Colombia: sin fe y sin esperanzas
Hemos perdido la fe. Ya no creemos en las instituciones. Todo es un desmadre absoluto. Nadie nos garantiza que la Justicia puede retrotraernos a ese estadio de cosas en el que podamos volver a creer en nuestros dirigentes, que se nos devuelva la dignidad al menos cuando participamos en una contienda electoral y se vote por los mejores, inmaculados por siempre, no como los que hoy nos representan en todas las instituciones y corporaciones públicas o cargos de elección popular, porque todos ellos, ha usufructuado y siguen gozando de los privilegios del poder, que es sinónimo de acabar, de arrasar y de exterminar al otro.
Es triste que el mismo sonsonete de nuestros dirigentes se repita por siempre cuando desde el Presidente, Los Ministros, Fiscales, Procuradores, Contralores y Jueces de la República, o representantes de las Altas Cortes, ante el descubrimiento de los actos de corrupción, de chuzadas de la muerte de los líderes sociales y a toda hora y momento, advierten sin recato de que se “adelantaran todas las investigaciones exhaustivas” y se termina premiando a sus autores. Se dice que las investigaciones llegarán hasta el fondo. Y siempre los investigadores cuando llegan a ese punto, se ahogan porque sus propios jefes, son los directos responsables de tanta inmundicia, de tanta corrupción de tanta afrenta.
Y siempre se argumenta como un corolario que mucho daño le ha hecho a Colombia: estamos ante la presunción de inocencia consagrada en la Constitución Política de Colombia y se dice que ésta es un derecho fundamental y por tanto, todos son inocentes, hasta que no se demuestre lo contrario, y con las pruebas en las manos, con confesiones aquí y de allá, con muertos y perseguidos y asilados y otros escondidos por esas amenazas, y siempre se dirá, no podemos atentar contra la presunción de inocencia y por consiguiente, hasta tanto no haya decisiones judiciales en firme, siguen siendo inocentes. Puntualizan y enfatizan: mientras las decisiones judiciales no queden en firme, no podemos tomar acciones en su contra.
Este circo de la presunción de inocencia es la gran panacea sobre la cual se edifica el país de la impunidad, sobre la cual, la corrupción nos carcome hasta la médula más profunda en el proceso de desinstitucionalización que estamos padeciendo. Y los mismos dirigentes son los que se encargan de distraer la opinión pública y de desviar los elementos de la investigación y de ocultar las pruebas o desaparecerlas.
Las decisiones que se adopten y que se tomen, siempre serán parte del sainete que como un hazmerreir de la democracia, se utiliza siempre en forma tardías, si es que alguna vez se toma una decisión. Pero realmente es imposible que haya tanta demora en el inicio y la imposición de las sanciones por las denuncias y que los mismos investigadores terminen dilatando en el tiempo la adopción de decisiones.
Periodistas y librepensadores colombianos, se suman a los perseguidos, como viene sucediendo con los líderes sociales, en una afrenta de nunca acabar, y saber que los mismos militares en su momento, buscan difundir y dar a conocer estrategias para aumentar las arremetidas en contra de los delincuentes o para exigir y demandar que se contabilicen los resultados positivos de sus actuaciones en el escenario del conflicto que seguimos viviendo en Colombia, y no pase nada.
Denunciar los atropellos contra las comunidades, no deja de ser un grito ahogado y en silencio. Desenmascarar a los corruptos y las formas y estrategias utilizadas en los procesos para quedarse con los recursos del Estado y malversar los recursos públicos, han terminado por ser un ejercicio que no termina nunca bien, que no produce efectos y que, por el contrario, genera la persecución del mismo establecimiento en contra de quienes piden Justicia.
La esperanza que es lo último con lo que puede contar un ser humano, en Colombia, se ha perdido por completo. La esperanza de encontrar líderes o que nuestros políticos se encarguen de direccionar la situación real de una sociedad decadente que se ha polarizado entre los encargados de aplaudir al innombrable y todo su séquito y a los otros que también han usado el poder, es una forma de ponerse una mordaza en el pecho.
Sin fe y sin esperanza, y el pueblo colombiano enfrentado a una división radical entre menesterosos y potentados y una horda inconmensurable de borregos y apátridas, es todo lo que nos queda en este momento en el que las instituciones perdieron el derrotero que esta seudo democracia pudo habernos ofrecido para tener un sueño.
