Neiva de Antaño: Ríos y balnearios
El antes poderoso brazo del río es ahora una menguada y contaminada corriente. Sus bañistas buscaron otras aguas para recrearse en las entonces puras y frescas del río Loro.
Por Eduardo Solano Salas
El río Magdalena, columna vertebral del país, tiene sus vértebras cervicales en el departamento del Huila. A esta verdad sabida, le podemos agregar lo que se leía en los textos escolares de geografía del padre Quintana, por allá hacia la época de los años 40:
Ubicación
“Neiva, cuidad capital del departamento del Huila, está situada en la margen derecha del río Magdalena, a una altura de 358 m.s.n.m., 27 grados de temperatura y 30.000 habitantes”. Cierto. Y podemos agregar que desde su última fundación, la ciudad ha sido el primer puerto sobre el río, y este durante muchos años la única y más expedita vía de comunicación con el norte del país. Por ahí nos llegaban todos los artículos del progreso, principalmente los de construcción; cemento incluido, que en embarcaciones de calado menor llamadas champanes, remontaban la corriente a fuerza de palanca de sus bogas, hasta atracar en el puerto de Neiva, unos metros abajo de la desembocadura de la quebrada La Toma, en umbroso lugar cubierto por grandes árboles de caracolí, que le dieron su nombre, y en esa época ocupado por humildes casas de pescadores, precarios comercios de tiendas, cantinas y también por el primer lupanar de la ciudad.
El Puerto de Las Damas
No muy lejos de allí, corriente arriba, casi en la confluencia con el río Loro, se encontraba el activo puerto de Las Damas. Así llamado porque según tradición plausible, ahí se aposentaban los indígenas de la tribu Damas o Tamas. Los puristas del idioma observaron que si el sustantivo era femenino le correspondería el artículo “Las” y así, para conjurar tal herejía idiomática, cambiaron el “Los”, pero quizá falsearon una verdad histórica.
De este modo, el puerto de Las Damas que relevó el ya desaparecido Caracolí, era de una singularidad especial: No solo era un puerto con tráfico de una sola vía sur-norte, sino también un muy concurrido balneario en donde aprendimos a nadar casi todos los muchachos de mi generación, antes que a escribir. Un hermoso árbol de higuerón enclavado en roca arenisca formaba un remanso que rebosaba casi hasta la orilla opuesta, en la isla de Don Chepe Yepes. Allí llegaban las balsas vastagosas, y canoas con grandes cantidades de guaduas y otros productos agrícolas; también pescado, cerdos, aves, quesos, etc., que formaban un activo mercado campesino.
Río Loro
Este puerto ya desapareció, fue borrado por el progreso que trajeron las carreteras. El antes poderoso brazo del río es ahora una menguada y contaminada corriente. Sus bañistas buscaron otras aguas para recrearse en las entonces puras y frescas del río Loro. –Sí. Como suena: río Loro y no del Oro como suelen llamarlo ahora rebuscados snobs de nuestra crónica, pretendiendo que en un tiempo sus arenas arrastraban oro, cuando jamás en ellas se encontró ni un tomín del preciado metal. En cambio, sí tenía lugares de inapreciable belleza como los charcos de Pozo Azul, frente a la enorme caliza de Peñón Redondo, y riberas arboladas en donde millares de loros, que le dieron su nombre al río, habitaban su fronda y por las tardes, en tumultuosa algarabía invadían el parque Santander de Neiva.
Atractivos populares
Hacia el norte, la ciudad lindaba con el río Las Ceibas: fragoso, de aguas frías, muy limpias y de fácil acceso; pintoresco en su colorida nota de docenas de banderas apostadas en ambos lados de sus orillas. Más arriba, cerca al puente del ferrocarril, se formaba en un recodo el charco de Las Peñitas; el más famoso, popular y concurrido balneario de la ciudad, causante también de la mayor deserción escolar porque los muchachos ante la irresistible invitación de sus aguas, en sabia decisión, abandonaban el terrible calor de las aulas para tomarse allí un buen baño. Arriba del puente férreo, bordeando los terrenos del hoy Batallón Tenerife, se encontraban los pozos del Carbón y del Soldado. Mucho más distante pero con acceso carreteable, el baño del Ventilador, menos concurrido, pero sitio agradable de paseos dominicales.
Triste conclusión
Hoy, los bosques y los charcos ya no existen. Los montes fueron arrasados. Los ríos prácticamente se secaron. Se fueron los pájaros del parque y su canto para siempre se ha callado.
