domingo, 05 de julio de 2026
Actualidad/ Creado el: 2015-12-06 03:18

Un Caballero de Francia en Colombia

El pasado 30 de noviembre, el gobierno de Francia, a través del embajador de ese país en Colombia, Su Excelencia Jean-Marc Laforet, condecoró al Doctor Fabián Sanabria como Caballero de la Orden de las Palmas Académicas y de la Orden Nacional al Mérito del país galo. DIARIO DEL HUILA, a través de su directora, María Pía Duque, tuvo la ocasión de dialogar en exclusiva con el galardonado.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | diciembre 06 de 2015

MARÍA PÍA DUQUE

Directora Diario del Huila, Bogotá

¿Qué representa para usted este reconocimiento?

Es un doble honor que se me ha concedido, y me siento muy orgulloso de ser un colombiano, ciudadano del mundo, que con mucho entusiasmo intelectual ha contribuido a establecer puentes académicos y culturales entre Colombia y Francia. Justamente, el año 2017 será una ocasión privilegiada para que Colombia esté con lo mejor de sí en Francia y Francia en Colombia, así como para renovar los votos que de vieja data han unido a nuestros dos países.

¿Cuál fue su primera imagen de Francia, la primera impresión que le produjo el país galo?

Justamente, hace veinte años viajé por primera vez a Francia, y el primer gesto que hice —cuando desembarqué en París— fue darle la vuelta al Arco del Triunfo hasta descubrir la "tumba del soldado desconocido". Sentí una especie de gozo y a la vez, un "trastorno de la memoria" ante semejante monumento que mi padre nunca conoció personalmente, pero que me describía de acuerdo con las fotografías que de ese monumento coleccionaba, y de repente, tomé conciencia del valor de la historia, de una suerte de "tiempo puro" en donde se destaca un "fuego que nunca se apaga", como símbolo universal de la humanidad.

¿Cuál fue su formación en Francia, qué maestros tuvo, qué aprendió de ellos?

Hice el equivalente a una Maestría en "Antropología y sociología de lo político" en la Universidad de París VIII, y luego un doctorado en sociología en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Tuve el privilegio de ser discípulo de grandes maestros como Jesús García-Ruiz, Marc Augé, Pierre Bourdieu, Danielle Hervieu-Léger y Jacques Derrida. Cada uno desde sus diferentes campos de investigación, me ayudó a entender por ejemplo las intersecciones y pasajes entre lo religioso y lo político en los pueblos latinoamericanos, el problema de las lógicas simbólicas e ideologías de las sociedades contemporáneas, el capital y la violencia simbólica de los diferentes campos de la producción cultural, la necesidad de aprender a construir una sociología política del creer hoy, y las políticas de la amistad en el mundo actual.

¿Cuál fue luego su trayectoria académica regresando a Colombia?

Tuve el honor de haber sido profesor de varias universidades nacionales y extranjeras, haber fundado una escuela de Ciencia política en la sede Medellín de la Universidad Nacional, en seguida, ser director del Departamento de Sociología y decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la misma institución en Bogotá; concentré mis investigaciones y publicaciones durante quince años para construir una "antropología y sociología de las creencias". Posteriormente, acepté el encargo de dirigir el Instituto Colombiano de Antropología e Historia y ahora he vuelto a la academia, aunque cada vez más incursionando en la literatura.

A propósito de su paso por la dirección del ICANH, ¿qué fue lo más grato de esa experiencia?

Trabajar en pro de una "antropología política del patrimonio", generando conciencia de la universalidad del mismo, tanto material como inmaterial. Porque era necesario recordar que el patrimonio es ese "don del padre", que endeuda a todos los ciudadanos simbólicamente con la cultura, es decir, con nuestros diversos modos de sentir, pensar y actuar. De tal modo que, en el mundo contemporáneo, urge hacer todo lo posible para protegerlo, como la aplicación rigurosa de una política integral en nuestros parques arqueológicos, especialmente en San Agustín e Isnos, cuyos logros indudablemente perdurarán por mucho tiempo.

Recientemente, usted ha sido profesor invitado de la Casa de las Ciencias del Hombre, en París, y ha precisado varios aspectos a propósito del Postconflicto...

