Cavilando
Cinco segundos diarios de deliciosas notas de un flautín varios meses atrás por la avenida de La Toma hacen mi felicidad, pagaría porque no se fuera e invitaría a otros. La idea de felicidad nos hace siempre pensar en nuestra felicidad personal, raras veces en el género humano. Quizás otro vecino sienta animadversión y no esté dispuesto a pagar.
Tiendo a creer que muchos de los problemas que nos afligen, surgen de la reclamación de los derechos que como individuos hemos establecido, entre ellos buscar la felicidad. Y casi siempre perseguimos nuestra felicidad sin pensar en la de los demás. La felicidad amorosa de unos es la infelicidad de otros.
Como humano reclamo felicidad en la tenencia de cualquier producto o servicio a hacer la vida feliz, la música, la sana comida de mi perro, mi escritorio, los descuentos de la tienda, el aroma del almacén, la crema que esconde años… La felicidad de la navidad está incluso en regalar cosas inútiles.
Pareciera que por sentido común ningún individuo es capaz de explicar que es la felicidad, si se entiende como un estado permanente, la idea de una persona que es feliz toda su vida, sin dudas, dolores, errores o crisis, parece corresponder a la de un pendejo, o a un personaje que vive aislado del mundo, sin aspiraciones que vayan más allá de una existencia de sobresaltos y no está dispuesto a pagar.
La felicidad en plenitud absoluta no existe, es episódica, transitoria, como el nacimiento de un hijo, la publicación de un libro, somos felices haciendo obras, cobrando, pensionándonos y algunos hasta pagando cárcel, pero siempre será efímera la felicidad.
El amanecer en la céntrica Neiva, por momentos se parece a ciertas ruidosas ciudades islámicas, vallenatos, bufones con micrófono, salteadores informativos, taxis, ambulancias lloronas, vendedores ambulantes, habladores, voceadores de toda condición pero en una sola misión, todos en búsqueda de felicidad que pudiera concluir cuando sólo consumimos.
A mí, el flautista meridiano que pasea la avenida de La Toma me hace feliz todos los días, unos segundos, que quisiera perdurables. Como el flautista de Hamelin, el de Neiva produce y ofrece su música que hace la felicidad. Algunos no escuchan y se alejan, porque no están dispuestos a pagar por ella.
