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Regional/ Creado el: 2016-07-24 07:31

Vendedores ambulantes y estacionarios, hijos del desempleo y la violencia

El ingenio de estos personajes pintorescos y casi exclusivos del entorno social colombiano, se palpa en su capacidad para hacer caricaturas de la vida cotidiana hasta en las condiciones más difíciles.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | julio 24 de 2016

DIARIO DEL HUILA
Jesús María Cataño Espinosa
catanochucho@gmail.com

Voceadores enérgicos de todas las horas, queridos por muchas señoras a las que les llevan lo que necesitan; reconocidos en distintos sectores populares y en la zona céntrica de ciudades y pueblos; odiados por algunos comerciantes y maridos celosos; perseguidos por la policía, con su cara de cansancio y sus carretas de combate; los vendedores ambulantes son otros personajes de la vida cotidiana que convierten su oficio en una obsesión compulsiva.

Todo lo que hacen, desde el menor de sus gestos hasta lo más complicado de su tránsito con la carga en hombros, bicicletas, carretas y autos viejos, les sirve como ejercicio de perfección para obtener la  calidad excepcional que muestran orgullosos. Siempre están involucrados con sus clientes, con los intereses del colectivo y, como todos los individuos de la clase popular, utilizan una forma de comunicación tradicional que se desenvuelve sin importar los prototipos sociales, ajena a los mandatos  gramaticales, y regularmente reforzada con gestos y movimientos corporales.

El vendedor de pescado, el mazamorrero, el de las gelatinas, el verdulero, el de las frutas, el de las bolsas de basura, el de los trapeadores y escobas, el de los cubanos, los que ofrecen la miel de abeja, los limones y los aguacates, el quesero, el de los repuestos para la olla pitadora, los del chontaduro, el de las velas e inciensos, los de los envueltos, los voceadores de prensa -en vía de extinción-,  y los más humildes, con sus chazas llenas de dulces y cigarrillos; son los principales trabajadores caminantes, conocedores de extraños vericuetos por los cuales llegan hasta los confines casi imposibles de las ciudades.

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El viaje incierto de todos los días

Por calles y avenidas van dejando sus huellas, casi de sangre, y en las hondonadas se repiten los ecos de sus voces que, casi clamorosas, difunden los productos que llevan y con muchos de los cuales algunas veces regresan a sus moradas humildes.

Aurelio Ceballos ha gritado y transportado productos desde niño en el Caquetá,  y hace 5 años comenzó su recorrido por los barrios de Neiva, desde Las Palmas, donde reside, hasta La Libertad y el 1º de Mayo.  Entrado en años, afirma que el polvo ceniciento que lleva en su cabeza no le produce tristeza sino satisfacción y se considera un “buen peregrino”, pues en muchas casas lo acogen con simpatía y cariño.

“Lo más duro para mi es mirar una calle vacía, no ver nada en el horizonte, no encontrar a los clientes habituales, no sentir quién responda a mi voz… eso pesa más que la carreta cargada con plátanos y aguacates en la subida a Monserrate” respondió Ceballos a la pregunta del cronista sobre sus momentos más difíciles.

Parientes cercanos de los vendedores estacionarios, los ambulantes no tienen problemas con las autoridades por su condición de emigrantes permanentes, de ‘hombres libres’, como se declaró Jorge Arbeláez el vendedor de mazamorra que recorre 16 barrios diarios en su triciclo, entre las 8 de la mañana y las 5 de la tarde, empujando una ‘india’ gigante en la que cabe de cuclillas.

El ingenio de estos personajes pintorescos y casi exclusivos del entorno social colombiano, se palpa en su capacidad para reproducir la vida cotidiana hasta en las condiciones más difíciles y en su agudeza para caricaturizar la realidad, la coyuntura política, económica y social. Su lenguaje atrevido y desvergonzado, con todas sus desviaciones semióticas, es un enlace fundamental  de la red comunicativa popular, tan poderosa como las redes sociales de la era digital.

Aunque recorren la misma ruta todos los días como los buses urbanos, siempre están acosados por la incertidumbre, como si fueran por un tramo desconocido pero siempre con la ilusión de una venta extraordinaria. Muchos de ellos gritan las mismas frases con el mismo tono y a la misma hora todos los días, como estrofas arrancadas del alma.

El desplazamiento les trajo competencia

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El fenómeno del desplazamiento forzoso ha introducido nuevos elementos y variantes, incluida su contaminación por pequeñas organizaciones criminales. Sin embargo, el auténtico vendedor ambulante tiene una actitud honesta y fraternal, es su principal producto y su mejor oferta, por encima de la calidad de los artículos que transporta.

Son eslabones importantes de la cadena social, sin reconocimiento, sin celebridad y muchas veces estigmatizados por su condición humilde, por su apariencia y vocabulario, pero la mayoría tiene mayor fuerza moral que muchos ‘delincuentes bien vestidos’ que son mencionados con frecuencia por los medios de comunicación. Son individuos que trabajan duro, no tienen seguridad social ni prestaciones económicas. Le dan la espalda a los problemas de las clases dominantes pero le ponen el pecho a las dificultades derivadas de los mandatos de aquellas.

“Si no podemos cambiar la realidad nacional, gozamos con insultarla, hacemos la comedia y desarmamos nuestros espíritus con el buen humor y gozamos a nuestra manera. Es algo así como una estrangulación permanente del dolor propio y de la gente”, sentenció un vendedor de naranja que no suministró su identidad pero confesó haber hecho varios semestres de una carrera universitaria. Es la nostálgica añoranza, una queja escondida de los privilegios que no tienen.

