miércoles, 01 de abril de 2026
Regional/ Creado el: 2015-12-06 03:12

Capilla del malecón, de rezos a bodega

Hace mucho tiempo, los ojos de la mayoría de neivanos se olvidaron del malecón de Neiva. En medio de locales de comidas, viveros coloridos y negocios de artesanías, sobrevive una pequeña estructura que otrora fuera una capilla y que hoy, pese a su poca vida útil, se resiste a desaparecer. Segunda entrega de la serie Rostros urbano.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | diciembre 06 de 2015

María* y Sofía* son dos mujeres que hacen parte de las dieciséis familias que conforman los pequeños restaurantes ubicados en uno de los tramos del malecón del río Magdalena de Neiva. Ambas dicen que venden poco, que les ‘toca muy duro’ y que la competencia, muchas veces, suele ser discriminante. Esto lo dicen porque quieren que la ciudadanía vea que a lo largo del tiempo, pese al abandono de las entidades del municipio con un malecón que en principio se concibió como eje turístico importante de la capital del Huila, hoy brinda poco y se sostiene por la conservación de las propias comunidades que no quieren echar a perder el lugar.

Contiguo a los locales, viveros y caminos de cemento, se encuentra y forma parte importante del malecón una pequeña iglesia, la protagonista de esta historia, parece vivir escondida y su vida útil se resiste a estar confinada en el abandono. Las dos mujeres, que han preferido no revelar sus nombres, dicen que la iglesia está ahí, que los únicos que la han sostenido son las dieciséis familias que se acomodan frente a la puerta de la iglesia y que permanentemente, con recursos propios, la han cuidado. Ambas dicen que no confían en los medios de comunicación porque cada vez que hablan del malecón, se olvidan de quiénes son los que verdaderamente le han puesto empeño a este lugar y, al final, “solo muestran lo feo, el lado de allá que vive lleno de delincuencia e indigentes”.

***

La capilla del malecón del río Magdalena es pequeña. Su fachada y demás paredes conservan pequeñas grietas y fisuras. Una puerta de hierro aprisiona la entrada pero con un suave empujón, muestra su interior. Adentro, solo material en desuso, bicicletas dañadas y muchas sillas de plástico que se atribuyen a los locales que hay afuera. El techo es de madera y parece caerse. La capilla es una bodega. Las dos mujeres que administran dos de los locales, insisten en que nadie debería hablar mal del malecón y sí rescatar las potencialidades humanas y colectivas que se resisten a los “monopolios” que hay allí, como una de ellas menciona.

Afuera de la capilla hay un joven que limpia sillas para comenzar a organizar uno de los negocios. “Ahora la están limpiando, nosotros todos los días hacemos eso, deberían venir y visibilizar otros problemas como el estado del techo, que eso está que se cae, acá nadie le ‘para bolas’ a eso y si no somos nosotros, no es nadie’, manifiesta una de las mujeres que prefiere dar detalles generales para que sus palabras “no puedan ocasionarle problemas” con los dueños y administradores de los negocios aledaños.

“Nosotros luchamos”, dice una de ellas, cuando se le pregunta cómo hacen para sostenerse en un lugar donde hay poca afluencia de personas. A las cerca de dieciséis familias conformadas principalmente por mujeres cabezas de hogar, la capilla les ha servido para organización de eventos y capacitaciones en materia de cooperativismo y procesos de organización colectiva. Utrahuilca, la cooperativa de ahorro del Huila, a través de Fundautrahuilca, les ha permitido abrirse un espacio como grupo organizado. “Nosotros tenemos una cooperativa, se llama Coomacón”, dice la otra mujer.

Pero además de ser concebida como sitio para capacitaciones y pequeños eventos, la capilla que no es lo suficientemente grande para ser una iglesia completamente, ha sido bodega de alcohol y ha intentado convertirse en guarida de artesanos. “Acá intentaron venir unos grupos de artesanos que se hacen en los otros locales de abajo e intentaron tomarse la iglesia, pero nosotros no dejamos, porque también sabemos en qué se puede convertir eso”.

***

Las mismas mujeres y demás personas que diariamente frecuentan el lugar, aseguran que después de construido el malecón, la pequeña construcción fue dividida de tal forma que la entrada de la capilla le quedó a la zona que comprende los dieciséis locales, mientras que la parte trasera, al restaurante contiguo donde, de manera arbitraria, adecuaron baños y privatizaron finalmente la capilla.

“Con esto sí hemos tenido ya varios problemas, pero como le digo, acá tratamos de que esto se conserve, se mantenga bonito, en cada período los políticos dicen que van a hacer algo, y vea, nunca llega. Garaviño, el de Utrahuilca, es como el papá de nosotros, sin las capacitaciones que él nos hace esto hace rato se hubiera acabado”, dice una de las mujeres y añade que efectivamente, la capilla está en un lío jurídico en la Alcaldía de Neiva, precisamente por su fin y utilidad al interior de la comunidad y el mismo malecón.

“Acá hemos llamado a varios padres para que vengan a hacer misas y ¿usted cree que nos ha puesto cuidado?”, dice y añade que han intentado hacer de la pequeña construcción una capilla sin tener resultados positivos. También dice que ese monopolio, del cual también quieren incluir a la capilla, lo tienen personas mucho más “pudientes” que cualquier persona común. “Acá todos sabemos quiénes son pero preferimos callarnos porque no queremos problemas con nadie”, dice.

La pequeña capilla parece hoy la manzana de la discordia. Cuando, en el período de Cielo González Villa fue construido lo que hoy los huilenses conocen como el Parque Longitudinal, la capilla hacía parte de lo que antes se llamaba El Pueblito Huilense y en la memoria de quienes vivieron la época, la pequeña capilla tenía devotos y feligreses. Los tiempos pasaron y hoy, el pequeño lugar resiste los cambios. Muchos añoran nuevamente que el lugar pueda, finalmente, aguardar nuevamente a Dios.