viernes, 10 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2017-06-29 07:07

¿Y lo auténtico qué?

Escrito por: Diógenes Díaz Carabalí
 | junio 29 de 2017

La preocupación de quienes conocimos la autenticidad del folklor opita, o huilense, es por la pérdida gradual de su riqueza, cada día más atropellado por el interés comercial y la falta de celo de la autoridad cultural por su salvaguarda. Da verdadera tristeza cómo las fiestas se han desplazado hacia otros meridianos, precisamente no identificantes de nuestra idiosincrasia, los eventos programados parecen más cumplidos, saludos a la bandera de unas manifestaciones que ya no existen, que se sumergen en el lago confuso de la falta de identidad. Las fiestas han sido absorbidas por el afán de lucro particular, y muy de moda dejar su organización y los escenarios, que son  patrimonio de todos, para que particulares los usufructúen, mientras sepultamos nuestras danzas, nuestros rajaleñas, nuestra música de preciosa cadencia, contenido armónico y significado de expresiones. Es tanto el deterioro que ninguna tienda ofrece un disco de bambuco, de rajaleña, de pasillo, aunque haya verdaderos mecenas esforzándose por producir tales expresiones.
Para quienes se disputan el origen de la fiesta, vale mirar lo que el médico y compositor Jorge Villamil Cordovez encontró en la notaría Primera de Neiva, Tomos varios, Folio 30 de 1790, copia autentica de un acta según la cual fue en ese año cuando el gobernador de esta provincia, don Lucas de Herazo y Mendigaña ordenó la celebración de una fiesta especial como acción de obediencia al Rey de España don Carlos IV, un jolgorio que se prolongaba durante 10 días, exactamente en el mes de Junio. Destaca la participación de mojigangas, que por suposición corresponden hoy a las comparsas, en donde debían participar de todos los habitantes, lo que dentro de nuestra fresca historia constituye un evento de gran tradición, un activo imponderable que se debería cuidar con sumo empeño.
Para el turista que busca un solaz de cultura, de autenticidad, de goce dancístico y musical la presencia de expresiones salidas del contexto folklórico regional es una frustración. También para quienes por suerte nos hemos tenido que radicar en otras latitudes. Venir y encontrar más expresiones como el vallenato o la llamada música popular, que no es otra cosa que interpretaciones mexicano-norteñas entonadas por intérpretes colombianos por lo general de origen rural, nos ponen en otro contexto; más si se busca llevar un presente de regreso. En estas fiestas uno espera escuchar música colombiana, espera encontrar un concierto de rajaleñas con las mejores coplas tan picantes como la malicia huilense, un torbellino que recuerde las faenas regionales y los amores, un pasillo fiestero que haga sentir el deseo de mover los pies, un bambuco no para academia sino para integrarse con alegría nostálgica, en el entendido de que el huilense tiene afincadas sus raíces en el paisaje, en el aire, en el río, y no en ese extrañamiento lloriqueante de hechos convulsos que afincan sus orígenes en la alabanza de personas inhóspitas que hacen apología a fortuitos acontecimientos relacionados con trashumancia delincuencial. Lo que se percibe es que el San Pedro muere sin dolientes y el Bambuco pierde su significado en medio de la maraña convulsa del interés comercial.

 


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