miércoles, 01 de abril de 2026
Regional/ Creado el: 2015-11-06 07:21

Un nuevo amanecer, lejos de las FARC

Miguel Hurtado es uno de los miles de desmovilizados de las FARC que emprendió un nuevo rumbo, alejado de la violencia y de la intranquilidad de servir a un grupo al margen de la ley.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | noviembre 06 de 2015

En una casa de tablas, viendo a través de las rendijas de la ventana, Miguel Hurtado, como lo llamaremos, se encontraba detallando cada movimiento sospechoso; su esposa, sin mediar palabra, sabía lo que este tramaba, aunque prefería seguir como si nada, realizando los quehaceres de su hogar.

El miliciano, sin conocer lo que le deparaba el futuro, continuaba obedeciendo las órdenes emitidas por el Frente 49 de las FARC, cobrar las vacunas para financiar al grupo subversivo que hoy sobrevive de las fuertes cantidades de dinero que obtienen de los comerciantes.

Miguel se levantaba todos los días con un objetivo claro: espiar cada paso dado por los habitantes. En ocasiones, prefería salir a la calle y no quedarse solo observando a través de la ventana, verificaba que todo estuviera en marcha. Recuerda claramente que se vestía de pantalón beige y una camisa blanca, para simular ser un campesino, su vida estaba más allá de la montaña, no precisamente para cosechar.

En una ocasión, mientras cruzaba el parque de su pueblo, en Caquetá, que había sido destruido por los atentados perpetrados por el grupo insurgente, percibió a varios niños tratando de jugar entre los adoquines agrietados y sintió por primera vez en su pecho algo de remordimiento por los múltiples asesinatos, menores huérfanos y viudas. Ellos eran testigos de un combate inútil por un territorio azotado por las balas y la coca.

Hurtado prefiere hablar sobre lo que hizo, para no guardar los sentimientos que lo invaden y lo mortifican. Mientras hace memoria, su voz se entrecorta, su mirada queda perdida en el horizonte y menciona un lugar, una tienda vieja, administrada por dos adultos mayores.  El excombatiente narró que nadie entraba allí porque los productos eran escasos y sabía perfectamente que sus dueños estaban arruinados.

Al ingresar, en tono de alerta les exigió 2 millones de pesos como vacuna, los propietarios no podían pagar porque las ventas eran malas, además, no tenían recursos para surtir la estantería. El tesorero, cuando el adulto mayor le dijo que estaba cansado de tener que pagar, furioso, sacó el arma de sus pantalones y le disparó. El exguerrillero huyó del sitio, dejando a la viuda en el suelo llorando a su esposo.

En su vivienda, agarró un teléfono y llamó al cabecilla Maco quien le pidió que fuera hasta donde estaba y le entregara información de las tropas. Aunque no quería hacerlo le tocaba pues, de lo contrario, su familia sería la perjudicada.

En una maleta pequeña guardó un buzo, unas botas, ropa interior y un pantalón. Se despidió de su esposa quien quedó preocupada en ese entonces y su hijo de 11 años, con rasgos similares: alto, blanco y ojos cafés, le manifestó que temía que nunca lo volviera a ver. 

Estando en el monte, donde se encontraban otras 30 personas con uniformes verdes, gorras, botas y fusiles, lo atendió su patrón quien le pidió que le contara las últimas novedades. Este le comentó que a la región habían llegado otras personas con mucha fortuna, por lo que debían pedirles 20 millones de pesos mensualmente. Maco le reiteró estar atento por si los aguacates -como le dicen a los soldados-, volvían a la zona; finalmente, como era costumbre, le advirtió que si llegaba a traicionarlos lo asesinaría. “Duraba 3 o hasta 4 meses lejos, caminaba a muchos campamentos a entregar datos. Desde pequeño me gustó el sentido de orientación de las FARC, pero desde que se involucró con el narcotráfico, las cosas cambiaron”.

Al reflexionar sobre el daño generado no solo al anciano de la tienda sino a otras personas que asesinó, -no dijo cuántas porque prefiere no hacerlo para evitar ser juzgado-, decidió huir de las FARC. En la madrugada del 20 de octubre del 2008, a las 4 de mañana con su hijo y su esposa, tomaron un colectivo rumbo hacia la capital del país, dejando a un lado su rancho, los muebles y pocos electrodomésticos, “agarramos unos cuantos chiros, no quería que nos mataran, ellos castigan a quienes le pagan mal, pero yo no quería seguir siendo un asesino”.

“En Bogotá fue muy duro empezar. La gente  sabía a lo que me dedicaba y pedí ayuda a la Agencia de Reintegración para evitar caer en la cárcel, sé que hice bastante mal pero solo pido perdón. Como la vida allá fue difícil, me vine a vivir a Neiva y he montado mi propio negocio de comidas rápidas”.

Desde que abandonó las filas de la guerrilla, reemplazó el arma por un palustre en la ciudad, construyó junto a otros desmovilizados la caseta comunal del Progreso, terminó su bachillerato y realizó cursos de panadería, repostería, cárnicos, comida típica nacional e internacional en el SENA, aprendizaje que implementará en su empresa, siempre y cuando no se le cierren las puertas de la sociedad.