Algeciras, del miedo a la esperanza (II Entrega)
El alcalde, Javier Rivera Cortés, tiene como compromiso la construcción de importantes obras para saldar la deuda social con las comunidades afectadas por el conflicto.
Jesús María Cataño
Diario del Huila
Después de la “horrible noche”, estremecida por los bombazos y ya entreabierto el cristal desde donde se ven, en lontananza, las primeras luces de la madrugada, el pueblo, los gremios y el gobierno de Algeciras tienen dos retos importantes para asegurar el olvido, la no repetición y su rehabilitación: borrar el estigma que los convirtió en un grupo social menospreciado y reconstruir su infraestructura.
Los habitantes del interior del país, de las grandes ciudades principalmente, no comprendieron el drama de los campesinos y colonos que en Colombia han vivido en medio del fuego de los actores armados y los estigmatizaron, les pusieron el letrero de guerrilleros y narcotraficantes, sin dimensionar su miedo y su dolor.
Es evidente que los habitantes de Algeciras –y en mayor medida los campesinos de la región- adquirieron una categoría social hacia la cual se generaron respuestas negativas y regularmente defensivas, por su condición de residentes en un escenario del conflicto, escogido por los protagonistas de la violencia, por encima de su voluntad.
Porque, frente a las demandas de los guerrilleros, los campesinos y pobladores de pequeños municipios y caseríos acceden por miedo y muy pocas veces por adhesión ideológica y forzosamente aprenden a convivir con esas fuerzas extrañas.
Pero el drama es más complejo, pues además del estigma social, muchos campesinos y residentes en zonas urbanas influenciadas por los actores armados ilegales, fueron perseguidos por los organismos de seguridad que los asociaron con las actividades de los grupos irregulares. Un raro emparedado, en el que la población civil queda como corcho en remolino, al vaivén de fuerzas ajenas.
Habla el alcalde
Para el alcalde, Javier Rivera Cortés, las tareas más importantes, de cara al posconflicto, son la reivindicación del buen nombre que le pertenece a sus habitantes, la reconstrucción de la infraestructura y la pedagogía de la convivencia.
-Sus paisajes de verdes casi negros y sus perspectivas infinitas desde las montañas, se transformaron en accidentados senderos del mal por causa del accionar de los violentos y por el eco que sus hechos tuvieron en los medios de comunicación. Y sus habitantes, irrespetados en su dolor y en su angustia, dijo el funcionario.
De la mano con el restablecimiento del buen nombre, el Gobierno local inició las tareas de reconstrucción de su infraestructura, agrietada severamente por las sucesivas incursiones y hostigamientos de la guerrilla, a tiempo que elevó un petitorio a los gobiernos departamental y nacional para que le den a su municipio el tratamiento que le permita acelerar su rehabilitación y adecuación a las necesidades de su desarrollo. Para que dentro de las políticas del posconflicto se produzca un verdadero resarcimiento, una mínima compensación de los daños materiales y de los agravios.
Durante las discusiones del plan de desarrollo del departamento, el alcalde Rivera les dijo a los asistentes a un foro sobre el tema, que “Algeciras sueña con la paz y las expectativas son grandes en materia de vivienda, agua potable, educación, vías, infraestructura y educación. Ya es hora de pasar de los discursos a las acciones, como homenaje a las 1.802 víctimas que, según las estadísticas, le dejó la violencia a esta población”, dijo en tono vehemente el mandatario ante el gobernador, diputados, concejales y dirigentes políticos reunidos a propósito de la configuración del plan de desarrollo departamental.
Educación
A pesar de la vocación eminentemente agropecuaria del municipio, de las cinco instituciones educativas de su jurisdicción, solo una tiene énfasis en los temas agrarios y en consecuencia, se le solicitó a la secretaria de educación, María del Carmen Jiménez, adelantar los estudios respectivos para modificar las contenidos de algunas instituciones, especialmente las de los centros poblados de El Paraíso, La Arcadia, El Toro y sus sedes. Del mismo modo, se han presentado propuestas para la ampliación de las plantas físicas, la adecuación de salas de sistemas, laboratorios y artísticas.
Desarrollo social
El Gobierno Local también le pidió al departamental y al nacional, recursos para la construcción de un nuevo albergue para las personas de la tercera edad porque, sostuvo, “los abuelos no solo necesitan un plato de comida sino también condiciones dignas para pasar sus últimos días. Es un gesto de gratitud con quienes están en el ocaso, en la hora vespertina de sus vidas”.
Asimismo, en Algeciras existen muchas personas en condición de discapacidad física y psicológica por causa de la violencia, y es urgente la construcción de un centro especializado para su atención y para la recepción de los reinsertados.
Sus dos fuentes hídricas más importantes, los ríos Neiva y Blanco, que le dan al paisaje un aspecto de acuarela, cuyas aguas rumorosas suenan como una sinfonía permanente para los campesinos de las laderas, son contaminadas constantemente por la recepción de las aguas servidas del casco urbano y algunas veredas.
También es urgente la disposición de recursos para la compra de predios situados en los contornos de los nacimientos de agua con el fin de protegerlos con labores de reforestación y conservación.
Es muy larga la lista de necesidades materiales insatisfechas e inaplazables que tiene el municipio, pero un aspecto muy importante es la pedagogía de la paz y la comprensión de la cultura del conflicto como los elementos, prácticas y formalismos que producen un patrón de conflictividad que, por repetición y duración, crean un estilo de vida.
Besado por los labios de la violencia durante muchos años, el municipio de Algeciras ve abrirse ante sí las puertas de la paz y el desarrollo, pero el alto gobierno tiene la responsabilidad de garantizarles a sus moradores que tales puertas sean efectivamente el ingreso al olvido y al progreso.
Porque, personalmente lo palpé, la gente tiene una sensación extraña, un sentimiento combinado de susto, por el fantasma retrospectivo de la violencia, y de incertidumbre por un futuro que no se aclara.
