Meremberg, el legado alemán en el Huila
Esta reserva natural fue fundada en 1945 por los esposos alemanes Kohlsdorf, quienes aunque ya no estén, se dice que continúan defendiendo su territorio.
Los huilenses cuentan con el legado y sacrificio de una familia alemana cuyo amor por la naturaleza tuvo como fruto la creación de la primera reserva natural de la sociedad civil de Colombia: Meremberg.
Diario del Huila reproduce la entrevista que ‘Occidente 30’ días hizo a Zvanchild Buch Kohlsdorf, quien heredó el trabajo de su padre y abuelos, y continúa con la protección de esta maravilla natural.
Primeros pasos
La historia de Meremberg se remonta a finales del año 1929, cuando el emigrante alemán Karl (o Carlos) Kohlsdorf, mi abuelo, quien estuvo vinculado como docente en la Universidad Nacional de Bogotá, dictando la cátedra sobre el cultivo de cacao, fue encomendado a emprender viajes de exploración para el trazado de la carretera entre La Plata, Huila y Popayán, Cauca.
Acompañado de un peón, y machete en mano, se abrió paso subiendo por la ribera del río La Plata, penetrando en las selvas vírgenes, donde, por ese entonces, no habitaba ser humano alguno, el doctor Kohlsdorf quedó fascinado con el paisaje y la vegetación de esta región, y junto con otros alemanes, decidió adquirir terrenos baldíos mediante escritura pública, buscando un lugar para vivir en paz y establecer su familia.
Su ideal, desde un comienzo, fue intercalar bosques y potreros, conservando fragmentos de bosques intactos e interconectados, sobre todo en las laderas más pendientes, preservando las fuentes de agua, buscando un equilibrio entre los procesos productivos y los naturales. Además de conservar una reserva de bosques para el futuro; esta era una estrategia vital para el control biológico de enfermedades.
Recorridos
En el año 1932 llegaron doña Elfriede, su esposa y sus dos hijos, Matilda, mi madre, de 12 años y Helmut, mi tío, de 10 años. Arribaron tras emprender un largo viaje en barco desde Alemania hasta Buenaventura, de ahí en ferrocarril hasta Neiva, después a lomo de mula y caballo por Puertoseco, La Plata, hasta Meremberg.
En su travesía por la montaña, tuvieron que cruzar el río La Plata por un vado, pero pronto, mi abuelo construyó el primer puente en madera en el punto de Savaneta (hoy, Gallego).
Actualmente, aún se observa el viejo camino de descenso al lado norte del actual puente de la carretera. En Gallego, junto al río, construyeron un albergue, donde pasaron la noche muchas veces don Carlos y su familia, en esas largas jornadas a caballo, con el fin de comprar víveres cada dos semanas en La Plata.
Eran dos días de ida y dos días de regreso. Con la ayuda de los alemanes se fundó la primera escuela en Savaneta. Ellos mismos pagaban el sueldo del profesor y conseguían el equipo y los utensilios de enseñanza.
Siguieron duros años de adecuación de tierras para la familia. El cultivo de papa fracasó por la humedad existente, pero con abnegación y espíritu de pioneros, paulatinamente lograron sembrar pastos y crear potreros para ganado vacuno, equino y bovino.
Tiempos de guerra
En el año 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial con consecuencias para ciudadanos alemanes en Colombia. Se dio la oportunidad a jóvenes alemanas en el exterior, de regresar a su patria sin costo alguno. Mis abuelos aprovecharon este ofrecimiento para que Matilda, mi madre retornara a Alemania para someterse a un tratamiento médico, debido a que su visión cada día era más deficiente.
Pero infortunadamente, tampoco en Alemania lograron que recuperara la visión, quedó ciega de un ojo y con poca visión en el otro.
El doctor Carlos Kolsdorf murió agotado en septiembre del año 1945. Su viuda quedó sola al frente de la finca, y gracias a la construcción de la carretera La Plata - Popayán, logró subsistir durante tres años, vendiendo comida a los contratistas, hasta el retorno de su hija Matilda en 1948, quién llegó de Alemania con su esposo Günther Buch.
