sábado, 21 de febrero de 2026
Judicial/ Creado el: 2015-09-13 12:25

El secuestrado que le hizo llegar una carta a la mamá de su hijo guerrillero

Un relato de reconciliación que cuenta como una relación que inició tensa, pues era la de un retenido por las FARC y su retenido, terminó con un acto bello, de humanidad. A pesar de la infamia del cautiverio, se construyó una “amistad” entre el custodio y su prisionero.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | septiembre 13 de 2015

No se sabía realmente quién era el apresado. La angustia de estar tanto tiempo en el monte lo hacía tan prisionero como aquel a quien custodiaba. Carlos*, un subversivo que decidió irse voluntariamente a la insurgencia, sus superiores lo enviaron junto a otros dos, a prestarle custodia a Ramiro*, mientras su familia buscaba el dinero para pagar la ‘vacuna’. Los tres hacían parte del frente 13 que tiene presencia en la zona que limita entre los departamentos Huila y Cauca. Allí permaneció Ramiro* retenido, desde el 16 de octubre al 7 de noviembre de 2010, tiempo en el que hizo confianza con su custodio.

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“Yo ya había sido secuestrado en el año 1991. En esa época, me habían tenido encadenado a un árbol, en condiciones totalmente deplorables, con falta de alimentación y otras dificultades. Sin embargo, en esta ocasión que también fui retenido, tuve la suerte de contar con unos muchachos del frente que me cuidaban, fueron muy buenas personas. Me dieron un buen trato, una buena alimentación. Nunca me amarraron. Se creó una gran confianza con ellos”, contó.

Una amistad enlazada con una carta

Pero la mayor confianza, según su relato, la hizo con un muchacho de 23 años de edad, quien estaba en la guerrilla desde los 14. “Llevaba muchos años de no ver a su familia. Andaba muy enguayabado y se sentía aburrido en la organización. Él me hablaba mucho de Ofelia*, su señora madre. Decía que la amaba mucho, pero que le tocó irse. Yo le dije que le escribiera una carta y que cuando me fuera del secuestro yo mismo me encargaría de entregársela”, relató Ramiro*.

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Sin embargo, el guerrillero, el hijo de Ofelia*, le dijo que no confiaba en él. Sería para el alzado en armas muy inseguro, pues confiarle tal información personal a alguien que había sido retenido, por el grupo armado en el que él militaba contra su voluntad, sería algo muy peligroso para su señora madre. Pero algo en Carlos* lo hizo confiar en Ramiro*, por lo que emprendió su escritura. “Créame a mí que yo no le diré nada a nadie y el mensaje llegará a su mamá”, le comentó el secuestrado a su secuestrador. Y así fue…

Mala ortografía, mucho corazón

Con suma dificultad el hombre, de donde pudo, consiguió un lápiz (ni siquiera bolígrafo) y un cuaderno con hojas blancas para tratar de expresar con poco dominio de caligrafía y de ortografía, lo mucho que deseaba saber de su estado. Y es que desde hacía nueve años que no escribía un párrafo. “Eso escribía, por ejemplo ‘amor’ y me decía que si era con hache o sin hache. O escribía ‘arroz’ con ese, pero yo no le dije nada, lo importante era que la escribiera con mucho corazón”, dijo Ramiro*.

La carta fue algo larga, pero no tanto para Carlos*. A decir verdad, cuenta Ramiro*, dentro de esas palabras había un hombre que, fuera del contexto de guerra por el que pasaba, tanto en el cómo secuestrado como su custodio como secuestrador, había dos almas llenas de ternura y “de ganas de que esta mierda acabara”, resaltó con indignación. 

Y el día de partir llegó

Si no había ninguna novedad fuera de lo común, a Ramiro* lo dejarían en libertad el 7. “La noche anterior a esa fecha Carlos* hizo un tinto para hablar. Recuerdo que yo cargaba un billete de 20 mil pesos. Me acompañaba desde que me retuvieron esos hombres armados, y yo lo guardaba. Esa noche me entró algo en mí y se lo pasé. Yo le dije ‘si usted decide que esta no es su vida y que quiere irse de aquí, tome estos 20 mil pesitos y le puede alcanzar para un pasaje’. Él los cogió”, subrayó. Al siguiente día, el comandante de ese frente autorizó la liberación del hombre y fue entregado a su familia.

Promesa es promesa

Y Ramiro* nunca olvidó la palabra encomendada al guerrillero, quien le confió su vida en ese papel, el cual contenía, además de las palabras de un hijo a una madre, alguna información que pudiera ser riesgosa para el frente de caer en manos del ejército. Allí, el nombre de una vereda en el departamento de Cauca, descripción de lugares y, sobre todo, el número de celular que él usaba y que estaba prohibido al interior de la milicia. Sin embargo él, de vez en cuando, lo encendía para hablar con una mujer, quien era su novia.

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“Ya recobré mi libertad. Me reencontré con mi familia. Pero yo no olvidé la promesa que le había hecho al hombre allí en la selva. Me puse a buscar en Putumayo a ver cómo me comunicaba con la mamá de Carlos*. Hablé con un amigo quien trabaja en la Secretaria de Salud de ese departamento y me hizo el contacto con el coordinador de salud del programa Salud Puerta a Puerta de la alcaldía de Puerto Leguízamo, a ver si conocía a la señora Ofelia* que vivía en una vereda de ese municipio”, relató.

Como el funcionario era el que más tenía contacto con la comunidad, debía conocer a la mamá de Carlos*. “Yo le comenté que me necesitaba encontrar con esa señora, no le dije para qué y él me ayudó a contactarla. Y así pasaron las semanas, ese señor me llamó una mañana de domingo y me contó que la había encontrado, y me dio su contacto. Yo llamé a ese número y me contestó un hombre, quien decía que era hijo de la señora que yo buscaba. El me habló y yo le conté mi historia con su hijo que estaba en la guerrilla”.

Se la leyó por teléfono

Pero como la vereda en donde vivía la señora era muy lejana, Ramiro* decidió más bien gastarle a una llamada y leerle vía telefónica la carta que Carlos* escribió para ella. Y le leyó la carta. Al comienzo desconfiaba de él, pero cuando empezó a escuchar cosas que le eran familiares entre ella y Carlos*, empezó a llorar y a creer en su vivencia con su hijo guerrillero. “Y lloré, lloré. Esa mujer recordaba a su hijo con cada palabra que yo le leía de su hijo. Y me pedía que le volviera a leer la carta, una y otra vez, porque supo que esas sí eran las palabras de su hijo”. 

“Pasó el tiempo y me llamó el muchacho que estaba en la guerrilla, no sé dónde estaría, pero me llamó y me dijo que nunca en la vida alguien había hecho algo por él. Me dijo yo era “la única persona que ha hecho algo bueno por mí en la vida. Usted fue quien me trajo a mi mamá de nuevo, me dijo”; puntualizó el exsecuestrado.

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Desafortunadamente, los otros dos que fueron sus custodios en aquella selva hoy están en la cárcel y la semana pasada se llevó a cabo la audiencia de juicio oral contra dos de ellos. Mientras tanto, Carlos* al parecer, desertó del frente 13 y tanto sus compañeros guerrilleros como el ejército lo buscan o para matarlo o para capturarlo. ¿Será que fue en búsqueda de su mamá Ofelia*? 

* Por seguridad, se han cambiado los nombre reales de los protagonistas de este relato.