Doña Bertha: entre la remembranza y el olvido
Por ser una de las mujeres pioneras en el oficio de hacer bizcocho, Berthilda Mosquera, se convirtió en un icono de su natal Palermo, municipio que recuerda con nostalgia ya que ahí pasó los mejores y más preciados momentos de su vida. A sus 99 años sigue inspirando a una gran generación de personas.
Por: Liz Farfán
De ojos azules como el océano y pelo más blanco que la nieve, Berthilda a sus 99 años recuerda entre susurros y con la pierna cruzada como acostumbra a sentarse, cómo pasó entre la dicha los años más preciados de su juventud. Acostumbraba a salir de pesca con sus hermanos, correteaba los alrededores de la finca en la que vivía y le encantaba montar a ‘Cigarrillo’, su caballo, con el que compartió grandes aventuras.
Comenta que desde niña fue muy aventurera y también, muy cortejada por los muchachos de Palermo, su pueblo natal. Aunque modesta, indica que solo tuvo ojos para su esposo, un reconocido rajaleñero quien falleció hace más de 30 años. Con él, tuvo alrededor de 12 hijos, nueve mujeres y tres hombres, de los cuales, cuatro ya se han ido de este mundo terrenal.
El valor del trabajo
Confiesa que tuvo el privilegio de sacarlos a todos adelante y aunque tal vez no con las mismas oportunidades, goza en la alegría de decir que le brindó a cada uno lo que estuvo a su alcance, pues fue una mujer muy trabajadora, que en torno a su oficio tuvo la posibilidad de enseñarles el verdadero valor del trabajo.
Siempre tuvo la habilidad para despertar muy temprano, incluso cuando el cielo todavía se tornaba oscuro. Pero dice que eso era en los tiempos de antes, cuando madrugaba a las cuatro de la mañana para disponerse a realizar la venta del día. Pues su trabajo siempre fue hornear toda clase de bizcochos; de achira, de manteca y hasta de maíz con cuajada. También elaboraba empandas de queso, pandeyucas y los afamados bizcochuelos. Los más apetecidos por el público. Por esta razón madrugaba tanto, para tener todo listo antes del amanecer y salir desde su casa hacia la galería del pueblo cargada con dos canastos de mimbre -uno en cada brazo- y de esta manera, lograba recoger lo del sustento de su hogar.
Aclara que todo esto lo hacía desde el patio trasero de su casa, donde contaba con un gran horno de leña, de esos que ya poco se ven por lo dispendioso de su oficio, pues para que este lograra calentarse, se necesitaba de buena madera y del tiempo justo para sacarla ardiendo, porque de lo contrario, se recalentaba y era muy posible que se le “arrebatara” la horneada, como suele a decir doña Bertha, pues de esta manera prefiere que la llamen.
El toque secreto
Una batea de madera, un molino manual, latas engrasadas, una tinaja de barro y hasta un bolinillo de gran tamaño, eran sus elementos más indispensables a la hora de realizar su labor diaria. Quizás, ser muy precisa con las cantidades fue su fórmula secreta, pues en caso tal de haberse pasado de la raya con algún ingrediente, el sabor de sus productos no hubiera sido el mismo. Doña Bertha era de las que acostumbraba a echarle un chorrito de aguardiente y ralladura de limón al bizcochuelo para darle “el toque”, pues de esta manera, dice, que resaltaba su sabor y se distinguía de los demás.
Aunque ha sido muy ahorrativa para ciertas cosas y derrochadora para otras, al momento de echar la mezcla del bizcochuelo en los moldes, se caracterizaba por ser lo primero, pues utilizaba las lastas de sardinas que son en forma de ovalo para darles una gran definición por la textura que estos presentan en su base. En definitiva, una maestra del rebusque milenario.
Y así como con los bizcochuelos, esta mujer se ha destacado por adquirir gratas costumbres que la han mantenido perdurable con los años. Tal vez no tenga ningún secreto para tener casi un siglo de edad, pero muchos si han sentido la curiosidad de saberlo, y ella entre la modestia que maneja, lo único que responde es que no sabe, haciendo un gesto con sus manos como de quien no quiere la cosa. Quizás el secreto está en mantener buenos hábitos, pero lo que no saben es que doña Bertha casi nunca fue de realizar algún ejercicio, tal vez el único fue moler maíz y de ahí no pasó.
Pero indica que no solo se trata de actividad física, sino de mantener una calidad de vida optima desde adentro, de hacer lo que a cada uno le guste; por eso ella, a sus 99 años, es dichosa viendo cómo sus hijos la complacen haciendo lo que a ella más le gusta y lo que la hizo feliz la mayor parte de su vida: amasijos huilenses.
La hora del chocolate
Doña Bertha, aún posee de gran tenacidad, pero los achaques de la edad también le pasan factura. Por eso de a poco cuando habla, le pierde el hilo a la conversación y se le van olvidando las cosas; razón por la cual su familia debe estar al tanto de cada paso que da. A veces intenta que no lo noten, pero es casi inevitable, pues la memoria le falla y esta, avanza sin pedir permiso. Sin embargo, algo que no olvida jamás, es su taza de chocolate en las tardes, es algo que literalmente no debe faltarle nunca, pues adoptó esta costumbre desde hace años y ya se convirtió en una tradición que reúne a su familia cada fin de semana en torno a ella.
Sin duda alguna, ella es lo que muchos desearían tener, pues existen personas que no cuentan con la dicha de tener a su madre o abuela viva y menos con 99 años. Este año, cuando todos estén próximos a desear feliz año nuevo 2021, doña Bertha cumplirá un siglo de edad y este, será un motivo de gran celebración, pues habrán pasado 100 años desde aquel 31 de diciembre del año 1920 cuando esta mujer decidió aferrarse a la vida para demostrarle a todos, que aunque ya pasa por alto muchas cosas, otras siguen más vigentes que nunca y su legado sigue más vivo que nunca.
