Aprovechemos, también, para conversar
Hay pocas investigaciones sobre la relación entre las actividades cotidianas y la felicidad. Sobre todo, por lo difícil que resulta medir y registrar toda la actividad diaria normal, mediante métodos que no interfieran con la espontaneidad de las conductas examinadas.
Estudiar la felicidad es un asunto complejo, comenzando por el problema de medirla objetivamente de acuerdo a patrones de aceptación universal. Sin embargo, hoy existen algunas medidas biológicas de la infelicidad que facilitan las cosas, a pesar que el ser humano puede tener altos niveles de estrés y ser profundamente feliz. A pesar de todo, el desarrollo científico de la psicología ha proporcionado herramientas que permiten la comparación de diferentes grupos y momentos.
Varios estudios han revelado que las personas con mayores niveles de felicidad pasan menos tiempo solos y más tiempo conversando. Lo novedoso es que hubo una correlación positiva, significativa e importante entre la felicidad y el tiempo dedicado a conversaciones profundas.
El maestro y estudioso Julián Zubiría, en reiteradas ocasiones se ha referido a temas como la felicidad, la delincuencia juvenil, la autoridad y la disciplina, asegurando categóricamente que los padres son los responsables por todas las conductas de sus hijos, y por supuesto, por todos sus actos.
Ha dicho, que el camino para solucionar este problema es que los padres debemos “enseñar a ser feliz” a nuestros hijos. Comparto la premisa, pero creo que es preciso ir más allá. Es necesario, primero, enseñar a ser padres. ¿A quién en la escuela, colegio o universidad le enseñaron a ser papá o mamá? Eso no existe en ningún currículo ni se incluye en ningún modelo pedagógico. Y para ello, es preciso mantener una comunicación fluida y continua con los hijos.
Pero para llevar todo esto a la realidad, se necesita partir de la base de una buena relación, de un buen diálogo, de buena confianza, de una buena conversación. Es preciso conversar más con nuestros hijos, rebasar los límites de lo académico, charlar sobre sus gustos musicales, sus mejores amigos, sus actores preferidos, y hasta los temas sexuales y económicos. Ellos deben darse cuenta que además de lo buenos estudiantes que puedan ser, nos interesa también como personas, como miembros de la familia, y que, por lo tanto, su opinión también cuenta. Pues los jóvenes tienen voz, saben expresar lo que sienten cuando tienen espacio u oportunidad, conocen el problema a fondo, son sujetos de derechos y exigen más espacios en donde dialogar con los adultos.
Afirman ser productos de esta sociedad consumista que vende y después criminaliza, dicen que viven en una constante situación de violencia en sus casas y fuera de ellas, y exigen que el Estado implemente políticas públicas para la población joven y espacios en donde puedan dialogar sus padres.
Se ha establecido, que la principal causa de violencia estudiantil del momento radica en que los padres no acompañan a sus hijos y no dialogan con ellos, que se sienten solos, no tienen una persona adulta que los escuche y apoye, y no hay espacios adonde acudir.
En esta cuarentena, hable con sus hijos, compartan más momentos, vean películas y escuchen sus opiniones al respecto. Pero, sobre todo, respete sus comentarios.
