viernes, 13 de febrero de 2026
Especiales/ Creado el: 2019-04-17 02:32

Leyendas de iglesias que resisten al paso del tiempo y que no debemos dejar ‘arder’ en el olvido

Un Cristo al que le cree el cabello y un famoso pintor de cuadros sagrados que se volvió loco; templos consumidos por el fuego, entre otros relatos de santuarios nacionales de atmósfera vetusta y añoranza colonial. I Parte

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 17 de 2019

Por: Jorge Eric Palacino Zamora

Fotos: Diego Téllez

La ciudad despierta tímidamente bajo su eterna y acuosa membrana. A las siete de la mañana nos espera Andrés González, historiador local, quien durante treinta años ha recorrido y develado los encantos secretos del centro de Bogotá: conoce los vericuetos para moverse con seguridad en la zona, y atesora datos sorprendentes de las emblemáticas iglesias de la Bogotá Colonial.

El recorrido se prevé prometedor. González ha frecuentado todos los templos del centro, en repetidas ocasiones, y se ha ofrecido como guía en este intento por redescubrir la simbología que cuenta fantásticos episodios de la vida de la capital de Colombia.

Señales y códigos, relatos en torno a la religiosidad popular, de cristos, vírgenes y santos milagrosos, en medio de una alucinante fusión de estilos arquitectónicos, un recorrido por las iglesias que han sobrevivido a los años, a incendios y persecuciones, historias ocultas, non sanctas, protagonizadas por miembros de la realeza, religiosas en fuga de conventos, falsos monjes, artistas proscritos, con el entorno de la pacata ciudad colonial.

A la particular expedición se ha unido Diego Téllez, fotógrafo colombiano especializado en naturaleza y arquitectura, que está decidido a congelar con su poderosa cámara Nikon D- 850, el esplendor de un pasado que se resiste a desaparecer.

La carrera séptima con calle trece, es quizá una de las coordenadas con más historia de Colombia: muy cerca se desató el Bogotazo, episodio que marcó a la urbe con la muerte del célebre Jorge Eliécer Gaitán, y la revuelta que causó muerte y destrucción.

Esta esquina, reúne los sonidos e imágenes recurrentes en el centro bogotano; con sus vendedores de libros y pelis piratas, réplicas de zapatillas de todas las marcas, camisetas del club de fútbol Los Millonarios y del Barca, pomadas de marihuana para músculos trabados y antenas que prometen llevarte gratis la tele 4k a casa, entre otros bálsamos poderosos y trebejos domésticos, que incontables, se atiborran sobre los adoquines de esta caótica galería callejera.

San Francisco

La primera parada es la Iglesia de San Francisco de Asís. Ha empezado a llover, el dueño del puesto de sombrillas se entusiasma, los demás vendedores recogen sus mercancías en un revuelo de cosas que, a las carreras, se guardan en fundas,  costales y viejas maletas hinchadas como panzas de burro.

Ingresamos de carrera al famoso templo fundado en 1595, de acuerdo con la inscripción grabada en la placa de la entrada, que luce barnizada por la lluvia.

“Aquí vive una pequeña imagen del Señor Jesucristo a la que le crece el cabello”, sentencia una doña que vende estampitas del crucificado a la entrada del templo. El sagrado recinto en semipenumbra y bañado tibiamente por la luz dorada que rebota del altar mayor, desde el presbiterio profusamente decorado, y cubierto de imágenes de santos y mártires, nos pone en guardia con la solemnidad y el pasado de dichos aposentos.

El profesor González agrega que la presencia de relatos extraordinarios de revelaciones y milagros trasciende a instancias de la tradición oral heredada por siglos entre los feligreses, y hacen parte de la visita a iglesias y templos bogotanos, señala que “cuentan de una vida distinta, cuando a la calle real se llegaba en carruajes tirados por caballos, y se entraba de rodillas a la iglesia”.

Ahora solo se ven deportistas en bicicleta, y skaters que improvisan acrobacias en la convulsionada Carrera Séptima.

Un lustrabotas que se persigna al ingreso, deja en el ambiente su penetrante traza de olor a betún, y se arrodilla frente a una figura del nazareno que se exhibe en una urna de cristal de unos treinta centímetros. Tiene una cabellera que se ve muy natural y le llega a la cadera:

“Yo llevo veinte años viniendo a esta iglesia y eso de que le crece el pelo a Cristo es un mito, se lo digo yo que soy devoto del Señor de la Agonía. Ahora lo que sí le puedo decir es que a mí me ha hecho milagros, especialmente con mi salud”.