Nuevo comienzo
Desde un principio, Günther se enfrentó al conflicto de elegir entre el legado de su suegro de conservar las riquezas de Meremberg y la zona, o dejar que se diera curso a la pretensión de los colonos de acabar con los bosques de allí.
Matilda y Günther tuvieron tres hijos Dietlind, Gerfried y Zvanchild. Nacimos en un hogar modesto donde nuestros amigos eran los animales y la naturaleza. Aprendimos a conocer los sonidos de la naturaleza, a escuchar los murmullos del bosque, que nos transportaban a un mundo mágico.
Amo ese sentimiento, amo el viento frío y la lluvia sobre mis mejillas, las noches estrelladas con su vía láctea, correr descalza sobre los prados y escuchar el caer de una hoja, ver volar una bandada de aves, escuchar la música de los monos aulladores, cabalgar libremente sobre el lomo de un caballo, y uno de mis más bellos recuerdos, ver jugar a los venados con los terneros en los potreros. En fin, todo esto despertó en mí una sensibilidad única.
Gracias a la ayuda de la colonia alemana en Cali, asistimos mis hermanos y yo, al Colegio Alemán, fuimos entregados a diferentes familias, siendo acogidos con mucho cariño por ellas. Para nosotros, no fue fácil alejarnos de nuestro paraíso verde para educarnos.
Durante mi ingenua adolescencia, la vida me dio el primer gran golpe. El 3 de marzo de 1975 recibí una llamada de mi padre, avisándome que mi madre había sido asesinada el día anterior. Cuando llegué a Meremberg, en un momento sentí que las agujas del reloj se detuvieron, todo en mí se destrozó, no entendía nada, sin embargo, con dolor, también me di cuenta, de que la vida a mi alrededor continuaba su cauce. En ese momento, comprendí que unos perdigones no iban a silenciar su voz, e internamente asumí la responsabilidad de proteger la biodiversidad.
Hoy, reafirmo el anhelo de cumplir ese sueño, que no sólo es conservar mi relicto, sino convertirlo en un gran centro de investigación. El contacto con la naturaleza es la principal fuente de conocimiento.
El inexorable curso del tiempo
Tras la turbulencia política de los años 90 que aquí conocemos, fuimos desplazados como muchos otros campesinos colombianos. En los años 90’s, mi padre, ya cansado, enfermo, decepcionado y con el presentimiento de épocas venideras aún más difíciles, por situaciones que se estaban gestando en el acontecer político y social de aquel entonces, decidió regresar a Alemania, en busca también, de una reconciliación con su patria.
No obstante, se fue con la satisfacción de haber dejado una semilla de profundo respeto, admiración y compromiso.
Yo me quedé en Colombia ¡Establecí mi familia fuera del Huila con sus retos implícitos y desafiantes! Sin embargo, mi corazón y mi mente siempre estuvieron y están en Meremberg. Como en el resto de Colombia, nuestra región, tampoco estuvo ajena a los problemas de orden público a causa del conflicto armado, y junto a mi familia y trabajadores de la reserva, sorteamos situaciones muy difíciles, para no dejar que esta gran obra se redujera a añicos.
La cuarta generación
Hoy día, en calidad de copropietaria y representante de la primera reserva natural de la sociedad civil del país, soy líder y mensajera, no sólo de los sueños de mis abuelos y padres, cuyos cuerpos yacen en el cementerio familiar en la finca, cuyos espíritus y almas son nuestra guía y ángel guardián, sino también de un gran esfuerzo y sacrificio en pro de la conservación de los recursos naturales de este importante ecosistema estratégico de la zona.
Mi sentir y anhelo es que todos aunemos esfuerzos para que esta cuarta generación que atraviesa momentos históricos de paz, conciliación y reconciliación en Colombia, continúe con el legado.
