Burocracia vergonzante
Con ocasión de algunos comentarios sobre la forma como la mediocridad termina por imponerse en nuestro medio político y social, con el advenimiento de nuevos dignatarios departamental y municipal en cada región colombiana, nos hemos encontrado con una columna de opinión de uno de los más leídos en el Departamento del Cauca, como lo es el escritor y amigo MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE, quien con su venía, me permite hacer referencia a algunos apartes de su columna titulada “Mafiar con las necesidades”, publicado el 16 de febrero del presente año, donde dice:
“Un desfile de zombis angustiados y ojerosos recorren por estos días pasillos de alcaldías y gobernaciones en busca o en espera de un contrato laboral. Pero pocos imaginan las indignas y vergonzantes situaciones por la que -la mayoría- de ellos tienen que pasar.
“Se trata de profesionales calificados que buscan una oportunidad laboral en alguna dependencia de gobernación o alcaldía, pero mientras sale el “contratico por meses contaditos” están padeciendo las de San Patricio por falta de dinero, de seguridad social y empleo; y algunos incluso, están sufriendo las vejaciones más inhumanas posibles a cambio de una firma que les garantice un trabajo de subsistencia.
“Varios de ellos llevan semanas sin dormir y enfermos esperando el llamado, el chulito que los habilite, la firma que los apruebe, e incluso trabajando hace meses de gratis con tal de tener caliente el puesto y nadie se los arrebate.”
Estas reflexiones me han hecho pensar como esa manía de ofrecer en las campañas políticas un cambio, una innovación, una transformación de las costumbres políticas, sigue siendo el aliento con el que se pretende siempre, engañar y seguir perpetuando en el engaño a quienes, nunca podrán cumplir y nunca podrán asumir con responsabilidad su propia gestión política, traducida en el compromiso que se hace y que nunca tendrá fin, porque en ese festín de alianzas y de componendas terminan eligiendo a los mediocres en torno a su gabinete o en sus asesorías, para cumplir su designio o tapar sus propios errores.
Algunos me cuestionan por ser radical en mis planteamientos y es que cuando hemos conocido de cerca la situación de muchos profesionales que se dedican a hacer proselitismo con determinados candidatos que sueñan con ser los grandes elegidos en las urnas y terminan medicando una secretaría y reduciendo sus aspiraciones a otro renglón de la burocracia, antes que de hacer méritos para otra contienda electoral o hacer valer sus presuntuosas hojas de vida, son quienes después de posesionados se burlan con la indiferencia propia de su baja estirpe social y humana, reitero, se burlan de quienes fueron su apoyo, de quienes ayudaron a vender su imagen y quienes fueron realmente los que le consiguieron los votos, los cuales como ya nos los necesitan, los deprecian o los abandonan en un alarde de prepotencia que cada día es más y más aberrante.
Esta ignominia que se repite en todas las provincias colombianas y que no es ajena a la realidad que vivimos en este país, otrora del Sagrado Corazón, nos tienen que motivar para pensar que es necesario pensar, repensar y volver a pensar, sobre la desintegración moral y de valores en quienes fungen como políticos o quienes desde la política siguen desbaratando y volviendo trizas a éste país corrupto y bendecido por la indiferencia de unos votos que se cambian y se canjean de la forma más inverosímil, como si ese fuera el cambio, como si eso fuera querer a su pueblo.
He ahí el dilema de la política y de la politiquería, de la mediocridad que se impone como lo sostienen los filósofos modernos, como parte de la conjunción perfecta del poder político y de la pérdida por completo de valores en una sociedad decadente y pervertida por el afán de sacar el mejor provecho, dentro de la corrupción en sus múltiples manifestaciones que son el estandarte sagrado de hoy en día, desde ésta región y que nos cobija en todo el territorio colombiano.
