lunes, 06 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2019-08-10 02:30

Balances de administración

Escrito por: Amadeo González Triviño
 | agosto 10 de 2019

Hace algunos días luego de alguna entrevista o audiencia con un mandatario local, al tratar de encontrar aspectos relacionados con el manejo de la administración pública, advertía éste sobre la inconveniencia de adoptar ciertas decisiones radicales para procurar una mejor cultura ciudadana, bajo el tamiz de la indiferencia ciudadana, la falta de respeto a la autoridad y lo difícil de encontrar eco en su acompañamiento en aspectos de regulación vial, de seguridad pública y de orquestación de políticas sociales integradoras.

A su vez, con otro mandatario de superior jerarquía, argumentaba por su parte, la forma como luego de terminar su mandato, solo aspiraba al reconocimiento de sus aportes a ciertas poblaciones, por cuanto con la infraestructura que estaba apoyando, su nombre debería ser recordado por siempre, como el gran líder de las comunidades, y que no eran cháchara o palabrería, todas sus promesas y sus estrategias de poder, acompañada de sendas publicaciones donde se perfilaban obras supuestamente concluidas y como estructuras de concreto.

Finalmente todos coincidían en establecer que los problemas sociales y estructurales de sus administraciones, son heredados por los anteriores mandatarios y que la gran mayoría de obras inconclusas, no recibirían nunca el apoyo de sus sucesores, con el fin de no perpetuar la memoria de sus mentores, y que por eso, muchas obras quedaban como elefantes blancos, donde solamente se hacían inversiones que a la postre no se culminaban y que nunca llegarían a su fin.

Esta serie de situaciones contrasta con la realidad de lo que los medios de comunicación han venido dando a conocer con ocasión del primer aniversario en la gestión del señor Presidente que actualmente regenta las políticas institucionales de ésta nación.

Los pronósticos y los análisis y la forma como se trata de visualizar su gestión, tienen un gran componente referido e interrelacionado con las políticas de sus antecesores, para denegarlas o demeritarlas y mostrarse indefenso ante los proyectos que tiene en mente. Nadie quiere comprometerse a ser continuista de obras que otros pensaron, nadie quiere aceptar y reconocer los esfuerzos de sus predecesores y por el contrario, pretenden a toda costa, al precio que sea, imponer sus criterios, determinar su visión y por qué no, generar sus propios espacios para que la administración tenga un sesgo o una forma de visualización diferente y aparte de otras concepciones ideológicas o de política fiscal.

He ahí el dilema. La política de la improvisación, la política del sensacionalismo, del amarillismo y por qué no de la innovación y del cambio, terminan siendo los grandes baluartes de procesos históricos de nunca acabar. Es cuando tenemos que retrotraernos para pensar y considerar que los periodos de cada mandatario, no tienen la suficiente capacidad de generar o dejar formas de culminar sus proyectos, que no existen los medios y los mecanismos para poder centralizar un proceso innovador o de preservación de ciertas formas de apoyo e inversión social, que queden establecidas y vigentes en el tiempo y en las comunidades.

Se hace necesario revisar estos baluartes, se hace necesario que no se recurra a estrategias desuetas o ilusas respecto de lo que es una administración pública, sin importar el rango o la categoría de la administración que se detenta, pero es necesario articular políticas claras y coherentes que tengan una sola orientación, un solo faro directriz, para que de la noche a la mañana, no se adopten mecanismos y políticas que terminan siendo precarias o contrarias a los fines esenciales del Estado.