Don Jesús Meneses, 95 años de vida junto al café
Nacido en Pitalito, en octubre de 1920, don Jesús Meneses cumple hoy noventa y cinco años de edad. Único sobreviviente de esa generación de comerciantes cafeteros que le dio a Pitalito el impulso para llegar al lugar que hoy ocupa a nivel nacional. Testigo y artífice de una época
Hay frases que se acuñaron como si fueran verdades universales y que, en muchos casos, las seguimos repitiendo por costumbre. Una es aquella que reza que “todo tiempo pasado fue mejor”. “Depende”, nos dice don Jesús Meneses Tovar, este laboyano que hoy llega a los 95 años de edad, con la memoria completamente lúcida, con la salud intacta y con el ánimo de quien se siente satisfecho luego de casi un siglo de existencia.
“El tiempo pasado fue bueno en muchas cosas, pero yo no creo que haya sido mejor; las incomodidades, la pobreza del campo, la falta de oportunidades, las enfermedades, esas eran cosas con las que uno tenía que vivir y tratar de atajar para poder salir adelante. No había carreteras, todo era lejos, sin luz eléctrica, sin médicos. Era distinto, y sí, la vida era tranquila y lenta, pero era más difícil”.
Y don Jesús quizá tenga razón. Visto desde esa óptica, sin la mirada romántica del campo, claro que las cosas eran duras y muy difíciles. Pero aún con todo, así se formó él, su familia y todos los que vivieron esas épocas, a comienzos de 1900. Hoy sigue vivo, campante y con 95 años de vida.
Pioneros de la comercialización del café
Pitalito ostenta hoy con orgullo uno de los títulos que más reconocimiento le ha dado a nivel nacional: primer productor de café especial en el país. Y uno de los municipios con más producción nacional. Esa es la historia reciente, la que las nuevas generaciones han conocido en los últimos cinco o diez años; la otra, la de los comienzos, es la que hizo don Jesús y un grupo de cafeteros emprendedores por allá comenzando los años sesentas.
No pasaban de cinco. Y él los recuerda así: “Yo trabajaba con Zoilo Barrera, luego abrió Salomón Sierra, Fructuoso y Antonio Figueroa, después, Jesús Tovar; ya todos murieron, solo quedo yo. Esas eran las bodegas y los depósitos. No éramos más. Claro que Pitalito era chiquito, la gente no sabía de cultivar café. Nosotros les fuimos enseñando. Yo les prestaba plata sin cobrarles nada. Tenía un cuadernito viejo y allí mis hijos o yo, íbamos anotando a quien y cuánta plata le habíamos prestado a cada uno. La gente era muy buena, sobretodo honesta; cuando salía la cosecha, nos vendían el café y nos pagaban. Era como un banco para ayudar a los campesinos. Que yo me acuerde, nunca, nadie se robó un peso o se fue sin pagar”.
Era otro tiempo, no hay duda. Y en la memoria de don Jesús permanecen intactos esos recuerdos que dan cuenta de los inicios de lo que, décadas después, habría de convertir a Pitalito en el emporio cafetero que es hoy.
Cafés especiales, escuela del café, modernización
Todo tiene un origen, un comienzo. Cuando hoy vemos las hermosas plantaciones cafetaleras del Valle de Laboyos, es bueno recordar cómo surgieron, quiénes tuvieron la osadía de emprender un proyecto apenas experimentando, quizá equivocándose, pero con la firmeza y la convicción de saber que la tierra, el clima y la voluntad de la gente podría llegar a hacerlo realidad.
Es un orgullo ver la cantidad de fincas que producen café de excelente calidad, no solo para el consumo externo, como ocurría hace unos años, sino también para el consumo local y regional. Y saber que eso es el resultado de unos primeros hombres y mujeres que apostaron por un proyecto en su tierra natal.
“Ahora que veo en las noticias todo lo que pasa con el café de Pitalito, me da alegría y hasta nostalgia de esa época. Ver la tecnificación, la calidad, la importancia que tiene en el país el café de Pitalito. En esos años del comienzo era difícil hablar con la Federación, pensar en un comité o en que un técnico visitara una finca; pero se pudo. Lo hicimos. Y ahí están los resultados”, –agrega don Jesús.
Desde su casa en su Pitalito natal, don Jesús sonríe satisfecho recordando su vida. Rodeado de sus hijos, entre quienes está el escritor Gerardo Meneses, se levanta cada mañana como en sus años de juventud, a regar sus matas, a ver crecer los árboles o a cortar las flores que adornarán los zaguanes y las estancias para recibir las visitas de la gente que aún lo recuerda, y que tiene en él, al único sobreviviente de esos pioneros de la industria cafetera del Valle de Laboyos.
