Por un tubo directo a la rejas
Esta es la historia de un joven que en un momento de locura y por falta de oportunidades cometió un grave error, el cual muy difícilmente olvidará durante el resto de su vida.
Hoy mira el cielo a través de unas rejas, como si tratara de escudriñar en las nubes que se escapan un nombre o un momento que le permitan huir del encierro, castigo estéril de una madre llamada justicia. Es un hombre humilde en demasía, que ha vivido la pobreza ricamente en sus penas y alegrías. Ariel es un joven de actitud y miradas profundas, en las cuales se observan, a simple vista, que se entretejen muchas ideas; es también amigable y recochero en exceso, y a sus escasos 22 años, se puede vislumbrar que ha vivido cosas duras y amargas, pero también cosas agradables y de valor, que han hecho de él un buen ser humano.
Su familia es de origen humilde y campesino, que a mediados de los 90 se radicaron en un barrio al oriente de la ciudad. Su madre es proveniente de Popayán y su padre de Belarcazar, Cauca. Su hogar, una improvisada casita con una puerta de madera, la cual se asemeja a las viviendas de antaño que se podían ver en los humildes municipios del Huila. Aunque don Fernando, el padre del joven, tenga una casa en el norte de la ciudad que está en mejores condiciones pero que se encuentra en arrendamiento, argumenta que es la piedra angular de la economía de su familia y que por esta razón no viven allí. El negocio de su familia se basa en la construcción, arte que don Fernando aprendió desde muy joven y que ha querido heredar a su hijo sin conseguir mucho, dado que a este no le interesa en lo más mínimo, aunque es un ayudante práctico para su padre. “En este oficio, dice don Fernando, puede ser bueno lo que se gana pero poco lo que se ve… me gusta la polita en abundancia y después de tanto agotamiento la tranquilidad se deja consentir con unas cervecitas”.
Más que un hijo don Fernando considera a Ariel como a su amigo, un confidente que está dispuesto a escucharlo en cualquier momento, compartiendo en instantes de ebriedad o de trabajo, sus respectivos anhelos y angustias.
“Yo podría decir al hablar de Ariel, mi amigo, lo que ellos nunca se preguntaron, el tono amable de su voz que roba sonrisas al más indignado con la vida, los juegos que prefiere, su gusto por coleccionar pequeñas cosas de lugares lejanos para sorprender a sus amigos, cuando ellos ya hayan olvidado que se vivió felizmente; todo lo bueno como ser humano se lo debo a él, nunca anda con el ceño fruncido y si lo hace te das cuenta inmediatamente que no sabes qué has hecho para merecer un amigo como él, se puede ser sincero todo el tiempo y te sientes mal cuando no lo eres al estar bajo su mirada”, cuenta Germán su amigo entrañable, que conociera desde muy pequeño y que no puede comprender el presente de su amigo. Cada vez que lo visita en la cárcel no se puede explicar cómo él se encuentra en medio de tanta escoria, indefenso y tentado a perder por el castigo, la depresión y la falta de libertad, el ser humano al que considera su hermano, así no lleve su sangre.
Ese miércoles Ariel decidió no acompañar a su padre a las labores diarias y quedarse haciendo locha en su casa, cosa que causaba mucho desagrado a don Fernando y que le reprochaba constantemente. En un arranque de estolidez y después de una corta conversación con unos pelados del barrio, decidieron hacer lo impensable: cruzar el rio y reclamar, como ellos lo manifestaron, su justa herencia. Eran aproximadamente las 11 a. m., cuando Ariel y sus acompañantes, dos menores de edad, penetraban la zona petrolera. Traían consigo un segueta y a futuro contaban con 30 mil pesos que iban a recibir posiblemente por los tubos obsoletos y fuera de uso, que pensaban cortar en la verdes montañas, ricas en petróleo que retienen el avance de la ciudad por el oriente.
Cuenta Ariel desde la cárcel de Rivera que apenas habían llegado al lugar fijado, cuando escucharon la cuatrimoto del supervisor acercarse y que, como cazadores furtivos decidieron esconderse en medio de la maleza. Pasado el peligro volvieron las sorpresas, no había transcurrido mucho tiempo, el tubo no cedía, la segueta no parecía apta para tal oficio y ellos empezaban a perder la paciencia y la tranquilidad. De un momento a otro, vieron con estupor militares acercarse de todas las direcciones. Fueron capturados y llevados a una base militar. Toda la responsabilidad cayó en las espaldas de Ariel, puesto que se encontraba con dos menores y por lo tanto él era el autor intelectual del robo. Dice Ariel: “yo les dije que era una persona de bien, que estaba estudiando y que además era el representante de mi curso. Ellos no me escucharon y a las 6 p. m. ya me encontraba en la URI de la ciudad de Neiva, al otro día me trasladaron para acá y aun no me lo creo”
Doña Verenice, su madre, fue la primera en darse cuenta del solecismo de su hijo, angustiada llamó a su marido informándole que Ariel había sido capturado y que se le habían imputado los delitos de corrupción de menores, hurto agravado y concierto para delinquir, y que la petrolera lo había demandado por 47 millones de pesos que supuestamente era el monto de lo que ellos pensaban robarse.
Ariel ha sido siempre un joven reflexivo, alguien que aprende de los errores de los demás, y quien hace de los suyos simples risotadas. Su barrio es la última vanguardia de la pobreza en ese extremo de la ciudad. Es una paradoja y él lo sabe, lo ha manifestado a sus amigos cuando visitan su humilde morada, “bienvenidos a mi mansión… vean esos machines y las torres, son de mi chucho, las compró; en estos días manda a pavimentar las carreteras… debe ser así, estas son las tierras más ricas”. La ley ha clavado con rigurosidad todos sus dientes en una víctima más de la falta de oportunidades de las clases desfavorecidas. Es un oxímoron esta tragedia familiar; por un lado del rio está el oro negro en las verdes montañas, y del otro margen, está la mancha aún más negra que ha dejado la inequidad en las inextricables calles de barro y piedra, donde amó, rio y caminó el joven Ariel, que ya no está.
