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Opinión/ Creado el: 2017-08-06 02:06

Cristo sigue siendo el Rey

Escrito por: Padre Manuel Antonio Parra
 | agosto 06 de 2017

Después de celebrar los misterios de su vida y muerte y del triunfo a través de su resurrección, la Iglesia nos presenta en la figura de Cristo, la síntesis de toda la historia de la Revelación. El es “Alfa y Omega”, principio y fin de todo.

En pocos años la fiesta de Cristo Rey ha cambiado bastante en su expresión. Hemos pasado de una visión triunfalista y faustuosa, con procesiones hermosas a una mucho más evangélica. Cristo prefiere indudablemente que se tenga más en cuenta la inmensa procesión de desvalidos, enfermos, presos, desplazados y dolientes, que los estandartes y pancartas con atractivos diseños.

El es un Rey pastor, no el rey que viene a competir poderes políticos; es el pastor que va adelante con su cayado de amor, guiando, soportando las ovejas, buscándolas, colocándolas en sus hombros y también corrigiéndolas como lo afirma  hoy el profeta Ezequiel: “Haré justicia entre las propias ovejas y entre los carneros y machos cabríos” (Ez. 34,17)  No es un pastor arriero y amenazante que asusta a las ovejas, sino el que las llama a cada una por su nombre. Hoy la Iglesia que es la continuadora de Cristo tiene que verse como una sociedad  por encima de las otras sociedades y para esto tiene que acercarse más al evangelio, meterse en la historia para hacer el reino con una verdadera fraternidad.

Más que definir el reino, hay que “hacer el reino”, es decir ponerlo en marcha, ya  que según la misma expresión de Cristo está en medio de nosotros. Jesús nunca definió lo que es el Reino, aunque sí ratificó ante el interrogatorio de Pilatos que El era rey: “Yo soy rey, yo para eso nací para ser Rey” aludiendo al Salmo 109: “Yo soy príncipe desde el día de mi nacimiento”.

San Mateo coloca el resultado del reino dentro de la escena del juicio final presentando a la humanidad dividida en dos grupos ante el juez: los que entendieron que Cristo vino a divinizar al hombre, cualquiera que sea y los que omitieron el amor pensando que bastaba la fe para salvarse sin las obras.

Los herederos del reino serán los que hicieron pequeñas cosas en apariencia  pero viendo en cada hombre al Cristo sufriente y los rechazados serán aquellos que no alcanzaron a descubrir la identidad de Cristo con los pobres, hambrientos, sedientos, presos y desnudos que le salieron al camino.

Al final de toda carrera hay un examen y un juicio, el mensaje de la Iglesia es para eso al término del año litúrgico, recordarnos el examen final que va a ser sobre el amor presidido por quien nos conoce desde antes de nacer, a quien no podemos engañar.

No podremos alegar ignorancia, falta de tiempo y de ocasiones para ganarnos la salvación. El reino está a la mano, en la esquina, debajo del puente, en los suburbios. Recordemos lo que decía en su tiempo San Juan de la Cruz: “En la tarde de la vida, seremos examinados sobre el amor”, frase que después repitió Teresa de Calcuta.

La enseñanza esencial de Jesús es la concepción “divina” del hombre y la revolución del amor fraterno. Todo ser humano aún el más pobre y desamparado, es un ser amado con preferencia por Dios que desea ser llamado por todos, “Padre”.

Amor y servicio al hombre es amor y servicio a Dios; explotación, dominio o desprecio al hombre es injuria al creador. No burocraticemos la caridad, con propagandas y expresiones que más huelen a modernismo injusto que a la verdadera caridad fraterna. Ya sabemos el premio: el reino como herencia, al pie del Rey que es el Señor Jesús que nos enseña la manera de conseguirlo.  


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