¿Para donde vamos?
Por José Israel Charry Calderón
El domingo anterior, no por coincidencia, la mayoría de los columnistas de los más representativos diarios de Colombia se ocuparon del tema de la violencia, que ha cobrado centenares de víctimas en los últimos años por cometer el pecado de disentir, de pensar diferente a los todopoderosos, por liderar causas sociales en beneficio de los humildes, los desamparados, los desprotegidos, los marginados. Reconocidos intelectuales y periodistas como Felipe Zuleta Lleras, nieto del ex presidente de la República Alberto Lleras Camargo e hijo de la nunca bien ponderada dama bogotana Consuelo Lleras, no vacilaron en calificar la situación del país como grave, muy grave. Coincidiendo con ellos no podemos menos que llamar la atención de nuestros lectores para que reflexionemos sin apasionamientos sobre la ola de criminalidad que ha cegado la vida de mujeres y hombres que sólo han querido servir a sus semejantes y que haciendo uso del derecho al voto han sufragado por quienes creen mejor interpretan su ideología. Entonces, ahora, como en épocas pretéritas, disentir es equivalente a subvertir. Lamentablemente la historia se repite. Basta con mirar los gobiernos de Turbay Ayala, Belisario Betancur y Virgilio Barco, especialmente, para recordar a miles de víctimas que cayeron a manos de la violencia protagonizada por paramilitares, militares, policías, agentes del desaparecidos DAS, y los narcotraficantes.
La academia, los gremios, las corporaciones públicas, las organizaciones cooperativas y sociales tienen a la mano una sensible página de la historia para analizar. Todos a una, como en Fuenteovejuna, debemos hacer un juicioso aporte para la construcción de una sociedad tolerante, respetuosa de las ideas ajenas. Debemos pensar con rigor en las próximas generaciones que pueden estar pagando injustamente los errores de sus padres, hermanos y allegados.
Superado el medio siglo de confrontación armada con las Farc, que tantos miles de familias dejó sin sus seres queridos, es tiempo de apostarle a la reconciliación nacional, a vivir en convivencia, dentro de la divergencia, como repite el gran amigo y líder espiritual Darío Silva-Silva.
Hoy, más que antes, los padres de familia, los educadores, tienen una misión muy grande en el proceso de formación y educación de los menores. Todo, desde luego, debe comenzar por el buen ejemplo, con el manejo de un lenguaje respetuoso, sin la vulgaridad y patanería que ha echado raíces entre la juventud (mujeres y hombres por igual).
Por lo demás, dejar de un lado la bobada en que han caído muchos por la pasión política que trajo el último proceso electoral. Es hora de mirar para adelante, con tolerancia y respeto.
