viernes, 03 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2019-09-09 03:19

Cuando los amenazados son de runa

Escrito por: Marco Fidel Yukumá
 | septiembre 09 de 2019

 

Estar amenazado en Colombia es un privilegio, pero si el amenazado es un funcionario público importante, un gerente de una compañía prestigiosa, un dirigente gremial, un político lagarto, como la mayoría, un amigo del ministro, o una dama que de repente aparece en la cresta social de la región como Nohora Leguizamo, y le asignan por influencias, dos escoltas bien presentados, y bien armados porque así los exige para exhibirlos como una expresión de poder y alcurnia en los actos sociales de la ciudad.

Si el amenazado es un campesino, un líder social, un maestro, un empleado del montón, una mujer cabeza de hogar, o cualquier otro pelagatos, el problema es a otro costo, porque la seguridad personal en Colombia es para los dueños del poder y el dinero, y de quienes logran haciendo uso del tráfico de influencias, a los demás, que los maten, que terminen víctima del genocidio del momento, como está ocurriendo con los líderes sociales.

Si usted no tiene los mismos complejos de poder de Nohora Leguizamo, las mismas influencias de Jorge Eduardo Gechem, Rodrigo Villalba o Hernán Andrade, y resulta amenazado en cualquier momento, siéntese a esperar que lleguen los sicarios para negociar con ellos si se lo permiten, porque su protección, el gobierno se la garantiza, el día que lo llevan para el cementerio, así haya hecho toda la alharaca y demostrado hasta la saciedad que su vida estaba en peligro. La seguridad en este país no es para los de ruana ni es para los amenazados, es para los más vivos, para los que tienen el privilegio de la cercanía a las fuentes del poder y la burocracia.

Es más, hay muchos poderosos en Colombia, que jamás han sido objeto de amenazas y tienen los esquemas de protección más sofisticados y costosos, simplemente porque están en riesgo. Los líderes sociales del Huila amenazados llevan meses, mostrando su dramática situación y ahí siguen poniéndole el pecho a la brisa, esperando irremediablemente la muerte como única alternativa. En el municipio de Gigante en el Huila, esta semana empezaron a renunciar masivamente los dirigentes comunales, muchos amenazados con las pruebas en las manos, arrinconados por el miedo porque ya vieron caer a dos de sus compañeros, que habían reportado amenazas y a nadie en el gobierno se le ocurrió por lo menos exigirle a la Policía una mediana protección.

El líder social se vuelve muy importante el día que lo matan, el día que sus hijos y su compañera lloran impotentes la desgracia. Ese día, llega el alcalde, el gobernador y una que otra vez el presidente a enjugarles las lágrimas y a prometerles esta vida y la otra, sin importarles que el difunto se cansó de denunciar e implorarles protección y ayuda sin que nadie se hubiese interesado en escucharlo. Es obvio, los líderes sociales, los maestros, los campesinos, los trabajadores y los estudiantes no gozan de la franquicia que se abrogan los congresistas, los contratistas financiadores de campañas políticas, los calanchines de los alcaldes y gobernadores que son los únicos que tienen protección así no corran el menor riesgo.

Las amenazas son usadas por los mimados del poder y la burocracia, a veces como un evidente pretexto, se las inventan incluso, porque les asignan camionetas, escoltas, les dan gasolina, armas y hasta les facilitan el exilio, así se hayan inventado las intimidaciones, pero los líderes sociales se tienen que morir para que los protejan, porque la seguridad del país más que un privilegio también es un negocio descarado del que solo disfrutan los que saben hacer buen uso de las influencias.