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Regional/ Creado el: 2015-12-03 06:56

Betulia, a sus 81 años, es un ejemplo de alfabetización en el Huila

Ayer, más de 1.000 huilenses, entre ellos jóvenes y adultos mayores, recibieron su certificación del I Ciclo de Alfabetización adelantado en el departamento. Betulia Balaguera, a sus 81 años se convirtió en ejemplo de vida. Esta es su historia.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | diciembre 03 de 2015

Betulia Balaguera de Avellaneda sube a la tarima y llora. Los lentes de las cámaras fotográficas enfocan su rostro. Una lágrima, luego dos, caen. Detrás de las gafas, sus ojos reflejan, además de alegría, una extraña tristeza. Ella, de 81 años, acaba de recibir el certificado de culminación del primer ciclo de alfabetización en el Huila, un logro que casi toda su vida esperó.

Pero Betulia no derrama lágrimas solo por haber obtenido un logro que vio casi imposible. Su condición de discapacidad, al perder uno de sus antebrazos, le limitó la posibilidad de alfabetizarse y emprender otras luchas por sacar adelante sus proyectos de vida. Con ella, otras 1.032 personas obtuvieron la certificación, la mayoría de ellas, adultos mayores entre los 60 y 82 años de edad.

Betulia es el personaje del día. En la tarima, la ministra de Educación, Gina Parody, quien acompaña la entrega de los certificados, la abraza, le dice que todo es posible y que hay que seguir adelante. Pero ella no para de llorar, besa en la mejilla a la funcionaria y le agradece una, dos, tres, hasta cuatro veces. Todos aplauden y Betulia sigue siendo el foco de atención. Susana, la profesora que la acompaña en su proceso de formación, resalta lo especial de Betulia, quien con un solo brazo sostiene su diploma.

En la tarima hay una pizarra y sobre ella, un trozo de cartulina verde que aguarda las letras de Betulia. Ella, en medio de su efusividad y la de todo el público que con júbilo la ovaciona, acepta la invitación de demostrar lo que aprendió en el ciclo de alfabetización. Se arma de valor, da la vuelta, se detiene frente a la pizarra y comienza a escribir su nombre.

Las letras comienzan a cobrar vida. Ella, diestra, tuvo que aprender a utilizar su mano izquierda. Lentamente, su mano que sostiene un marcador negro, y la única herramienta física para forjar sus conocimientos en escritura, fijan su nombre: Betulia Balaguera. Las letras, con una caligrafía adecuada, se muestran como resultado del arduo proceso que ella, estudiante, llevó a cabo.

Más aplausos. ¿Quién es Betulia Balaguera que se roba todas las atenciones y todos los periodistas la quieren entrevistar?

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Su historia de vida la inicia en el lugar de su matrimonio. “Me casé en Paz del Río”, dice. Ella no cree lo que pasa, en el fondo, solo espera salir de allí, con su certificado y un séquito de compañeras, de su misma edad o quizás, un poco menos, para hablar del momento y lo que seguirá en el transcurso del día.

Una de sus amigas dice que detrás de la silla donde está sentada Betulia, hay otra mujer, de su misma edad, que también carga una emotiva historia. Betulia calla y espera. Luego prosigue. “Me casé en Paz del Río”, repite. “Paz del Río queda en Boyacá”. Luego, asegura que nació en el campo, en Algeciras, pero que su padre los trajo, a ella y sus hermanos, a Neiva, por motivos laborales. Entre charla y charla, habla pausado, en medio del barullo del momento y un grupo de jóvenes que comienzan una cumbia en la tarima.

Dice que ingresó al programa de Alfabetización debido a que está incluida en el programa del Adulto Mayor en Neiva. “Estando ahí, llegó Sutanita”, manifiesta, refiriéndose a quien les hizo la invitación a ella y otras compañeras, de hacer parte del proceso, y de la cual ha olvidado su nombre. “Desde allí nos encaminamos”, añade, mientras observa las jóvenes que bailan, y un docente invita a los que siguen en el recinto, a aplaudir la presentación.

