Aciagos días de la violencia en Campoalegre
Era inconcebible la cizaña y la virulenta semilla del odio inculcada por jerarcas políticos de poderosas influencias económicas, caciques y gamonales a una clase pobre que luchaba por un trapo rojo y un trapo azul sin justificación valedera pero es que un gobierno tirano se nutre de la ignorancia de un pueblo.
SILVIO CABRERA QUINTERO
Especial para Diario del Huila
Incertidumbre y zozobra se constituían en el común denominador producto de la violencia en la Plaza Roja del Huila en la década de los 40 pero específicamente en el año 1946, dos años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, los lugareños debían recogerse a las seis de la tarde, son algunos de los funestos hechos todavía inéditos.
Desde Santa Fe de Bogotá se irradiaban furibundos odios partidistas para acabar con los liberales por “ateos y comunistas”, eran enemigos de “Dios y de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana”, por ende la tradición conservadora no permitía la renovación y el cambio en las costumbres de vida.
En el pueblo, las autoridades la integraban en su orden el cura y el alcalde, en aquella nefasta época godos de la caverna, y allí en Campoalegre con casas blancas de bahareque, adobe, teja de barro y palmicha con palmeras en todos los solares, parecía un pesebre, aparentemente reflejaba un ambiente de paz y armonía pero ignominiosamente, el señalamiento, la persecución, y la cárcel de reconocidos liberales los lanzaban amarrados al río Magdalena en el puente Santander en Neiva, rondaba un ambiente de pesadumbre en los hogares rojos.
El Tribuno del pueblo
El 9 de abril se levantó abruptamente el Partido Liberal que con virulencia apasionada lanzó un grito iracundo incitando a la violencia y el caos por el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán a quien se conocía como “el Tribuno del pueblo” (9 de abril de 1948) porque en sus ideales y fogosos discursos tanto en el parlamento colombiano como en la plaza pública siempre se manifestaba como el defensor del proletariado y declarado enemigo de la “oligarquía” y de los gringos explotadores que sometían a los gobiernos de turno. Los “jefes” conservadores huyeron al exterior.
Al deponer su aspiración el candidato liberal a la Presidencia de la República Darío Echandía (“el poder para qué”) en el año de 1950, ascendió al poder sin oposición alguna Laureano Gómez, conservador ilustre de camándula y Biblia debajo del brazo, reforzó sus fuerzas armadas con la creación de la policía “chulavita”, elementos adiestrados para matar “collarejos” o “cachiporros”, así los denominaba despectivamente a los rojos y estos bárbaros uniformados recibían ascensos según la cantidad de orejas, dedos y ojos que presentaran a sus superiores producto de sus criminales andanzas. Los “jefes” liberales huyeron del país.
En Campoalegre, es de ingrata recordación el alcalde en el año 50 del siglo pasado, Rozo Octavo y el cabo de la policía Oriol Sierra Guevara, hombres de la caverna, fanáticos políticos de enceguecida filiación azul, quienes no permitían reuniones de liberales en pequeños grupos de cuatro o cinco que concurrían en un lugar público para leer y comentar las últimas incidencias noticiosas del diario El Tiempo, la policía los disolvía y les incautaba el periódico porque era un pasquín “comunista”. Habitualmente se juntaban en la oficina de Cootranshuila, ubicada en el costado sur del parque principal, hoy residencia de Ómar Valdez, Arcadio Victoria, Abraham Cabrera, Julio C. Losada, Darío Puentes, Arbeláez Gutiérrez, Rosendo Puentes y otros.
Apresados sin justa causa
En horas de noches tenebrosas zumbaban las balas que disparaba desde las esquinas la policía chulavita sobre las fachadas de las casas de los reconocidos liberales que eran fichados y señalados por los godos que trabajaban al servicio del municipio, hoy en día odiados por el pueblo, se recuerda a Dagoberto Rojas el parquero, Víctor y Chucho los volqueteros quienes iban con toda clase de falsas informaciones para granjearse la amistad del alcalde y así sindicaban a algunos liberales. Esas personas señaladas eran recogidas y lanzadas amarradas al puente Santander en Neiva.
En una ocasión apresaron sin justa causa a Gregorio Munares, liberal propietario de una tienda de grano y su esposa Cándida Durán fabricaba el más delicioso pan que incluso la gente de Neiva compraba, pero sin que se escuchara ningún reclamo del detenido fue subido a una volqueta y gracias a que Rafael Azuero, habitual comprador de pan de doña Cándida esposa de Gregorio, se enteró por súplicas de esta señora y cuando ya estaban a punto de ser lanzados al río Magdalena, llegó la orden de Azuelo, quien era una autoridad política, para que se suspendiera el procedimiento y se respetara la vida y fue así como Gregorio se salvó de una muerte inminente pero otros liberales ya había sido víctimas del siniestro escuadrón policivo.
Rafael Pérez, liberal intrépido, padre del exalcalde Álvaro Pérez Castro, fue asesinado por la policía al negarse a una requisa, enfrentó a puño a tres pero el cuarto le disparó a quemarropa en pleno centro del poblado.
Abraham Cabrera Serrezuela, empleado público y viejo tinterillo, se vio obligado a empeñarse como mayordomo con su familia en las fincas La Albania y Villa Esther, hoy parceladas por el Incora para evitar ser asesinado.
Era inconcebible la cizaña y la virulenta semilla del odio inculcada por jerarcas políticos de poderosas influencias económicas, caciques y gamonales a una clase pobre que luchaba por un trapo rojo y un trapo azul sin justificación valedera pero es que un gobierno tirano se nutre de la ignorancia de un pueblo. Hoy todavía existen residuos de la mala hora. Los personajes aquí citados ninguno sobrevive para contarlo.
