Sueño cumplido dentro del ring
Con la misma fortaleza y solidez que refleja cada golpe que da en el ring, Íngrit Lorena Valencia Victoria ha enfrentado su vida, un recorrido que no ha sido para nada fácil y que ha puesto a prueba la pujanza que la caracteriza.
Desde temprana edad, Íngrit aprendió a realizar labores propias del campo, fue criada en una finca por sus abuelos Julio Valencia y Aurora Victoria, a quienes les ayudaba a cultivar la caña de azúcar, yuca, plátano, recoger la leña y cocinar en Morales, Cauca, tierra que la vio nacer un 3 de septiembre de 1988. Rubiela, madre de la pequeña morena de ojos claros, tuvo que dejarla allí junto a sus dos hermanos, mientras buscaba mejores oportunidades en la capital del Valle del Cauca, a donde partió con sus otros dos hijos.
Mientras doña Rubiela intentaba ubicarse en Cali, la mayor de los Valencia Victoria, se dedicaba a estudiar en la escuela del pueblo y a cuidar a sus pequeños hermanos, además de ocuparse de los oficios propios del hogar, colaborándoles a sus abuelos como gesto de agradecimiento por acogerlos.
Del campo a la ciudad
Cuando Íngrit estaba por iniciar el bachillerato, la salud de sus abuelos empezó a decaer y tomaron la decisión de enviarla junto con sus hermanos, a vivir al lado de su mamá en Cali. Radicada ya en la ‘Sucursal del cielo’, su única obligación era estudiar, allí la vida le cambió pues pasó a vivir de un pequeño pueblo a una de las ciudades más importantes del país, ciudad con costumbres y culturas diferentes pero que poco a poco logró acostumbrarse.
En Cali recibió dos noticias que la marcaron para siempre. La Primera fue el fallecimiento de su abuelo, quien nunca pudo dejar el alcohol y embriagado rodó por un precipicio cegándole la vida. Luego, su abuela no pudo ganarle la batalla a un tumor en el cerebro y también murió. Para Íngrit fueron momentos difíciles de los que le costó tiempo recuperarse y después de tantos años, aún los recuerda cada vez que lanza puños.
Viviendo en el barrio El Retiro, ubicado en el oriente de Cali, y en medio de un contexto social de condiciones difíciles para los jóvenes, La ‘Zarca’ como es conocida por sus amigos, se dedicó a estudiar, pero pronto el deporte aparecería en su vida, practicando una disciplina que la marcaría para siempre.
Comienzos en el boxeo
El boxeo apareció en la vida de la caucana cuando tenía apenas 14 años, mientras pasaba las horas en el colegio donde estudiaba. Las capacidades de Íngrit fueron descubiertas debido a su temperamento fuerte, siempre vivía a la defensiva incitada un poco por el ambiente rodeado de violencia en el que vivía. Además, venía del campo, no dejaba que nadie se la ‘montara’ y si le tocaba golpearse con sus amigos, lo hacía sin ningún problema, peleas que le costaron regaños y hasta suspensiones en la Institución Educativa. Fue entonces cuando algunos de sus amigos que practicaban boxeo la animaron a asistir a los entrenamientos, aunque a ella no le gustó la idea, aceptó por ocupar su tiempo libre, más que por pasión o gusto por la disciplina.
Los entrenamientos que realizaba en un espacio de tierra, duraron alrededor de tres años, pues su vida dio un giro de 180 grados cuando apenas tenía 17 años e hizo que su vida cambiara para siempre. Su salud durante los entrenamientos no era la mejor y eso la obligó a ir al médico, donde lo primero que le dijeron por los síntomas que presentaba era que debía realizarse una prueba de embarazo. Los resultados de la prueba fueron positivos, lo que para ella fue una ‘locura de juventud’, situación que la forzó a alejarse del boxeo mientras cumplía su etapa de gestación.
Con un hijo en camino, las prioridades de la joven cambiaron, debía hacerse cargo del pequeño y su principal objetivo era sacarlo adelante. Una vez dio a luz, Íngrit volvió a clases, pero no sucedió lo mismo con sus entrenamientos porque creyó que el deporte había quedado atrás. Sus amigos le insistieron con tanta vehemencia para que continuara con sus entrenos y no ‘colgara’ los guantes, finalmente terminó accediendo.
Boxear por convicción
Después de estar indecisa en tomar en serio el boxeo, Íngrit se decidió de una vez por todas a practicarlo y hacerlo parte de su vida. Se dio cuenta cuando subía al cuadrilátero, que siempre llevaba a sus rivales contra las cuerdas y una a una las tumbaba a la lona, supo que tenía las capacidades para desempeñarse de buena manera y lograr grandes cosas.
La caucana inició representando a la liga del Valle del Cauca, pero debido a que el apoyo era mínimo y ella tenía responsabilidades económicas en su hogar, decidió apartarse de esa liga y buscar nuevos rumbos con mejores oportunidades. Íngrit se enteró que en Ibagué se estaban realizando convocatorias para seleccionar deportistas que representarían al país en los Juegos Suramericanos de Medellín 2010. Sus condiciones físicas y técnica le permitieron ganar uno de los cupos y de esta manera representar a la Liga Tolimense, ella no dudó un segundo pues las condiciones que le ofrecían eran bastante buenas.
Su primera competencia como profesional fue precisamente en los Juegos Sudamericanos que se llevaron a cabo en el Departamento de Antioquia. Sabía que debía demostrar de qué estaba hecha y lo hizo; entrenó, se preparó con dedicación y compitió en las justas logrando una medalla de bronce. De ahí en adelante, la púgil totalmente convencida de lo que hacía, se dedicó a ganar y en su participación en los Juegos Panamericanos de Guadalajara ganó la plata.
Su sueño de asistir a unos Juegos Olímpicos se hizo realidad cuando participó en el Preolímpico de Argentina, donde derrotó a la estadounidense Virginia Fusch y logró así su cupo a Rio – 2016.
Sueño de medalla en Rio 2016
Íngrit Lorena Valencia Victoria empezó haciendo historia desde que logró su clasificación a las olimpiadas, pues nunca antes una mujer había llevado el boxeo femenino colombiano a unos juegos de esta categoría. Ella pasaba desapercibida entre los aspirantes a medalla, pero la caucana sabía que tenía condiciones para agregar en Rio de Janeiro otro capítulo más a la historia que había escrito.
En su primer combate, Íngrit venció a Judith Mbougnade representante de la República Centroafricana por decisión unánime. En su segunda salida al pabellón 6 del complejo de Riocentro por los cuartos de final, su sueño se hacía cada vez más posible; la rival fue la tailandesa Peamwilai Laopeam con quien Ingrit no tuvo compasión y nuevamente por decisión unánime salió victoriosa. Su sueño ya estaba seguro, iba a obtener mínimo medalla de bronce, pero ella quería ir por más.
Aunque su objetivo era disputar la final, sus intenciones quedaron truncadas cuando se enfrentó ante Sarah Ourahmoune, en el cual no logró imponerse ante la experiencia de la francesa y se quedó en semifinales. A pesar que quería poner su nombre con letras de oro, en el momento en que Íngrit se colgó la medalla de bronce, levantó sus brazos en agradecimiento al todopoderoso, recordó a su hijo Johan Estiven, a su esposo y entrenador Raúl Ortiz y a toda su familia; y supo que todo su esfuerzo y dedicación valieron la pena.
