lo utilizó así. Hay que bajar al fondo del ser para saber lo que somos, las fortalezas y debilidades, términos que se utilizan hoy en todos los proyectos.
Sus tentaciones nunca perturbaron su mente y jamás significaron debilidad.
Son las pistas que Él nos marcó para nosotros, que estamos sometidos desde el principio a las incitaciones del mal.
Son los mismos ídolos de siempre: el pan, el poder y la idolatría del Yo. Hoy, estos ídolos están sofisticados, maquillados, y llenos de un diluvio de frases, de programas, de esquemas cibernéticos.
El que tiene mucho pan no se lo puede comer porque está enfermo, y el que no lo tiene maldice la vida, la tierra y hasta el Dios que da el pan de cada día.
El poder es muy atractivo, se disfraza de autoridad-imposición y no de servicio y por eso permanece en los pináculos de los templos de la soberbia, de la arrogancia y del despotismo.
Y el peor de todos: el Yo, cuya imagen siempre la buscamos ampliada y llena de luces que opacan la luz de los demás.
Gracias Señor Jesús, por el rechazo categórico a estas miserias y por el ejemplo de humildad que nos das, que es el principio indispensable de la conversión.