Los vendedores ambulantes hacen parte del grupo de desconocidos, de los vencidos que contemplan con buen humor sus propias penas y las arrastran al ritmo de sus carretas y de sus zapatos descocidos. Pero no las gritan, las digieren en silencio en la soledad de sus cuartos oscuros, escondidos en la periferia de pueblos y ciudades.

Los vendedores estacionarios

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De los actores de la economía informal, los vendedores estacionarios son los más afectados debido a las políticas de recuperación de espacio público que han puesto en marcha las distintas administraciones, y por el crecimiento exponencial de esta modalidad de trabajo que se ha estimulado debido al desempleo y la violencia.

Muchos de ellos denunciaron haber sido víctimas de atropellos y despojos de sus mercancías  y carretas, en desarrollo de operativos policiales.

“En el papel se pueden reclamar las mercancías y elementos decomisados, pero las multas son muy altas y es más comercial abandonarlas”, dijo una reconocida vendedora de aguacates del centro de la ciudad que se declaró damnificada por los reiterados operativos de la policía.

Algunos vendedores improvisan kioscos de mecato alrededor de sus puntos de venta, en donde los clientes interactúan de manera muy particular y espontánea, se informan, comentan, preguntan y algunos dejan allí algunas penas o aventuras, como lanzadas por un micrófono o publicadas por un diario. Son los primeros eslabones de la sociología del chisme en donde se observa una reproducción sistémica de la sociedad, y se percibe una simpática diversidad de productos lingüísticos. Estos puntos son del mismo modo, el comienzo de las tergiversaciones comunicativas, de las cuales los políticos y gobernantes son los principales destinatarios.

Entre el grupo de vendedores informales, se palpan espíritus nobles, algunos de ellos desterrados del empleo, del campo y de la violencia. Muchos de ellos salieron a la ciudad dejando dolorosamente sus parcelas campesinas, desplazados por la violencia. Algunos fueron héroes en otras actividades y el desempleo los lanzó a la calle y los volvió esclavos del reloj, pues son trabajadores que están en pie a las dos  de la madrugada para correr a Surabastos, donde compran las frutas y verduras que son la materia prima de su ‘combate cotidiano’.

Inequidad y discriminación

Mientras empaca con afán y enojo sus mercancías ante la inminente batida de la policía, una señora de pelo blanco y con dificultades para su locomoción  se queja de  la injusticia social que le hace honores a otros oficios, les decreta fiestas y conmemoraciones, y les da estímulos. Al igual que a otras tareas y trabajadores, el común de la gente los reconoce como verdaderos personajes de la vida cotidiana,  muy visibles en los pasajes comerciales, fraternales, simples y candorosos,  pero invisibles en el mapa social.

La mayoría son mujeres maravillosas que tienen la pasión por las ventas, son simpáticas, sus sitios de trabajo son la extensión de sus casas y aman a los compradores y muchas conocen sus preferencias  y los satisfacen como a sus hijos.

También distinguen las características comunicativas de sus compradores porque en los puntos de venta se vive un exceso de oralidad, dada la confianza y el reconocimiento mutuo, lo cual ofrece una especie de libertinaje verbal que retrata la realidad, sin eufemismos, en una reproducción permanente, con la cual se garantiza la permanencia del sentido y del significado de las palabras. Y la identidad real de cada persona, despojada de la hipocresía que le imponen las reglas sociales.

Las artistas de la arepa

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Como los escultores que pulen sus obras de arte, las fabricantes artesanales de arepas manejan sus manos con armonía y destreza para obtener este derivado del maíz, considerado como uno de los elementos constitutivos de la dieta alimenticia por su bajo precio, imprescindible en la dieta mañanera de un alto porcentaje de la población. También son muy visibles en las tardes y noches, cuando refinan el producto, lo complementan con queso, carne, chicharrón, huevo y otros ingredientes para darle un valor agregado.

En Neiva y los municipios del Huila son personajes muy reconocidos, especialmente en los sectores populares, donde hacen parte del paisaje, del colectivo local y funcionan como conectores entre la gente que se reúne en los puntos de venta, junto a las brasas y la parrilla, a esperar su pedido.

“En cada arepa se va una rodaja de mi corazón”, declaró doña Orfilia Sánchez, reconocida vendedora en una esquina muy popular del barrio Obrero, para significar el cariño que le pone a su actividad, dividida en dos jornadas que comienzan a las 3 de la mañana hasta las 9 y desde las 5 de la tarde hasta las 9 o 10 de la noche. Es el momento del regreso a su soledad y al sueño, por un sendero repetido constantemente con la presión de los minutos y el cansancio que no les permite siquiera pensar en sus penas.

 “A unos les gustan doradas, otros las prefieren tostadas, algunos las piden quemadas; el vecino más cercano pide una de ‘bola’, el chofer de bus reclama una ‘gruesita’ y para los niños son mejores las delgaditas porque ‘quedan bien con la mantequilla’. Y  los borrachos las piden con chicharrón por la noche”, expresó la vendedora.

Con las pavesas adheridas a sus rostros enrojecidos por el calor de las brasas, orgullosas de su trabajo, apartadas del bullicio característico de la recreación subversiva que sus clientes se dan con el lenguaje, las vendedoras de arepas traspasan el umbral de sus casas y muchas veces no encuentran ni labios que les sonrían ni brazos que se abran para saludarlas. Toman posesión de su soledad y muchas veces, agotadas, caen dormidas con un bulto de carbón como cabecera.