miércoles, 01 de abril de 2026
Actualidad/ Creado el: 2020-10-03 02:59

Doña Flor, la vendedora desplazada que le hace el ‘quite’ a la pandemia

La sonrisa inagotable de la vendedora, hace pensar que no pasa necesidades, su amabilidad y paciencia es el sello que la cataloga como vendedora profesional.

Desplazada por la violencia, doña Flor no tuvo más remedio que vender jugos en la calle.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | octubre 03 de 2020

 

Por: Juan Manuel Macias Medina

Cuando María Floralba Salinas hace a un lado sus problemas y sonríe, cualquier persona de su alrededor pensaría que no pasa por ninguna necesidad, y no es hasta cuando doña Flor comienza a contar su drama, que todos quedan literalmente con la boca abierta, y no porque sea la única, sino porque alguien con estas calamidades es casi imposible que sonría.

Desplazada por la violencia, Doña Flor regresó de la vereda Las Minas, zona rural del municipio de El Pital, al suroccidente del departamento del Huila, sitio azotado fuertemente por las Farc en años anteriores, cuestión que casi le arrebata de sus manos, dos de sus nueve tesoros.

Debajo de una sombrilla, Floralba vende jugos de alegría a sus clientes.

“Un día por la mañana llegó un guerrillero a la finca donde yo trabajaba, y me dijo que dejara botado todo lo que estaba haciendo, que me fuera de ahí porque en la noche iban a llegar a llevarse a dos hijas mías” dijo Floralba angustiada y recordando como si se lo hubieran acabado de decir.

No tuvo más remedio que, en el año 2000, desplazada por la violencia, dejar las labores de cosecha que realizaba en la vereda y tomar camino a la Capital del Huila, de donde además es natural. Acompañada de cinco mil pesos de la época, emprendió camino hacia Neiva, a lo que la suerte le deparara. “Llegué con cinco mil pesos a Neiva, y me puse a trabajar en casas de familia, lavando y planchando”, contó entre risas doña Flor, al mismo tiempo que nombró con orgullo un sin número de personalidades reconocidas en la ciudad de Neiva a las que les trabajó, como queriendo demostrar que era una persona de confiar.

“Casi me mata la pandemia”: Floralba Salinas

Floralba, con un cajón lleno de chicles en sus brazos, y con el entusiasmo que la caracteriza, buscó la forma para salir adelante, pues los 10 mil o 12 mil pesos que le pagaban en las casas de familia donde lavaba y planchaba, no le alcanzaban para mantener a sus 9 hijos.

Recordó las épocas de la bonanza, cuando frente a la entrada principal de la Universidad Surcolombiana vendía casi 100 mil pesos diarios, y no era para menos, este era el sitio de encuentro de petroleros cuando partían o llegaban de sus bases, o de universitarios, que llegaban o partían a sus pueblos. Lo difícil del tema era identificar que sentimientos le provocaban estos recuerdos a doña Flor, pues su alegría inquebrantable ante cualquier situación, hacía imposible descifrar lo que pasaba por su mente.

“Cuando me pude conseguir el exprimidor para hacer los jugos de naranja, a mí me iba bien porque llegaban los petroleros, los universitarios y los trabajadores a comprarme jugos, en un día me podía hacer hasta 100 mil pesos”, indicó sin un poquito de nostalgia, la vendedora que le alegra el día a cualquiera que  se acerque a su local.

Cuando se iniciaron las obras del intercambiador vial de la Usco, Floralba tuvo que correr su mesa de jugos, las ventas se mermaron y comenzó otra tragedia, así lo describió ella, quien indicó con la mirada hacia arriba, que Dios nunca abandona, pues los trabajadores de la obra se fueron convirtieron poco a poco en sus nuevos clientes, aunque no era lo mismo, aclaró, sin dejar fuera de la vista en ningún momento su gran sonrisa.

“Después llegó el virus, y no había plata, yo no podía dormir, la pandemia casi me mata, mis hijos casi no me ayudan, a mi me toca responder sola por mis gastos”, señaló Flor Alba, sin dejar borrar la alegría que la caracteriza, y aclaró que “ya todo se está mejorando”, y no es para menos, pues doña Flor, está acostumbrada a vivir con 12 mil pesos al día.

María Floralba Salinas, vendedora informal de la ciudad de Neiva.

Mientras doña Flor subía y bajaba el brazo para exprimir una naranja, un niño la miraba desde atrás con profunda admiración, era Juan Manuel, y lejos de saber que era el único capaz de apagar la sonrisa de la vendedora, le pregunté por él.

“El es mi hijo, tiene 14 años y tiene un problema de aprendizaje, tiene 14 pero hace lo de un niño de 7 años”, contó mientras quitaba la cara del frente, pues las lagrimas, que no alcanzaron a salir, si se asomaron por un instante. “lo bueno es que tengo alguien que me acompañe para toda la vida”, dijo entre risas Floralba, como queriendo ocultar la tristeza que le causaba tener un hijo en esas condiciones, aunque para una desplazada por la violencia, que se enseñó a vivir con lo del diario, esas no son tristezas.