Confieso que he vivido
Por Margarita Suárez Trujillo
Con motivo del encerramiento por la pandemia organicé cajones y escudriñé el cuarto de San Alejo. Como diría un moderno coach espiritual, “experiencia enriquecedora”. Encontré elementos que hace años debían estar en la basura. Hallé documentos que me retrotrajeron a mis comienzos en el periodismo y a reflexionar sobre personajes de los que aprendí entrevistándolos. Gabo, Muhammad Alí, Álvaro Uribe, Hernando Santos, Gloria Lara, Miguel Bosé, Julio Iglesias, expresidentes, congresistas, Luis Carlos Galán, Falcao y Pablo Roberto Falcao, el brasileño que inspiró al padre del colombiano a ponerle a su hijo como nombre, el apellido de su ídolo. La lista es larga y no cabría en este espacio. Parodiando a Pablo Neruda, puedo decir “confieso que he vivido”. De cada conversación tengo recuerdos, a veces pequeños detalles que no salen publicados, bien sea por conveniencia o por vergüenza. Recuerdo a Germán Vargas Lleras en una minioficina de Residencias Tequendama, de donde casi salgo corriendo. Se interponía entre él y yo, un pequeño escritorio. Mientras lo entrevistaba, prendía un cigarrillo tras otro y echaba las bocanadas de humo en mi cara. No me pude concentrar y creo que es de mis peores reportajes. Con Felipe González, a quien entrevisté para Cromos antes de ser presidente del gobierno español, ocurrió algo similar, aunque menos traumático. También estaba en un espacio pequeño y durante la entrevista me compartió el humo de su pipa, que tenía un olor penetrante. Cuando acompañé a Jorge Villamil y a Cantinflas a la entrega del premio ACE (Asociación de Cronistas del Espectáculo de Nueva York), el gran Mario Moreno dijo al recibirlo: “Felicito a la ACE porque sabe lo que hace, me hace muy feliz este galardón”. Después, se le desgranaron las lágrimas. Ocurrió en el New York Hilton y creo ser de las pocas personas que vi llorar en directo a este personaje. Con la cantante española Rocío Jurado, estuvimos cinco días en Cartagena, un año antes de su muerte. Disfrutamos la playa y recorrimos el centro comprando regalos. Ya tenía cáncer y le tocaba parar cada cuadra a descansar y tomar líquido. De regreso a su patria, no quiso despedirse porque según dijo era la última vez que nos veríamos. Y así fue.
