Comunión contra el descarte
El modelo de desarrollo económico que impera en el mundo, ha llevado a la humanidad a una carrera sin freno hacia el progreso, pero que, paradójicamente, al tiempo que produce riquezas infinitas para unos pocos -naciones y empresarios o inversionistas- genera la miseria de la mayoría de la población planetaria. Precisamente, cuanto más se explotan y agotan los recursos naturales en todo el mundo, cuanto más alimento se produce, cuanto más bienes y servicios se ponen a disposición, mayor es la opulencia y el derroche de los cada vez más pocos millonarios y en detrimento de las cada vez más personas que no pueden producir, adquirir y consumir lo que necesitan para sobrevivir o alcanzar bienestar.
Hemos entrado así en la "cultura del descarte", un fenómeno contemporáneo sobre el que muy oportunamente llamara la atención el Papa Francisco en una de sus recientes encíclicas, y que hace referencia al desbordado y ambicioso consumismo de nuestra generación, que conlleva a la consecuente generación excesiva de basuras, desperdicios o inservibles. La aberrante práctica de desechar productos, aunque no hayan agotado su vida útil o sean reutilizables, produce tal contaminación que ahoga y asfixia en deshechos al planeta y sus habitantes.
La cultura del descarte es entonces aquella que excluye a toda persona que no sea capaz de producir y, ante todo, consumir según los parámetros que el capitalismo salvaje ha impuesto para tener éxito, fama o popularidad. Y es que la rampante contaminación nos toca directamente o indirectamente a todos, porque pese a que el hecho sea local su impacto es global, pero precisamente afecta a los más pobres.
Por eso a esa cultura del descarte debemos contrarrestarla con la cultura de la comunión o del compartir. San Francisco de Asís nos dejó testimonio y ejemplo vivo de la búsqueda de la trascendencia a través del cuidado de lo frágil o débil y de una ecología integral vivida con autenticidad.
Los seres humanos debemos garantizar la vida, que es asegurar nuestra propia supervivencia como especie, lo cual implica proteger la naturaleza; construir una sociedad más justa, fraterna, en paz, y especialmente solidaria con los pobres. Lo que debemos descartar es el hambre, el desempleo, la pobreza, la discriminación, el aborto, el abandono, la exclusión.
Porque es tal el derroche de recursos naturales, artefactos, productos y alimentos procesados, que la generación diaria de desechos sólidos, líquidos y gaseosos han convertido la tierra en un en un gran depósito de basuras, donde los los depósitos de desperdicios ya no dan abasto, los ríos y mares se llenan de porquerías y la atmosfera se congestiona, dice el pontífice. Algunos gobiernos han adoptado medidas, unas tímidas otras radicales, buscando mitigar los impactos ambientales, mientras que otros países ignoran y niegan los efectos nocivos sobre el planeta y se aferran a su tóxico estilo de vida, forzando la situación a niveles irreversibles y no sin control.
Mientras tanto, la preocupación para la inmensa mayoría de la población mundial, el aire que respiramos, el agua que bebemos (allí donde la hay), y la comida que consumimos (no siempre las tres veces al día) están contaminados y nos está intoxicando.
Aún estamos a tiempo de hacer un alto en esta vertiginosa carrera en la que como decía Eduardo Galeano, cortamos dichosos la rama sobre la que estamos sentados, y reconocer el grave problema, alentar a las comunidades, dar las gracias por la ecología y ser solidarios con el planeta y todos sus habitantes.
Y es que el gran avance tecnológico de las últimas décadas ha contribuido a resolver muchos problemas de esta sociedad de consumo, pero ha creado una diversidad de otros. Un botón para la muestra es que 40 pilas de radio pueden llegar a contaminar una piscina, claro ejemplo de cómo el excesivo consumo y el descarte afectan tanto a las personas como a los recursos naturales y a los productos, que rápidamente se convierten en basura.
Vale recordar entonces al Papa Juan Pablo II cuando en un mensaje a los artistas en 1986 decía que "La sociedad contemporánea no sólo está amenazada por las armas nucleares y los desastres ecológicos. Se hace necesario, además, para beneficio del hombre, poner en práctica una ecología del espíritu..."
Y concluir con el hoy Papa Francisco en el sentido de que "nuestra sociedad, por desgracia, está contaminada por la cultura del descarte, que es lo contrario de la cultura de la acogida", de la comunión, y del compartir.
