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Regional/ Creado el: 2017-06-20 08:19

Huellas del conflicto armado

El karma del regreso a Puerto Torres, el corregimiento del Caquetá más azotado por los paramilitares. Sus habitantes abandonaron el pueblo a mediados del 2000.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | junio 20 de 2017

Guillermo León Sambony
Diario del Huila, Garzón

Sandalio Charo, un hombre cercano a los 80 años, fue uno de los primeros en regresar a Pto. Torres, Belén de los Andaquiés,  tras salir del corregimiento cansado de escuchar los gritos de dolor de las víctimas de los paramilitares que primero eran torturadas  y luego  descuartizadas; acusadas de auxiliar la guerrilla.

«Este era un pueblo sano, donde habitábamos 500 familias que vivíamos de lo que cultivábamos y de las pocas reses que teníamos, pero en medio de la pobreza éramos felices» dice con nostalgia don Sandalio.

A Sandalio, el Frente Sur Andaquiés del Bloque Central Bolívar, de los Paramilitares, le torturó y asesinó un hijo al que sindicaron de ser auxiliar de la guerrilla.

«Ese día sentía un gran dolor y tanta impotencia que decidí irme de Puerto Torres, no aguantaba más escuchar las torturas de la victimas muchas de ellas inocentes  que acosadas por el dolor aceptaban los cargo que les imputaban», agrega Sandalio.

Los paras, se apoderaron de la escuela y de la casa cural para montar su centro de operaciones. En la escuela torturaban y en la casa cural picaban las víctimas.

El Centro de Menoría Histórica a través de la recolección de información de expedientes judiciales, informes forenses, entrevistas con familiares de las víctimas y paramilitares desmovilizados que están vinculados al proceso de Justicia y Paz, reunió todas las piezas de esta triste historia del conflicto armado que tuvo como escenario principal la escuela del pueblo, la cual fue transformada en centro para interrogar a sus víctimas por medio de torturas.

Según un nuevo documento del CNMH «Las autoridades conocieron de estos hechos en agosto de 2002 por medio de un desertor del Frente Sur Andaquíes quien, con el ánimo de vincularse al Programa de Protección de Testigos de la Fiscalía, confesó ante funcionarios del CTI de Florencia,  que sus compañeros de armas llevaban a Puerto Torres a quienes iban a matar con armas de fuego, corto punzantes y contundentes; y una vez asesinados eran  descuartizados y empacados en bolsas de polietileno para enterrarlos. Además, informó que podrían existir 100 cadáveres enterrados en diferentes puntos del poblado.

A raíz de la confesión del informante, en aquel entonces se hicieron las dos primeras diligencias judiciales: en una de ellas se verificó la información suministrada con pruebas técnicas y se hicieron 301 pozos de sondeo durante tres días; y en otra, que se realizó entre el 18 y 28 de octubre de 2002, la comisión judicial, acompañada de tropas del Batallón Juanambú del Ejército, encontró los restos de las 36 víctimas en fosas individuales.

Paradójicamente en la época en que los paras convirtieron en un infierno a Puerto Torres, en el otro costado del municipio en límites con el municipio de Acevedo, en la vereda los Ángeles, llamada Puerto Chuquio, el frente 61 de las Farc, tenía un centro de operaciones, lo que indica que los belemitas vivían entre dos actores del conflicto armado.  

El regreso

De los 500 habitantes de Pto. Torres, que un día no soportaron más las crueles y despiadadas acciones de los paramilitares y huyeron como gitanos para otros municipios de Colombia, solo han regresado once.

Al igual que don Sandalio, doña Laurentina Ascencio, luego de permanecer como desplazada en Bogotá, durante más de 12 años, regresó al pueblo y montó  un tienda de donde  obtiene los recursos para supervivir.

«A  los pocos años de irme, regrese a Pto. Torres, porque quería saber cómo estaba mi casa, mis cositas, mis animalitos  que dejé abandonados cuando tuvimos que salir precipitadamente so pena de que nos mataran».

»Aproveché  una comisión de monjas que venía para acá y llegué con ellas. La gran  sorpresa  fue observar que en la sala de mi casa los paras tenían la armería y las habitaciones las habían convertido en piezas de guacherna y vagabundería. Pensé que nunca más podría recuperar la vivienda que con tanto esfuerzo construí». Hoy Laurentina, vive con su hija y tres familiares más en la casa que un día los paras invadieron.

«Hay noches que no puedo dormir porque las imágenes dantescas y los gritos de las víctimas cuando eran torturadas y picadas no me permiten conciliar el sueño. Sin embargo, confiamos en Dios que esto nunca se vuelva a repetir porque rodar sin rumbo por pueblos y ciudades de Colombia, es algo supremamente doloroso» concluye doña Laurentina.

Entre tanto los once repatriados a Puerto Torres, esperan que el gobierno nacional les  cumpla la promesa de reconstruirles la escuela, la iglesia, la casa cural, el centro de salud y la vía de ingreso al caserío para  que los demás se animen a regresar.