Nunca había intentado alfabetizarse. “Por todo el tiempo que llevaba trabajando en uno y otro oficio, nunca me quedó tiempo”, narra Betulia. Ella jamás fue a la escuela, a diferencia de algunos compañeros y compañeras que lograron ingresar a algún aula de clases y llegar hasta tercero o quinto de primaria. “Criando mis hijos y mi familia, solo me dedicaba a eso. Luego, en Neiva comencé a trabajar”, dice.

Betulia no sabe a ciencia cierta por qué, en ningún momento, pudo acceder a la escuela. “Llegué a cero porque a la escuela solo fui un año, pero esos días mi mamá como quedó en dieta por el embarazo, tuve que salirme a acompañarla y seguir con ella y de ahí no pasé”, menciona.

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“Perdí mi mano en un trapiche”, cuenta. Lo dice rápidamente, sin entrar en detalles del suceso, más bien, recordando de manera somera un episodio de su vida, que aun así no le evitó continuar con sus proyectos de vida. “Estaba trabajando, justamente, moliendo la caña para hacer el guarapo”, repite, para dejar claro lo dicho. No tiene claro cuántos años tenía cuando sucedió, pero recuerda que fue en la antigua galería central de Neiva, donde actualmente se encuentra la Plaza Cívica Los Libertadores. “¿Usted es de acá de Neiva?”, pregunta para saber si quien le pregunta sobre su vida guarda en su memoria la historia de Neiva. Así que toma como referencia el lugar donde ocurrió el accidente: “Más o menos en los años 70, cuando la galería funcionaba, haciendo cálculos”.

Después de la pérdida de su mano, pese a lo trascendental del caso, continuó su camino con ayuda de su familia, aunque siguiera sin ingresar a alguna institución que le permitiera aprender a leer y escribir.

Betulia enviudó. La idea de la muerte le aleja las palabras y, a la vez, le llama algunas lágrimas que empieza a derramar. Tuvo tres hijos y al hablar de ellos llora. “Uno de ellos era médico…”, dice llorando. “Era médico, porque se murió”, narra y calla. No quiere hablar pero forja su aliento y resuelve la frase. “Él era el menor, era médico y se me murió ahogado…”, termina por decir. Betulia sigue llorando y una de sus amigas, sentada a su lado, la consuela. Vuelve a estar tranquila. “Hace siete años fue eso”, concluye. De sus otros dos hijos, solo dice que uno de ellos trabaja “con esto de Las Ceibas” y tiene sus hijos acá en Neiva; y el otro reside en Pitalito y trabaja en una empresa que funciona en esa localidad.

“Yo vivo solita”, dice Betulia, y añade que el que está cerca, es decir, el que reside en Neiva, la saluda de vez en cuando y pocas noches se queda con ella en su residencia ubicada en el barrio El Jardín de Neiva. Betulia pronuncia la dirección completa de su residencia: “En la 45 número 6 – 25”. “Yo llevo tres años viviendo sola, uno de mis hijos tiene una finca cerca, entonces, a veces me visita”.

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Betulia dice, concluyendo su relato, que hoy solo recibe un auxilio del programa del Adulto Mayor de la Alcaldía de Neiva, el cual les brinda un auxilio económico de 150 mil pesos cada dos meses. “Eso es lo único que tengo ahora, y algún apoyo que me dan los hijos, pero no es suficiente, hago rendir la platica, porque ¿qué más puedo hacer?”, narra.

Con el proceso de alfabetización, Betulia dice que continuará en el programa del Adulto Mayor, haciendo sus actividades, “yo hago ejercicios y hago parte de las Legiones de María, porque sí soy biena católica, y ahí no más”.

“Ya puedo hacer garrapiños”, dice, sonriendo. “Como le digo a mi profesora, yo no entiendo lo que escribo, ella sí me entiende”, narra y sigue riéndose, esta vez más fuerte. Betulia concluye y se marcha con su diploma y medalla. Se reunirá con sus amigas que la están esperando mientras aguarda otra oportunidad para seguir escribiendo.