El testimonio pertenece a don Carlos Velandia, quien se presenta como embellecedor de calzado y nos aterriza frente a las versiones del crecimiento del pelo. “Aquí hasta el aire huele a viejo”, sentencia Velandia mientras se pierde en medio de la feligresía bajo la tenue luz, el aroma a incienso y las refulgencias procedentes del pan de oro que cubre las figuras religiosas.

Muros, capiteles y capillas están decoradas con la impronta barroca. El presbiterio, profundo y con figuras que sobresalen de los muros, así como la armadura, de estilo mudéjar, son los espacios más sobresalientes.

La preciosa voz del barítono que acompaña la misa, y los acordes del órgano de tubos, enmarcan ese periplo de los años de la Colonia, cuando los franciscanos fundaron este templo que es ícono de la ciudad.

Entre las imágenes de santos y cuadros bíblicos, se destacan las pinturas del artista de la Nueva Granada, Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, el más representativo de la época colonial.

Manuel Bermúdez, en la franja de los veinte años, flaco, con rastros de trasnocho en sus ojos, y quien adelanta su tesis de grado de arquitectura sobre los estilos del pasado que persisten en la capital, se acerca para entregar su aporte: refiere que el cuadro más importante es El Juicio Final, situado en la nave derecha del templo, al tiempo que recuerda la colorida historia del pintor de marras.

El hecho, que habría ocasionado el ocaso de su carrera como pintor preferido por los altas jerarcas del Estado y de la Iglesia, tiene tintes novelescos, comunes con la novela el Monje de Matthew G. Lewis (1796), y da cuenta de la participación de Vásquez de Arce y Ceballos como confidente y cómplice del oidor don Bernardino Ángel de Isunza y Eguiluz, quien en un momento de desespero decide sacar del convento de Santa Clara a su amada doña María Teresa de Orgaz para darse a la fuga.

Vásquez de Arce y Ceballos habría tenido un papel clave, primero como mensajero entre la joven y el representante de la Colonia española, en razón a su condición de pintor, de los sitios religiosos y la aunada posibilidad de ingresar y salir constantemente del claustro.

Igualmente fue señalado de haber facilitado la fuga de los enamorados, por lo que él también tuvo que escapar. El profe González, aplicado investigador de la ciudad, va más lejos y refiere que Arce se refugió en Monguí, pequeña población del departamento de Boyacá, donde realizó algunas pinturas simulando ser un monje anónimo con facultades para el dibujo.

“Su perdición fue haber firmado uno de los cuadros, porque así fue como lo identificaron, lo llevaron a Santa Fe para el juicio, y finalmente, en medio de tanta persecución, cayó enfermo de problemas mentales hasta que falleció en 1711”.

Aunque la versión pareciera producto de la fantasía, tiene respaldo bibliográfico, entre los que vale mencionar la obra de Gregorio, la biografía de mayor rigor histórico del también pintor Roberto Pizano, considerada en los círculos del arte, y la historia de Bogotá como el libro más importante sobre Arce y Ceballos.

Las Nieves

Basta caminar cuatro cuadras desde la Carrera 7° con calle 19, para encontrar una joya de la arquitectura capitalina, con evocaciones de oriente, por su influencia bizantina. La placa conmemorativa, que se encuentra a la entrada, indica que la primera ermita levantada en el lugar se remonta a 1585, construcción que sucumbió a un incendio de 1594 por lo que estuvo reconstruida sobre 1643 para recibir a la feligresía hasta 1917, cuando nuevamente terminó en ruinas, en esa oportunidad, por la afectación que dejó el famoso terremoto que por aquellas calendas vivió Bogotá.

Con estos antecedentes de devastación, ingresamos a la actual edificación, inaugurada en 1923. En la calle ha quedado el olor acre del orín, que esta mañana cubre los basamentos de la imponente edificación. Antes de las diez de la mañana, hora de la primera celebración, los visitantes se detienen frente a los vitrales.

La luz filtrada por el color de los cristales, se descompone al interior del templo dando especiales proporciones al mobiliario, a la imagen de bla Virgen de las Nieves, y aportan una sensación de intimidad.

Según las anotaciones del buen Manuel Bermúdez, y que tienen respaldo en las guías de santuarios que se venden al frente, en la emblemática plaza del mismo nombre, los vitrales de los santos Pedro, Simón y Santiago el menor, son obra del vitralista español Mario de Ayala Moya.

La especial atmósfera, vestida por los aromas del incensario que uno de los acólitos mece en movimiento pendular desde el altar mayor, enmarcan un momento de contemplación del aporticado de medio punto de las naves del templo, de las pinturas de la última cena y el fabuloso órgano situado en el coro.