Opinión/ Creado el: 2017-07-08 02:09
Cuando el alma se le debe al diablo
Por: Luis Humberto Tovar Trujillo
Independientemente de cualquier consideración distinta de la de ser un ciudadano del común, reaccionaría con bastante preocupación, sobre las maneras tan bajas, en que han caído las relaciones internacionales, y la forma de referirse entre los gobiernos de américa latina.
Independientemente de cualquier consideración distinta de la de ser un ciudadano del común, reaccionaría con bastante preocupación, sobre las maneras tan bajas, en que han caído las relaciones internacionales, y la forma de referirse entre los gobiernos de américa latina.
A partir de llegada de Chávez al poder y su heredero en esa tiranía, las maneras donde sobresale la ordinariez, la ramplonería, la vulgaridad, la desfachatez, sustituyeron a la diplomacia que significa, el buen hablar, el buen pensar, el buen actuar, desde luego, apoyadas por principios esenciales como el respeto al libre albedrío, que requiere determinaciones conscientes de los pueblos, la solidaridad entre ellas, pero sobre todo, en la confianza y el respeto.
De esto último nada, es una interrelación entre chafarotes, ignorantes, que dejan entrever todos los días, la escasa calidad humana con que actúan, por la baja condición para dirigir a los pueblos.
La ruindad y la patanería son el rector de las relaciones internacionales, al menos en Latinoamérica, por las razones mencionadas.
En esas condiciones, cunde la mentira, la maniobra engañosa, la cercanía con el delito, la permisividad con los delincuentes, y cuando esto sucede, los términos de referencia son los mismos propios del ilícito, en fin, la entrega el alma al diablo.
Eso sucede con nuestras relaciones internacionales, donde el silencio pasmoso del gobierno de Colombia, permisivo en la tiranía y su iter criminis, lo llevaron a ser considerado un aliado en el delito.
De ahí las expresiones que a diario lanza el Maduro vecino, contra Santos y el gobierno, con amenazas de abandonar el silencio sobre lo que él mismo llama la catástrofe colombiana, y pasar a contar las muchas intimidades, suponemos no solamente del proceso de paz, sino también de la entrega del mar caribe a Nicaragua.
En fin, todo aquello que tiene que ver con decisiones internas, que afectan las relaciones internacionales, donde han sido protagonistas de primer orden, por los regímenes que defienden.
Por eso, ese vocabulario de la amenaza, del terrorismo, generador de zozobra en que viven las dos naciones, es la consecuencia, de vivir, al menos en el caso colombiano, sometidos, dependiendo de la ruptura del silencio de Maduro, hasta llegar a pedir la inclinación de la servís de Santos, para recibir su bendición.
Todo un espectáculo de vergüenza. A eso fuimos llevados y ahí quedamos.