En todo proceso de "postconflicto", es importante aclarar que el conflicto jamás se elimina, pues éste es inherente a las sociedades humanas. Hablar de "postconflicto" implica querer, creer, vislumbrar otros escenarios de "gestión" de nuestros conflictos, distintos de la violencia y de las armas. Es allí donde los estudiosos de lo social somos fundamentales, no tanto para diagnosticar sino para crear ámbitos realistas que contribuyan a que sea bien fundada la "ficción de recrear nuevas naciones en el mundo global". Esas dinámicas las deben entender y comprometerse con ellas, particularmente los gobiernos, las universidades y los empresarios, que en términos comparativos, difícilmente se preparan para asumir tales retos.

A propósito de la situación de terrorismo vivida en Europa durante este mes de noviembre, ¿por qué ISIS se ha centrado en destruir vidas y memorias?

Porque el Estado Islámico desgraciadamente no puede respetar lo que no valora ni reconoce. Es por ello que los jóvenes que radicaliza, convirtiéndolos en suicidas que asesinan a sangre fría, son solo fichas que favorecen los intereses totalitarios de quienes tienen como mayor inversión el odio y la guerra. Un terrorista suicida que dice hacer lo que hace "en el nombre de Alá", no sólo es un blasfemo sino un maldito ser que desafortunadamente, no se puede erradicar asépticamente, porque toda guerra es sucia y fea. Es por ello que jugarle exclusivamente a una "política de seguridad" es, de entrada, un gran fracaso cultural, democrático y humano. Es necesario no sólo un "nuevo orden geopolítico" sino cultural en Occidente.

¿Cuál era el ambiente que se sentía en París tras los atentados del 13 de noviembre y cómo sintetizar los desafíos científicos del más reciente Seminario Internacional, en el cual usted participó: "Un Nuevo Humanismo contra las barbaries de hoy"?

La gente del común tenía miedo, pero conversaba y debatía sobre lo ocurrido. Fue realmente conmovedor presenciar el homenaje nacional a las víctimas y constatar —pese al miedo que inevitablemente genera el terror— que los franceses son una nación sensible, aferrada a unos ideales ante los cuales no cede: libertad, igualdad y fraternidad van a recobrar su vigencia. Es necesario confiar en la sociedad civil y en las conquistas universales que ese país le ha aportado a la humanidad. La única crítica es que esos valores no deben ser solo franceses, sino que es necesario compartirlos. El seminario en el que participé justamente trataba de eso, de tantear los caminos para recrear un humanismo frente a las barbaries de hoy. Más que resistir o simplemente defenderse a ultranza, se trata de insistir y perseverar creativamente en un mundo que recobre su conciencia genérica o planetaria, porque si hoy las sociedades occidentales se sienten sitiadas y consumidas, paradójicamente, de esa tragedia puede surgir una conciencia universal ya enunciada por pensadores como Jean-Paul Sartre: si un hombre vale por todo hombre, cuando un hombre da vida es toda la humanidad quien vive, pero lo mismo ocurre cuando un hombre mata o asesina: toda la humanidad queda manchada de sangre.

¿Cómo se vislumbró, desde el Seminario Internacional en el que usted fue conferencista invitado, el "Estado de urgencia" y de la "guerra contra el terrorismo" que recientemente ha enarbolado Francia?

Más que "jugar a la guerra", como lo han hecho Estados Unidos o Rusia, la patria de los Derechos Humanos tiene la enorme responsabilidad estética y ética de descentrarse y de contribuir a reinventar culturalmente buena parte de los valores de Occidente. En ese sentido, la "Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático" que justamente se adelanta hoy en París con la participación de más de 140 jefes de estado y sus delegaciones, debería propender por generar una "conciencia planetaria", explicitando claramente que "todos los seres humanos viajamos en el mismo barco", y que del mismo modo, que el "calentamiento global" a todos nos afecta, la contaminación y la inseguridad es un problema que entre todos debemos resolver, pues ya no dependen de la vigilancia o del control que decreten unas "superpotencias".

¿De qué formas combatir entonces el terrorismo?

Las democracias occidentales deben tener siempre el brazo izquierdo "extendido" y frecuentemente el brazo derecho "atado", aunque a veces es necesario "soltarlo" para ejercer la violencia legítima de sus estados. Empero, no siempre la fuerza puede estar "suelta", porque si las democracias occidentales combaten el terror con terror, pierden lo poco que universalmente han construido y pueden aportar a la civilización. Es allí donde hay que recordar la respuesta de Freud a Einstein, cuando éste le pregunta "¿Por qué la guerra?", y el padre del psicoanálisis le dice: "Aunque el instinto (de muerte) pueda más que la razón, hay que apostar por la razón", más aún, hay que jugársela por una razón sensible, capaz de dominar y erotizar los más bajos instintos.